jueves, 26 de septiembre de 2013

Lunaria Libros: una librería que coopera con mi neurosis



Es cotidiano: me toca leer a Sarmiento o a Petrarca, o algo obligatoriamente renacentista, romanticista, medievalista y necesario, aburrido. Me propongo un plan de lectura (a veces demasiado ambicioso)  que, por supuesto, nunca llego a cumplir. No obstante, llega un punto en el que me lleno de esperanzas porque por un ratito sigo bien ese proyecto. Y estando bien con la rutina lectora del día (considero un éxito la concentración de 40 minutos) me premio y digo: bueno, me tomo diez minutos. Descanso un poco la cabeza. Y es en ese punto en el que algo se despierta, un monstruo interno.
Reflexiono, ¿por qué tengo que descansar la cabeza?... Ah, (me digo) estás leyendo Decamerón desde la pantalla, por eso tu cabeza está… ¿Por qué no averiguás cuánto sale Decamerón? Total, es un libro necesario, tiene que conformar la biblioteca, alguno de tus alumnos te lo ha traído para alguna tarea. Tenerlo virtualmente no alcanza, no alcanza. Sí, y además tengo ese otro libro que comprar, y tendría que tenerlo para… ¡ya!
Y ahí, en ese supuesto “recreo” de diez minutos, deviene la desesperación. La neurosis organizativa se activa: agarro los programas de la facultad y hago listas, empiezo un Excel, despliego mil post-its en la pared, y tengo decenas de pestañas abiertas en la web. Me frustro, digo “no puede ser que nunca hayas leído a Joyce, no puede ser… Terminás con Sarmiento y empezás con Joyce. Y no lo demores más. Terminás el año con Ulises leído –me propongo. Leé una hora por día, que son aproximadamente 30 carillas por día y…”

Sigo buscando y completando las listas, armando la proyección de la biblioteca que tengo que tener. Y en el medio de todo ese caos rutinario se me suele pasar toda la mañana por encima. El fracaso del recreo, beneficio que no debería tomarme nunca (de hecho, este texto se está constituyendo en uno de esos recreos/fracaso). Se hace la hora de ir urgente a cursar a Caballito, lo cual me lleva una hora y media de viaje. Sin tiempo ya de comprar el libro que necesitaba, ingresando en una zona de angustia,  se me prende la lamparita: Lunaria libros. Es la única librería que tengo cerca de mi casa. Es la librería de Tomás, al que le mando un mail con mis heteróclitas listas (donde están Patti Smith, Zaffaroni y Bocaccio uno debajo del otro). Es esa librería a la que entré por primera vez a los 16 años (por allá en el 2006) cuando la descubrió mi mamá (y adelanto: yo después se la robé, me la apropié). Es esa librería donde vi el folleto de taller literario, el de Caro. Es esa librería donde por mucho tiempo fui los sábados a la mañana a laburar mi escritura sobre ese sillón rojo. Es esa librería donde leí públicamente por primera vez (y todavía no me puedo recuperar). Es allí donde hay una luz natural blanca que entra no se sabe dónde. Su entrepiso de libros resuena en la nuca como una almohada, el confort. Es esa librería que me saca del apuro, porque puedo pasar primero, antes de ir a cualquier lado: un desvío cómodo de tres cuadras a la izquierda. Es esa librería donde se libera la neurosis, se va la angustia. Una vez que salgo de ahí y retiro el libro “necesario”, empiezo el trayecto hacia Barrancas de Belgrano (mi acceso al resto del mundo) y me engaño, me digo que tuve la mañana más productiva de todas. 


Lunaria Libros: Iberá 1629

1 comentario:

  1. ja! me alivia un poco saber que no soy la única fagocitadora de librerías.
    ayer, justamente, en ocasión de ir a comprarle un regalo a un amigo, me dí cuenta lo mucho que me cuesta salir de una librería con un libro que no es para mí (y ningún libro para mí). tengo una acumulación de "debería leer...", que a veces se traduce en compras, a veces en ese deseo angustiante. tengo un estante con los libros que compré o me regalaron en el último tiempo y no tuve cuándo leer. hay veces que siento que tengo que dejar puan y ponerme a leer.

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