sábado, 9 de noviembre de 2013

El museo



El museo. Alienación.




Pasamos el umbral al final de los escalones. Creo reconocer el lugar: techos altos, poca luz, espacio abierto pero oscuro. En las paredes juegos de luces iluminan los cuerpos hechos a pincel. Cambiaron las estatuas. Veo que falta la réplica del David que en mi última visita estaba monumentalizado en la recepción. El lugar parece más oscuro, no veo gente pero siento los cuerpos caminando alrededor,  no distinguiría las paredes si no fuera por el brillo menguante sobre los cuadros. Las mujeres desnudas se destacan en forma de manchones blancos estampados sobre el cielo negro del museo. Me voy acercando a las imágenes. “El primer duelo” se fija en la memoria de una forma particular. Primero evoca una especie de  trinidad profana. Yace tendido el cuerpo muerto de un hombre, y los de una mujer y un hombre vivos, la mujer tapándose el rostro, el hombre tocándose el pecho con una mano, en un gesto de perdón pero también de orgullo. Padre, madre y muerto, el triángulo pre edípico de la fidelidad trunca, de la monogamia forzosa de la mujer. Luego, es decir, al mismo tiempo, se vuelve a estancar en la memoria el erotismo de la pintura. Toda la sensualidad femenina que ha sido censurada en  la representación de la tragedia se traslada al cuerpo inerte del hombre por el simple contraste de su desnudez con la figura completamente vestida, tapada, oculta de la mujer. La vida se ha llevado toda su sexualidad y sólo queda  la figura exhibiendo en su sensual forma la potencia que no fue. El arco, los brazos caídos exponen esta impotencia. Como anverso, otra vez, al mismo tiempo, en el primer impacto, el color vivo del ganador del duelo golpea con toda su fuerza la memoria. Lleno de vida y capaz de darla, se sobrepone a la palidez de las otras figuras. La trinidad forma un degradé desde la piel rojiza, irrigada en sangre, al blanco de muerte.  El  horror de la mujer es apenas un tono más rosado que el color mortuorio del amante. Pienso que esos manchones blancos sólo pueden aparecer en lienzos europeos o que intentan serlo. Una mujer, empleada de seguridad del museo que había estado mirándome con fijeza se acerca a retarme: “no se puede acercar tanto a los cuadros”. Sin darme cuenta estaba casi tocándolo con la cara. Podía oler la mezcla de óleo seco y desinfectante. Levanté las cejas y sonreí lo más inocente que pude. Mi amiga se quejó del afán persecutivo de los empleados. Tiene razón, pero estar 10 horas parado trabajando en un museo, o en cualquier lugar es alienante. Uno, o se vuelve negligente o se vuelve persecuta. Son dos caras de la misma moneda. Minutos después descubriríamos que más lo segundo que lo primero.




             En seguida captura mi atención el cuadro con la cautiva, otra manchita, que yace desmayada en los brazos del indio. El color de ellos, siempre plurales, se confunde con el de los caballos y con el de la tierra. En la oscuridad irrespirable del museo hasta parece flotar la cautiva en el aire. La sensación de oscuridad sin límite me marea. Me pregunto si las mujeres se percibirían a sí mismas tan pálidas como en las pinturas. La palidez me hace pensar demasiado en el desmayo. Les falta el aire. Me voy sintiendo peor, pienso que mis preguntas no tienen sentido, no soy un especialista, seguro hay respuestas para eso –todo eso- que desconozco, ni siquiera sé porqué estoy escribiendo. Mejor tiro la lapicera al suelo y me dedico a sacar fotos. No necesito notas, podría escribir lo mismo sin visitar el museo, tomando un inventario y buscando las fotos en internet. O no. Para hablar sin saber, es mejor quedarse callado. Mi compulsión a la escritura siempre me traiciona y me hace decir boludeces. Mejor dejar que las imágenes hablen por sí solas. Después de todo nadie puede hablar más allá de su clase ni de su área sin transformarse en algo que no es, o al revés queriendo transformarse exponer una parafernalia de su imposibilidad. Antes que el museo me haga hablar prefiero que el museo hable de mí o que me hable con sus imágenes. Al menos el dedo no objetivo de la cámara oculta mejor estos problemas.



            Sala por sala fui sacando fotos con el celular. Si me viera un crítico me daría vergüenza, un fotógrafo me humillaría, pero es sábado, nadie en el mundo del arte trabaja los sábados,  excepto los empleados del museo. Mala memoria, mal ojo, a quién le importa, mi nueva preocupación consistía en el orden de las salas, las fotos de los cuadros y las fotos de los epígrafes. ¿Debía hacer un mapa virtual que respetase el orden geo-cronológico de las salas? ¿Debía fotografiar los cuadros que me interesaran o hacer un inventario acorde a la relevancia de los autores? El museo me expulsaba cada vez más con la idea de volver el día que me licenciara en Bellas Artes. Mi renovada atención (o mi voluntad de desconcentración) la capturaron los epígrafes. Recorrí todas las salas otra vez pero sólo leyendo los cuadraditos de acrílico. Me sentí engañada. Una gran porción de obras habían sido donadas por “reconocidas” (no por mí) familias patricias a principios de siglo. La sala Guerrico es en sí un arquetipo de este museo de donaciones. Un monumento a la vieja nobleza argentina cuyos herederos supieron inmortalizar el gusto de sus ascendientes donando cuadros que antes adornaban las paredes de caserones y estancias de Buenos Aires. Pareciera  que los muertos de la Argentina siglo XIX se dividen entre los que permanecen para siempre en el cementerio de la Recoleta y aquellos cuya vida se prolonga unos pasos más hasta el Museo Nacional a quedarse inmortalizados en un gran salón de té mortuorio. Irían caminando los Shaw, sentados los Torquinst, los Anchorena contemplando sus viejas obras junto al señor Aristóbulo del Valle, eternizado  por el coronel en las páginas de los ranqueles, los Leloir pidiendo café, y, en el centro de todos ellos la Sra. Santamarina, donante de más de 3 obras de su colección, que como una Madame Stäel porteña pone a los Uriburu, los Argerich, a todos a bailar entre los cuadros del más allá. El museo heredado nos deja cristalizadas las propiedades de otra época, nos habla del valor perdido de las obras, como si fuera un geriátrico al que van a parar los cuadros que todavía no encuentran su fin. Esto ya lo podíamos imaginar desde Duchamp en adelante, pero ahora las cosas no son tan distintas. A unos pocos metros de la misma avenida se encuentra la disco del arte actual, el museo privado de la Madame Stäel viva que puede darse el gusto de tener una colección envidiable de arte latinoamericano, subsumido al segundo piso  por las obras de las salas de estación, ocupada por artistas vivos en y por el mercado, mezcla de arte y diseño industrial,  donde todos van a obtener sus fotos para colgar en las redes sociales. Frente a este otro museo, el privado, el museo adquirido del Nacional me llena de orgullo. Conviviendo con los cuadros de familia están los otros, cuyo epígrafe mantiene el anonimato de la palabra “adquisición”, escondiendo humildemente las gestiones exitosas de los directores del museo. Entre ellos me perdí en la sala especial dedicada a Goya. La ironía de los Caprichos ya había ganado mi corazón en formato virtual. Tenerlos ahí en un museo argentino casi me hace lagrimear. Reconocí a mi familia en uno de ellos. Y en otro me vi a mi misma sufriendo por tantos pensamientos en falso. Las obras a color, los cuadros eran de la serie sobre la guerra. No sé que valor tienen, seguro habrá tres o cuatro de ellas en muchos museos del mundo, mientras que las grandes obras, entre ellas mi adorado Saturno devorando a sus hijos, seguro permanecen en “los museos” capitales que nunca voy a visitar. No me importa. Goya pasó a la historia por su inteligencia, además pintaba cuadros, que otros los compren no hace la diferencia de quién es Goya. Cuando estamos frente a una obra así, de una fineza mental que nos supera, es imposible no sentirnos culpables. Mientras otros vivían la guerra en el día a día él la burlaba pintándola. Nosotros vemos nuestras guerras en la tele todos los días como si fueran un cuento maravilloso que sucede en otro plano de existencia. Si cayera hoy mismo una bomba en el museo no lo creería hasta sentarme en mi sillón y verlo en pantalla. Y aún así los medios pasarían años diciendo que todo ha sido una puesta en escena de algún gobierno para hacer –otra- guerra no televisada. ¿Creería Goya en las versiones de las guerras imperiales? ¿Esperaría la versión del rey para pintar la guerra? Fue un hombre más allá de su tiempo, no por lo que vino después, sino por lo que estaba viniendo en ese momento, por pintar una realidad silenciosa que escapa a las cronologías pautadas por el calendario de los imperios, la realidad del hombre, la de Francisco mismo. Quizás por eso Goya dibujara, también, de noche los grabados en miniatura sobre la guerra que no entraba en los cuadros del trabajo de día. Me pregunto quién será el hombre contemporáneo que esté pintando a contraturno las obras de más allá de nuestro tiempo. Vuelvo a mirar la escena de guerra con estremecimiento. Siento un frío escabroso. El vértigo de saber que no sería parte de eso me recorrió el cuerpo.      




            Alguien me toca el brazo. No lo reconozco pero el brillo oscuro en los ojos me hace acordar a la estatua que falta. Le agarro la mano y confirmo la consistencia del bronce. Lo vuelvo a mirar para ver qué hay de él de réplica. Es absurdo, nunca vi el original en vivo, para mí este es más original que el de las fotos. Se me escapa el David y lo persigo. Un hombre grita seguridad, seguridad y me hace perder de vista la estatua. Me acerco al tumulto disperso de gente que mira inmóvil a un hombre en una silla. Ya había estado gritando pero no se entendía bien lo que hablaba. Tenía un bastón y se estaba ahogando. La gente no se acercó por su aspecto, parecía un linyera abandonado en el museo. Le pregunté si necesitaba agua, me dijo que sí, le dije al de seguridad pero ya habían venido otros. Algo en su mirada me hacía acordar a Oscar Blanco, un tanto deteriorado. De tanto mirarlo pensando en el parecido se me borró la cara del linyera. En unos años ni siquiera me voy a acordar si el hombre se parecía a Oscar o era. Quizás parezca indistinto a la memoria colectiva, pero la memoria de la crítica tiene copyright y no olvida. Algo me va a ayudar a diferenciarlos, Oscar los hubiera recagado a puteadas ante el interrogatorio forzoso. Y después se hubiera recagadoderisa, como un romántico nihilista no declarado.  Que cómo llegó, que si estaba solo, que a quién llamar para que se lo llevasen. El hombre necesitaba seguridad  y le cayó seguridad en contra. Vino solo, tenía poca movilidad. Echarlo del museo hubiera sido abandono de persona. Ganas no le faltaba al personal del arte. Después del vaso de agua el hombre se incorporó y continuó su visita, no sin una sombra de tres empleados escoltando sus pasos. Era el momento ideal para acercarse a los cuadros. Esta idea me dio cosquillas, apuré el paso.



            Nos fuimos al otro extremo de las salas, la de obras nacionales, empapelada con los cuadros de Prilidiano Pueyrredón y los más detallistas de Cándido López. Sin duda José Mármol fue más benévolo con la imagen de Manuelita que el señor Prilidiano. Y eso que este es el retrato más logrado. Parecía un hombre.  El mismo Juan Manuel en cualquier retrato tiene cara más femenina. El vestido rojo punzó es impactante, pero si el retrato hubiera sido pintado en tiempos de Rosas al pintor no le hubiera costado menos que la horca. Dicen que se volvió a exiliar después de pintarlo. Los artistas son tan crueles con las mujeres vestidas como los unitarios con los federales, ni recuerdos dejaron. Imaginen la coalición de las dos cosas juntas. El tesoro deseado una vez obtenido es moneda corriente. La belleza de Manuelita se evaporó ni bien derrocaron al padre.  Ahí estaba detenida en la historia la Manuelita salida de una feria. Eso sí, con su vestido punzó, disfrazada de clase alta, exhibida en el museo como una conquista del buen gusto unitario.  Muy cerca de ésta, otra obra de Prilidiano atrapó mi egotismo. Me pareció verme a mí misma tomando un baño. Miré más de cerca y sentí de pronto una línea de agua  haciéndome cosquillas a la altura de las tetas. De verme tan exhibida frente al público me hubiera sumergido hasta el cuello. Pero claramente no estaba mirando bien de frente. Me acerqué al cuadro y lo toqué. Unas gotas de agua se derramaron en mis dedos. Decidí entrar por la parte más húmeda.





            Del otro lado un desfile de mujeres en bolas me deslumbra. Era como el detrás de escena, la sala de maquillaje y peluquería de un evento internacional, pero a diferencia de las reales, digo, las de la tele,  todas las mujeres –palidísimas, tenían dimensiones informes. El pincel no llegaría a capturar la celulitis, pero sí las cinturas voluminosas, los pezones desviados, las cabezas desproporcionalmente pequeñas de mujeres que sin pisar la pasarela posaron para la historia. Sólo las señoras retratadas del museo adquirido llevaban ropa, y la exótica Emperatriz Theodora que hipnotizaba con su realismo 3D. El resto, la Venus lista para bañarse, la ninfa voluminosa, la Psiquis en la fuente, la criada recién despierta, la mujer desnuda dormida, la torturada reposante de Schiaffino, la Diana sorprendida y sus secuaces, un par de estatuas,  todas, todas, en bolas dando vueltas por las salas. El museo era una playa nudista a cielo cerrado. De las paredes colgaban espejos donde las modelos se miraban e imitaban las formas que el pintor les pedía. Rápidamente me dediqué a buscar el paradigma de la ninfa. No era tan fácil como en el libro. Acá las mujeres estaban vivas, no eran pedazos de cuerpos, no parecía haber signatura en la experiencia. Intente pensarlas como obras a ver si así resultaba más fácil. Pero en tal caso la obra sería el museo mismo. Al menos podía entretenerme comparándolas con mujeres reales. Podríamos pensar que al no parecerse a las mujeres de la tele se podrían parecer a las mujeres de la calle. Pero si algo destacaba a estas mujeres era todo aquello que las diferenciaba de otras mujeres.  Figuras pálidas, de dos metros o más, caminaban por las salas indiferentes a las miradas. Ni la ropa, ni la seducción eran femeninas. Estaban hechas por hombres. La más hermosa, la “floreal” de Raphael Collin, estaba tirada en los pastos fingiendo un orgasmo. No tendría más de quince años, pero esa boca apenas abierta sabría de lo que hablo. Yo me había salido de mi bañera antigua y estaba mojando el piso. Buscaba algún trapo que ponerme pero no había nada. Pasó un travesti vestido de rojo, con una especie de campana navideña en la cintura y se lo intenté arrancar. Cuando la voz estentórea me grito salvaje, salvajeeee reconocí a Manuelita. La imaginé pegando moños rojos en el pelo de las mujeres, pero aquí la historia era otra. Una y otra vez ensayaba la postura de fingida naturaleza apoyando apenas una mano en una mesita. Para el resto del mundo el detalle era insignificante. Para ella era el gesto sutil que indicaba que estaba dispuesta a pedir ayuda, que no era como su padre, erguido sólo en sí mismo, ella necesitaba, o quería necesitar un apoyo para sostenerse. Así, a los tropiezos ingresaba Manuelita en la sociedad. Al rato de entretenerme con este acto repetitivo escuché un sonido familiar. Era mi voz puteando y el posterior sonido de la caída de la lapicera con la que estaba escribiendo esta crónica. Me di vuelta casi sin respirar. Allí estaba Anónima en bolas agarrando la birome, poniéndosela en un cinturón que simulaba la forma del miembro masculino. Sabía que Anónima no debía leer ese libro, tan masculino, tan neoliberal. Me vio y colocó la lapicera en el lugar esperado. Empezó a caminar hacia acá. Un instinto sobrehumano apuró mi huida. Le arranqué la cola del vestido a Manuela mientras me gritaba rajá boluda.  Sin duda ella era más fuerte. Me metí en la sala verdosa  de los impresionistas, corrí a una vieja frente al cuadro, moví un Renoir como si fuera un puerta y me metí adentro.



            El traspaso esta vez fue más forzoso. Me empujé con los codos para soltarme de la cintura y caer del otro lado del cuadro. Ahora tenía un casco para ver en la oscuridad que me indicaba cuantas vidas tenía.  Se almacenaban a la izquierda de la pantalla-visor en forma de libros. Como arma disponía de una lapicera parecida a la de Anónima. Tenía una misión que cumplir: armar el paradigma de la ninfa, salvar una nena que era el eslabón perdido de la ninfa contemporánea y sobrevivir a los ataques de Anónima, la crítica de arte. Reconocí en seguida el mapa. Veo al David que faltaba en la entrada. Lo tomo del brazo para confirmar si es de bronce y no de piedra. Al darse vuelta sonríe como si fuera a retarlo. Creo reconocer en su gesto la cara de réplica, pero no podría asegurarlo, nunca vi el original. Ya se había soltado cuando trataba de imaginarlo. Cuando se fue me recargó una vida. Me doy cuenta que ya estuve en esta sala, estaba perdiendo tiempo. Guardé el arma y cambié de sala. La de los impresionistas era ahora un cuarto color verde donde había una mesa, una tijera, pegamento y varias figuritas iguales. Me acerqué sigilosamente. De cerca en la figurita creí ver una foto de mi espalda, más oscura que el resto de las mujeres, tomando sol en una playa. Eran réplicas de la Mujer en el Mar de Gauguin, fotocopiadas y pintadas como por un infante. Cuando tomé una de las figuritas cambié de mapa. Una mujer real se me apareció de espalda, también desnuda. Creí reconocerme y la di vuelta para ver si era Anónima. Tomé los hombros y sentí la carne expuesta al sol, el hueso flexible. La di vuelta y encontré la misma espalda. La di vuelta, otra vez la espalda. En la playa otra espalda igual pero de pie caminaba en la arena más amarilla que de costumbre. Venía de frente. Corrí e intenté encontrar una cara. No. No. No. Todo era espaldas. Decenas y decenas de espaldas morenas con rodete negro deambulaban en la playa. El mar parecía picado por olas geométricas de un azul profundo. Desesperada me metí en él a ver si encontraba una isla. El agua estaba bien hecha, parecía una foto móvil. A los pocos metros de la playa se terminaba el mapa y mi personaje se chocaba contra el cuadrado virtual sin poder avanzar. Me sumergí en el agua y empecé a encontrar más figuritas del Gauguin. Creí que era un pista y no me equivoqué. En el fondo del mar en una casa de vidrio había una nena. Era Anónima misma, a los 5 años, justo antes de ser Anónima. Estaba cortando figuritas y pintándolas de color. Al lado Graciela Speranza oficiaba de psicopedagoga. La baja tolerancia a la frustración ya se notaba en la elección de los juegos. Speranza anotaba algo sobre el método de  cortar y pegar. La nena  parecía autista y no notó mi presencia o eso creí. Sin levantar la vista me señaló hacia la derecha con la tijera. Nadé hasta allá y encontré una especie de cofre escondido tras las algas. Entre los objetos recolectados de mi personaje encontré una llave. Abrí el cofre. Caí dentro.



            La gravedad era más pesada. Mi existencia bidimensional había cesado y ahora me dolía el cuerpo. Estaba colgando del brazo de una especie de soga. No veía nada. Escuché la risa de Anónima desde abajo y empecé a trepar. De a uno sonaban los parmiles prendiéndose y lastimándome los ojos con la luz. Al ver de nuevo entendí el gesto displicente de la niña. Había hecho un carroussel gigante suspendido en el vacío. En vez de sillas voladoras había miles y miles de sogas con figuritas de la espalda del Gauguin colgando del techo de lona dorada. Brillaban los destellos de la arena en la oscuridad. Una nena gigante seguía sumando figuritas recién pintadas. Las trenzaba con hilos. Era la única espectadora. La figuras tenían distintos tamaños, algunas eran más grandes que mi cuerpo. Di vuelta una y, como era de esperarse, estaban impresas y pintadas espaldas de los dos lados. Si Speranza viera la obra total correría horrorizada. La nena había concentrado los restos materiales de toda su experiencia ahí mismo. cada tarjetita contenía los segundos en que la mano cortaba el papel, elegía los colores, pintaba. Todos los pensamientos imperceptibles para su memoria habían quedado registrados en el papel. Las tarjetas giraban al ritmo de la música. La música sonaba en su mente mientras armaba el juguete. Además lo contemplaba. Miles de ellas de espalda. Por eso quizás me puso a mí, a sí misma en ese lugar, atrapada con Anónima. De sólo pensarla vino el miedo de nuevo.  Nada de todo este teatro era más real que ella. Siempre llevamos el miedo como una cédula intransferible de identidad, de una identidad perversa.  Anónima se reía y me disparaba con lapiceras. No quería darme vuelta por no encontrar un insecto enorme aguijoneándome. No sé bien a qué temía. Es como aquello que falta, no puede precisarse. Pero a diferencia de la falta el miedo echa más sujeto en el sujeto. Digamos que estaba cagada en las patas. Y ése era el único instante en que yo era yo y no ella.   No importa cuánto tuviera que trepar, no pensaba escribirle una hoja. Giraban las figuritas al son de la música de calesita de película íbamos saltando de soga en soga.  Finalmente, ya exhausta, siento una mano agarrándome el pie desde abajo. Anónima me tiró al vacío, me tiró de los pelos y me abrazó por atrás. Cogimos en el aire al ritmo de la música del carrousel tecno . Pensé lo que pienso siempre en esos momentos. Si existiera, la falta sería igual a sí misma, en mí, en todas las mujeres. El miedo es diferente, es siempre igual a lo otro, pero acá, en esta mujer. Imaginé, sentí mi cuerpo expulsando un órgano entre los labios latiendo. Cuando intentaba sacarlo con las manos sentía que entraba y se expandía. Más adentro era más y más cuerpo afuera. Al cerrar las piernas el cuerpo se hacía más grande. La falta de gravedad me confundía. La mujer que salía o entraba de mis piernas era Anónima. Seguíamos cayendo sin que los cuerpos pudieran sentir ninguna dirección. Estábamos de espalda a todas. Esperábamos el golpe a medida que nos olvidábamos de él. Nos desmayamos.



            Me despierto en un campo, con la sensación de recuerdo en las piernas, pensando en si la obra total debía contener su propia crítica o cerrarse sobre sí misma y volverse inexpresable. Pensamientos de entresueño, al principio no veo nada, el sol me quema los ojos y el verde pálido de la escena parece estar borroneado. Veo un molino en la distancia e intento incorporarme. Camino, camino, camino. Creo haber pasado 10 minutos mirando la misma cara del molino sin haber avanzado un paso. Debería haber dado más de un círculo alrededor. Imagino que el aire también vuelve siempre al mismo lugar y me empiezo a sentir asfixiada. Parándome de costado, miro la puerta del lugar de reojo y decido caminar en esa posición. En 20 pasos estoy al pie del molino. La atmósfera seca  de color verde y amarillo fétidos me da ganas de refugiarme dentro. Subo corriendo y entro. Las paredes de madera floja dejan entrar el sol por las hendijas, brillan las partículas con olor a humedad. En una mesa que parece de casino dos sujetos ponen fichas en una tabla de números. Más de cerca me son conocidos. Parecen no notar mi presencia. Don Miguel le dice a José Luis: le apuesto mi apellido a que soy capaz de escribir una novela que contenga todas las novelitas existentes y además se burle de ellas en menos de mil hojas. José Luis con una mueca le responde: no creo Don Miguel que mi apellido tenga algo que envidiarle al suyo y hasta pongo en duda que usted lo guarde con celo, con esa treta de viejo falsificador difícilmente engañe a alguien de mi trayectoria. Sin embargo, acepto y redoblo su apuesta. Mi método es más económico.  Pongo en canje mi gallardía por mostrarle que no necesito escribir una obra tan extensa sino que de su misma novelita me reiré de toda la literatura en lo que cabe un cuento sin si quiera variar una de sus palabras. La única condición es que usted debe escribir su obra quinientos años antes que la mía y le aseguro que no pasarán otros quinientos años antes de que su magna novela sólo sea recordada para explicar mi breve cuento. Don Miguel con cara de haberse escandalizado por la insolencia de José Luis accede: cerremos el pacto aquí mismo, le aseguro que mi protagonista no tendrá nada que envidiarle a su gallardía.-


            Mi corazón palpita confundido. Todo lo que había leído tenía un sentido extraño. Pienso que de la manera en que estaba formulada la apuesta ninguno de los dos perdería. Algo andaba mal, alguien debió suponer que esos personajes me distraerían, el molino debe ser otra trampa, me subo a la mesa e intento arrancarle la máscara a Borges. No se despega. Le meto los dedos en los ojos y caigo adentro. Espero ver a Shakespeare pero no. Hay un hombre con una manta roja brillante puesta como poncho, parece un sombrero mexicano lleno de colores con hilos dorados. Tiene puesto una galera alta de fines de siglo XIX. Da vueltas alrededor de una sala con forma de carpa militar, ensaya una frase y se sienta en el piso con las piernas cruzadas. Repite una y otra vez dos oraciones y en seguida se sienta tratando de naturalizar el movimiento sin que se mueva la galera. “Sarmiento no existe; pertenece a la historia. Juzgarlo es nuestro derecho.” Se sienta,  mueve la galera, se fastidia y vuelve a empezar cambiando el tono. “Sarmiento no existe; (carraspea) pertenece a la historia. Juzgarlo es nuestro derecho”.   Detrás de una de las telas de la carpa veo escondido a quién parece ser un Borges niño tomando nota. Me ve asustado y  escapa, dejando caer la lapicera. Al intentar levantarla casi saco de lugar mi hombro. La miro y me doy cuenta que es igual a la de Anónima, pero mil veces más pesada. La dejo en el piso e intento no mirarla. Algo anda mal. La pluma va aumentando de tamaño hasta aplastarme contra las paredes. No puedo respirar. Me trepo al extravagante personaje que ha quedado entre la pluma y la carpa, subo por su sombrero  convertido en una escalera hasta techo del lugar. Empujo la tela tratando de romperla y escapar. Necesito algo cortante. Rompo mis lentes y abro un tajo. Salto y la gravedad nos da la vuelta, estoy cayendo con fuerza, de cabeza impacto en la tela. Mi cara siente el óleo seco quebrándose. El cuadro se abre en dos separando las piernas de la bañista de bretaña. Escucho anónima riendo del aterrizaje. Los turistas gimen horrorizados al unísono, toman fotos. No veo nada. Trato de hacer foco y buscar un pedazo de lente. Los brazos de la seguridad me llevan del museo porque un Gauguin original me ha parido  intentando escapar de mí misma. Me tranquilizo pensando que le debe pasar igual a todas las mujeres que visitan el museo. 

domingo, 3 de noviembre de 2013

Un museo, el Museo y la Biblioteca.

I

Museo del Libro. La espera.



            Tres de la tarde, media hora temprano para la cita pactada con  mi amiga en la biblioteca nacional. Yo ya estoy en la puerta. La culpa es del tren por no llegar tarde esta vez. Espontáneamente mi cuerpo decide que entremos al museo del libro a esperarla. Lo primero que uno pregunta –consciente o inconscientemente-  al entrar un edificio es si debe pagar. Gloria para mi bolsillo, la entrada es gratis y el recepcionista excepcionalmente amable. El nombre de Roberto Arlt funciona como imán. Magnéticamente pregunté dónde estaba la exposición y bajé corriendo al subsuelo. Primero me reí por encontrarme en un museo para chicos.  Me entretuve sacándole con  los escenarios surgidos de las novelas, con la tintorería para perros, con las caras del astrólogo y la posibilidad de sacar una foto con la propia imagen, en fin una juguetería literaria. Pero cuando detrás de las frases y objetos raros, más pertenecientes al imaginario desatado por la narrativa que al objeto de museo, entreveo en la tele la cara de mi profesora de la facultad, la más seria, la siemprevestidadenegro Sylvia Saitta. Mi entretenimiento se puso serio. Empecé a leer las pequeñas acotaciones críticas insertadas en mi juguetería arltiana como una texto vivo que trepaba las paredes del museo. Más tarde, cansada de jugar o de leer o de esperar,  subí del cuarto que me hubiera gustado tener en la infancia y me dediqué a ojear la publicación crítica de la biblioteca “Arlt en dos” donde se puede ver el fundamento detrás de la exposición. Mi fin de mes forzoso no me permitió llevar el libro a casa y de todas maneras mi intención no es hablar sobre Arlt porque  simplemente no estoy capacitada para hacerlo (y menos con la cara de la profe mirando!).  Me interesa el detrás del museo, la justificación de la obra, aquello que las exposiciones no dicen pero uno (consciente o no) las percibe. En este caso la propuesta era muy a-efectiva. En la planta baja el tema general era la conformación de las lenguas, la polifonía cultural de principios de siglo, tema central de los primeros años del secundario y bastante central en la Argentina abierta a Latinoamérica en que los docentes damos clases todos los días. Me imaginé visitando el museo con mis alumnos y asignándoles tareas que difícilmente cumplirían.  La diversión del principio me dibujó la cara fácil del reproche “¿por qué no hacer un museo del libro en serio?” Pero ponerlo en palabras me hizo dar cuenta de lo infantil de la pregunta ¿qué es un libro en serio? ¿Qué es un museo en serio? ¿Qué espero de un museo? ¿Acaso vine a confirmar mis saberes y me licencié divirtiéndome? Creo que en esos momentos, además de parecerme a mi madre, me ataca la eterna hipocresía de la clase media argentina que, como a Silvio Astier, la hace capaz de traicionar al de al lado (gentileza intelectual de la dama de negro). Si todavía no confirmaron esta hipótesis no les hace falta más que visitar la biblioteca.

La biblioteca. Expulsión.



            Salgo del “museo” para entrar en la biblioteca, lugar que debiendo ser la casa de albergue de aquellos que no tienen acceso (digo, que no pueden comprarlos) a determinados libros  (otra enseñanza de Arlt vía Saitta!) termina siendo el escritorio privado de estudiantes que no pueden leer en casa los sábados a la tarde porque papá y mamá se ponen histéricos. Lugar que, a pesar de este detalle ocasional, es mi preferido por ser el único espacio público, digo gratis, desde donde se puede leer bajo techo mirando al río (o al menos el único que conozco). Como el quinto piso era en mi recuerdo la sala silenciosa le pregunto a una de las nuevas recepcionistas cuál es la sala en la que estaba permitido hablar. Me aclaró sin dudarlo –sexto piso. Al llegar no encontré lugar. Una centena de estudiantes muy bien vestidos y equipados con sus apuntes facultativos que estudiaban sin mirarse la cara levantaron al unísono las cabezas para auscultar al que irrumpía el silencio de su sala. Mi pánico escénico me hizo bajar la mirada y apelar a la búsqueda de los rincones hasta encontrar lugar para mí y mi amiga y así poder empezar la bendita monografía de a dos.  Hasta que llegó me quedé leyendo -en silencio- parte del corpus.
            Llega mi amiga, le grabo archivos, me pasa otros, comentamos el contenido de cada uno para reconocer el material. Quince minutos habrá durado nuestra susurrante investigación en conjunto cuando una rubia lectora de maquiavelo nos invita a abandonar el recinto y buscar una sala parlante, afirmando con seguridad que allí –no se podía hablar. Nuestro recato y buen trato siempre ha sido envidiable, pero si con algo no podemos lidiar es con la exposición ante el otro y si con algo no estamos dispuestas a lidiar es con el maltrato. Le aclaramos que en la entrada nos habían dicho que “en el sexto piso estaba permitido hablar”, pero respetando la ignorancia colectiva del otro y viendo que realmente los estudiantes de la Biblioteca no intercambiaban ideas como nosotras, sapos de otro pozo, nos fuimos en busca de lugares públicos –me refiero a -gratuitos- donde poder llevar a cabo nuestro trabajo.
            Antes de partir intentamos pasar por el quinto piso para asegurarnos de que la sala no silenciosa o menos silenciosa era la que nos había expulsado. Apelamos a la buena información de una de las empleadas de seguridad que muy atentamente no explicó que allí “no hay sala parlante, esto es una biblioteca”. Yo creí de pronto haber inventado un término nuevo para el universo mental de los concurrentes (y ahora empleados también) de la Biblioteca Nacional. Por suerte mi amiga me trajo al mundo recordándome que en la facultad todavía existen salas parlantes. A pesar de los folletos, libros y proyectos que la “BN” lleva a cabo para generar una articulación entre la biblioteca y otras prácticas culturales, los usuarios intentaron dejarnos dos lecciones fundamentales: en las bibliotecas no se habla y las salas parlantes no existen. Por suerte nuestra vida de estudiantes  nos ha enseñado a intercambiar saber (además de consultarlo) en el espacio físico no tan implícitamente monasterizado de otras bibliotecas. Nos fuimos, no sin antes confirmar que desde abajo en la recepción creían que se podía hablar en el sexto piso, (-desde al lado no-) y en el quinto tampoco.  Subí a informarle a la maquiavélica lectora que –efectivamente- esa era la sala menos silenciosa de la biblioteca y partimos dándole la espalda que era lo más silencioso que teníamos. Una vez fuera y al no encontrar más alternativa que una cadena estadounidense de café caminamos hasta plaza francia, lugar de nombre no tan paradójico para los edificios nacionales de fin de siglo.  Pasando por la puerta, mi cuerpo otra vez espontáneo nos llevó al Museo Nacional de Bellas Artes.





martes, 29 de octubre de 2013

Come on baby, light my fire. En llamas: entre la individualidad y la comunidad

La segunda parte de la saga Los juegos del hambre propone una interesante disputa al nivel del personaje principal y narradora, Katniss, quien se debatirá entre la elección de su mundo individual privado o la elección de una lucha pública colectiva junto a los distritos marginados por el Capitolio de Panem.



Hacia una rebelión
Cansada de ser un peón del juego mediático monopólico del presidente Snow, la reciente ganadora de Los juegos del Hambre deberá tomar una decisión: huir con su familia o quedarse a pelear con sus pares marginados, morir sola escapando o morir luchando por una causa. La condena es la misma. Cuando opta por lo segundo, luego de atestiguar la cruel tortura sufrida por su mejor amigo en manos de las fuerzas del Estado, comienza a descubrir de a poco que todo sistema, por más poderoso que parezca, por más orquestado que se encuentre, por más verticalista que sea, tiene su grieta. Los alambrados nunca están completamente electrificados, los agentes de paz no siguen todos el mismo régimen de tortura y el mayor exhibicionismo del poder del Capitolio, Los Juegos mismos no son sistemas perfectos. Al respecto (y para no spoilear mucho la trama) nos referiremos a un hecho particular: el relato acerca de cómo Haymitch, mentor de Katniss y Peeta, ganó los juegos varios años atrás.

           Haymitch va derecho a su barranco y, justo cuando llega al borde, ella lanza el hacha. Él se deja caer en el suelo y el hacha sale volando hacia el abismo. […] Lo que ella no sabe y él sí es que el hacha volverá. Cuando lo hace, sale volando del borde del barranco y se clava en la cabeza de la chica. (Collins, 2013:212).

La victoria de Haymitch está basada en un error, un bug, en el diseño virtual de la arena. Lo estético, lo visible, lo bello: el espacio de los juegos del hambre presenta grietas. El mentor del distrito 12 no ganó sólo por su habilidad asesina, por ser el mejor tributo, ganó por un error del sistema impuesto por el Capitolio. Será el inicio de una grieta y de una germinación de la rebelión.

Hacia algo nuevo dentro de un género literario comercial

Así como Haymitch prueba las grietas del sistema opresivo del Capitolio, esta arrobera cree que la autora, Suzanne Collins, hizo algo parecido con el género en el que (¿la editorial?, ¿el marketing?, ¿el mercado?, ¿todo?) inscribe esta obra. Charloteando con una querida lectora de AC, recibimos su indignación frente a la simplona categorización del libro en el género juvenil. Razón tiene. Pero lo más importante es que puso a esta arrobera a pensar (¡milagro!): ¿En qué estante de mi biblioteca (real o virtual, si queremos hacernos los cancheros) colocaría esta copia? Mi biblioteca (me refiero al mueble heredado de mi abuela) no está ordenada alfabéticamente (por ahora) y tiene (entre otros) un sector “anglófonos”. Allí definitivamente lo ubicaría. ¿Y después? ¿Qué grieta abro entre los libros? ¿Entre cuáles lo pongo? Respondiéndole a ese comentario mencionado se me ocurrió Ray Bradbury y Patti Smith. Bradbury por el tipo de relato distópico y Patti Smith por el tipo de relato femenino/autobiográfico. Ahora bien, ¿no es esto último pero a nivel “ficticio” (de mentiritas) el tipo de relato juvenil en estos días? Twilight sí, Fifty Shades (su versión erotic), sí ¿Pero qué pasa con otros como Ciudad de Hueso y Harry Potter narrados en tercera? Lo femenino, y la primera persona no son elementos constitutivos de la “saga juvenil” (aclaro esto, porque lo leí por ahí y me pareció reductivo y banal). Mi elección por ponerlo entre Fahrenheit 451 y Just Kids comienza a alejar al libro del relato juvenil (si es que existe, si es que esa denominación no es más que una forma de lanzarlo al mercado inmediato). Lo único que el libro comparte con el relato juvenil es que la protagonista es joven y está por momentos sumergida en un triángulo amoroso como en Twilight, salvo que acá al menos está bien escrito (sí, ya fue, lo dije). Tomar el relato juvenil y agrietarlo (y encima gusta). Esta obra es una buena manera de irrumpir (y romper) el sector en el que algunas librerías la colocan al lado de Crepúsculo. 

lunes, 14 de octubre de 2013

Lana del Rey y el dark side del American dream


Lana del Rey visitará la Argentina en el marco del Planeta Terra Festival que se llevará a cabo en Tecnópolis, en noviembre de este año. Francamente sorprende la aparición de del Rey en estos pagos, ya que su música no parece cuajar bien en los medios masivos de difusión, de los cuales está casi ausente. Y es que la nueva diva del ¿pop? es poco conocida por aquí, y con razón: es por demás difícil escuchar su música fuera de su país de origen, donde sus alusiones al American way of living pueden resultar poco simpáticas. Ni The Guardian, reconocido diario inglés, pudo tolerar el campo semántico yanqui que chorrean las canciones de del Rey, sumadas a su (por momentos) voz de niña bien del Upper East Side. El mundo, parece, ya está cansado del nacionalismo berreta de la tierra de la libertad, la democracia y las guerras en medio oriente.
Ocurre, sin embargo, que hay que matizar. No es necesario prestar demasiada atención para notar que Lana del Rey no hace una alabanza ciega al American Dream. Su mundo de Bel Air, atravesado de rimmel, vestidos rojos, tacos altos, Bugatti Veyron y Mountain Dew dietéticos, tiene una oscuridad que perturba y deja traslucir si no una crítica sí definitivamente un costado macabro al fetichismo consumista.
Para empezar, quienes hablan en las canciones de Lana del Rey son o esas mujeres dramáticas que entran en la oficina del detective privado oliendo a Channel n°5, hermosas pero alcohólicas, adictas y con un amplio historial delictivo, o bien las enfants terribles a lo Lolita (dicho sea de paso, del Rey tiene un tema homónimo), crecidas antes de tiempo dentro de las cuatro paredes de un internado católico de la Ivy League, rodeadas de la pandilla de las gossip girls Blair Waldorf y Serena van der Woodsen. Lo que estas mujeres muy dignas de Puig traen no es un mensaje moralizante del tipo “La plata no compra la felicidad”, sino que más bien vienen a afirmar todo lo contrario. Su idea es que la plata sí compra la felicidad, pero la felicidad es jugar a los videojuegos (“Video games”) con tu hombre cocainómano (“Off to the races”), ignorando hasta cuándo durarán los buenos tiempos (“Born to die”) en la medida en que se basen en las apariencias efímeras del universo del consumo (“Young and Beautiful”, “Blue Jeans” y “Radio”).
Con respecto a la música en sí, los productores de del Rey mezclan un sonido propio de las baladas de los años '40 y '50 a cargo de las cuerdas, con elementos de jazz, blues, trip-hop y pop difícilmente reconocible si se lo compara con el que Katy Perry o Lady Gaga vienen imponiendo. Del Rey, por su parte, juega muy bien con las alternancias entre estos géneros diversos, adaptando su voz (sin autotune), según la ocasión lo exija, al rol de la niña suburbana, bonita y salvaje, o al de la femme fatale de vestido rojo (siempre rojo) que ronronea y suspira ante la audiencia indiferente del music hall, entre tragos de whisky y bocanadas de Phillip Morris.
A todo esto, la imagen acompaña. Sus videos cuentan las historias que el cine del imperio nos ha legado, desde huidas con estereotipos de bad boys a lo James Dean, lágrimas, histeria e intentos de suicidio de señoritas de la high class solitarias en paraísos vacíos, e incluso una recreación del asesinato de Kennedy con un actor negro haciendo de presidente. Todo el dramatismo exagerado del melodrama que ya conocemos bien se intercala con primeros planos del rostro triste de del Rey, perdido eternamente en una mueca de entre aburrimiento y dolor por un pasado (real) de adicciones, que exhibe cuán personales y autobiográficas son las canciones que ella misma escribe, aportándole fuerza y credibilidad a versos que, desencarnados, podrían sonar a frase hecha o a lugar común (esto último, algo que del Rey pone efectivamente en juego para resignificar y dar giros nuevos al cliché).

Primer single del album "Born to die", "Video games", consta de una colección de clips filmados por la propia del Rey.

Segundo single de "Born to die", el video de la canción homónima presenta la historia (que de tan visitada podría ser ya un género) de la niña bien fugándose con el bad boy, encontrando un final trágico. 

"National Anthem" recrea el asesinato de Kennedy, con del Rey haciendo de Jacqueline Kennedy y el rapero ASAP Rocky haciendo de JFK. El clip se abre con del Rey cantando el feliz cumpleaños al presidente, emulando a Marilyn Monroe, y cierra de nuevo con del Rey, esta vez leyendo en off un monólogo de Jacqueline Kennedy acerca de su relación con el presidente de Estados Unidos. El video fue bien recibido por la crítica, pero generó polémica en Youtube, donde abundaron comentarios racistas. 


En suma, incluso con todas las reservas que puede despertar el pro-norteamericanismo en América Latina y puntualmente en Argentina después de los '90, Lana del Rey prueba que es más que una chica linda que repite estribillos en un culto inconsciente a lo superfluo. Tanto desde la letra como desde el sonido y la imagen, su música reúne elementos controversiales y heterogéneos de la cultura dominante, y los mezcla para dar con un producto que no termina de parecerse a nada que se esté haciendo en este momento. ¿Manifestación genuina de disconformidad o repetición de la misma devoción al American dream disfrazada de alternativa? Habrá que ir a escucharla a Villa Martelli el mes próximo. 

domingo, 13 de octubre de 2013

Voces


Ilustración : Ma. Cecilia Villafañe


“La muerte no llega con la vejez, sino con el olvido”
Gabriel García Márquez

Cada vez que me pregunto cómo llegué a este lugar, recuerdo que estaba sentado en una de las plazoletas que cortan al medio la 9 de Julio, que fumaba y que veía pasar a la ciudad como algo ajeno. La velocidad de los autos, los colectivos llenos de gente. Atestados de personas que pugnan por llegar a sus oficinitas, a sus pequeñas vidas llenas de papeles, de gritos por teléfono. Nunca comprendí el porqué de una vida tan apresurada, sí al final, cuando les dan el retiro, las muchas gracias por los servicios prestados no queda absolutamente nada. Nada más que una vida que se diluye entre esperas de subte. Lo mejor de nuestras vidas se va en eso. Recuerdo (ahora que puedo pensar en imágenes) que cuando comprendí eso, ya era este y era peligroso y encerrable.

Esta historia, es la historia de una permanencia

El tono de los teléfonos, a contramano del pensamiento de los otros, siempre me pareció dulce. Amaba escucharlo, y más levantar el tubo y descubrir al otro por la melodía que transmite. Desde muy chico desarrollé un gran sentido de memorización de la voz. Antes de que la persona del otro lado se identificase yo adivinaba su nombre. Bastaba una vez, solo una vez de charlar con alguien para que yo identificase su registro, lo archivase en mi memoria y lo llevase conmigo para cuando lo escuchase, lo reconociese naturalmente
.
La infancia es normalización. Nuestro cuerpo es dócil, sensible. Suceden cosas en ella, cosas que  deben reprobarse. La infancia es la censura.

De ella puedo recordar alguna cosa, nada más. La voz de mi madre, la tierna voz de mi madre convirtiéndose en alarido desesperado para retarme cuando hacía algo que le desagradaba. Ese grito, esa impostura que tiene el límite de presentarse siempre como una marca de fortaleza. El límite es un aullido en mi infancia. No hubo palabras que pudiese recordar, solo sonidos. La voz de madre deformando mi nombre, deformando el lenguaje, una y otra vez. La voz de mí madre que se repite  y deforma como único hecho posible de mí niñez. Solo eso puedo decir de mi infancia, solo recuerdo el aullido, como un círculo que se cierra sobre mis primeros años.

Celeste murió en la primavera de 1997. Nunca me apenó su muerte. Compartimos juntos quince años y sin embargo no puedo decir nada de ella. El único recuerdo que tengo presente es la primera vez que hablamos por teléfono. Me sorprendió su voz opaca, disímil, con un ceceo un poco molesto para el diálogo. Lamenté al morir no volver a escucharla, ya que su rostro hoy se me hace imposible. Nunca fui bueno para los rostros, ni siquiera de los más cercanos. Vi a Celeste despertar a mi lado durante quince años y todos ellos me fueron indiferentes. No guardo una sola imagen de ella dormida, despierta, tomando el té, fumando, riendo. Si tuviera que describirla no podría.


No retengo de ella ni una sola seña particular. Solo su voz en el teléfono, molesta, opaca, insoportable, repitiendo mi nombre y una dirección. Nada más que eso. Como una cinta que se repite una y otra vez hasta la impaciencia, hasta tomar la calle, hasta apagar el interruptor de mi vida y encender un piloto automático que me convierte en hombre-máquina deambulando por la vida. Un hombre que busca librarse de su propio fantasma. Un hombre que arrastra su final como recuerdo imposible de una melodía horrenda.

Escuchar a tu mujer muerta diciendo siempre lo mismo no es la locura. Tampoco es la culpa. Es otra cosa más importante: es la imposibilidad de escuchar otras, de retener otras, de sentir la tonalidad de otras. Conocer una voz es conocer al mundo. La repetición de la misma voz es la muerte. Morir es escuchar siempre lo mismo. La negación del mundo, es la negación de las voces.

Todas las voces una voz. En un quiosco, en una mesa de restorán, en una esquina. En un chico que va cantando una canción de moda. En un joven que me pide una moneda, en el conductor del colectivo. Todas las voces, esa voz. Mi mujer muerta como un único relato existente en todas las cosas que ya jamás experimentará. Todo ese mundo que le es ajeno, se lo apropia su voz, su única permanencia sobre la tierra.

Nunca comprendí que maté a un hombre. En el juicio, en mi defensa declaré que estaba matando a la única persistencia de mi mujer muerta sobre el mundo. Una insistencia que hacía inasible mi propia existencia.

En este lugar, donde no hay voces, el silencio me es un presente precioso. Las imágenes de mi memoria son solo las ráfagas que logro identificar con imágenes difusas, que se representan como un gran cuadro inconcluso. Hay paredes que encierran a la vida de nosotros, y la gente que viste de blanco jamás me habla. Solo realizan dos señas que significan la comida y el patio. Hay árboles y de vez en vez un pájaro se posa sobre la ventana y canta, recordándome la posibilidad del mundo. Cada vez que recuerdo cómo llegué acá, recuerdo una plazoleta que corta la 9 de Julio, un cuerpo en el suelo, la sangre en mis manos, roja, espesa, pegajosa. La voz de mi mujer muerta repitiéndose una y otra vez, cada vez más suave, cada vez más fina,  alejándose hasta disolverse con la sangre en mis manos.

martes, 8 de octubre de 2013

El viaje


De vuelta de su viaje, E. me cuenta:
It was a small world after all y éramos todos muy felices porque eran los 90 de nuevo y Su reino había venido a nosotros. Un perro naranja se sacaba fotos conmigo y mis hermanos, un pato con moño le firmaba autógrafos a mi papá, y dos ardillas corrían alrededor nuestro hablando en una lengua aceleradísima, como la de los dibujitos animados que pasan por Cablín. Mi mamá se reía, cosa que casi nunca hace (a menos que se tome la pastilla rosa que guarda en la mesita de luz), y tiraba al aire papel picado que si lo mirabas de cerca eran billetes verdes con la cara de un señor patilludo. Íbamos caminando y el piso se prendía con cada paso que dábamos, un paso y lucecitas rojas, y otro paso y lucecitas azules, y lucecitas blancas, y por la calle desfilaban una india y un pirata y un joven con turbante y un tigre y muchas mujeres blancas y capullos de flor y enanos con hachas y sierras eléctricas. Los carros del desfile eran tirados por cuatro caballos de un blanco inverosímil, y la gente que los veía pasar aplaudía y gritaba y se comía una fantasyland cheeseburger con salsa barbacoa mientras cantábamos el himno y le hacíamos la reverencia al rey y a la reina y a la fila de princesas que serían reinas mañana. Como el piso, el cielo también se iluminaba con explosiones de colores, y era difícil determinar si uno estaba caminando por la tierra o por las nubes.
Pero he aquí lo que sucedió. El cortejo estaba por llegar al palacio donde ya habían danzado las teteras y los juguetes y las alfombras, y parecía que en cualquier momento iban a sacar el Cuerpo ungido del freezer para que saludara a las masas que lo aclamaban cuando empezamos a sentir un olor inaceptable en el aire. Todos dejamos de aplaudir y de gritar y de comer y apuntamos la nariz a una dirección indefinida, sin dar crédito a lo que nuestras fosas nasales estaban registrando. Intentamos disimularlo (yo, que tanto había ensayado para mi comunión, más que nadie) pero no había duda. Nosotros conocíamos bien el olor. Los que se hacían los desentendidos seguramente lo conocían mejor. Era, naturalmente, bosta fresca.
Se hizo entonces un silencio tremendo. Los carros se detuvieron. Por un instante pensé que había llegado el fin de la Historia, y que los cimientos del reino iban a temblar con la ira del dios con cabeza de rata y cuerpo de hombre que vendría a juzgarnos y a tragarnos a todos nosotros, pecadores extranjeros, para devolvernos al barro del que nos habíamos escapado de pura casualidad. Imaginé que el dios saldría de las entrañas de la Tierra y que me devoraría a mí primero, a mí, la no bautizada, miembro culpable por miembro culpable, con una voracidad furiosa, masticándome, deglutiéndome, excretándome, dejando sin probar sólo lo peor de mí a modo de castigo eterno. Me imaginé teniendo que arrastrarme por el piso, lucecitas rojas, azules y blancas, lamiendo la bosta de los caballos para que el desfile continuara hoy y mañana también, por los siglos de los siglos, amén. Pero nada de eso pasó. En cambio, ocurrió un milagro, y fui salvada. Mi madre, previendo lo que vendría, me tapó los ojos y me empujó para que avanzara. En la oscuridad de sus palmas, entre sus dedos, vislumbré que los flashes de las cámaras volvían a titilar, y que un caballo y otro caballo y dos caballos caían al suelo y que las lucecitas eran rojas nada más. Quise llorar, pero supe que no podría ser de otra forma porque de otra forma habría sido yo, y escuché entonces que la gente volvía a gritar y a aplaudir. Comprendí así que el dios me aceptaba, que contaba con su favor, y que como prueba de ello llevaría por siempre la marca de su generosidad hacia mí y de su ira hacia otros en mi pecho, cerca de un corazón que, como el de sus apóstoles, nunca encontraría reposo sino en la cinta magnética de una tarjeta de crédito.

Al rato estábamos en otro lugar, más adelante, más lejos, y mi padre nos decía “No miren atrás”, aunque era evidente que ya no había nada que mirar. Yo le hacía caso igualmente porque tenía cinco años y el mundo era un lugar enorme donde de repente me sentaba a fumar un porro con vos en la terraza y me preguntabas si alguna vez había viajado a otro país y yo me quedaba callada porque me da vergüenza decirte que sí y mostrarte la cicatriz que dejó en mi cuerpo el dios con cabeza de rata y cuerpo de hombre para que todos sepan que fui elegida mientras las lucecitas se apagaban a mis pies y sólo quedaban las de color rojo.  

martes, 1 de octubre de 2013

La espectacularización de la muerte. Recoleta show

La muerte es un hecho trágico, vívido por los deudos como un momento insoportable en cualquiera de los casos que toque. Es que no existe el precepto tantas veces mencionado: “murió en paz”. La muerte no es otra cosa que un hecho traumático, invivible.

Nuestra cultura, nuestra forma de vivir la muerte la convierte en un hecho cultural asociado con la congoja. Ante la muerte no existe otra respuesta que el silencio, el llanto como una impostura. El velatorio del cadáver, que se expone ante los dolientes durante 24 horas para luego ser exhumado en una ceremonia, ante la bendición del representante religioso es una de las formas del Adiós más intolerables

Reconocer a la muerte como un hecho cultural[1] es reconocer que puede haber otras formas de vivirla. Por ejemplo, para tomar un lugar cercano a nuestra cultura, en Estados Unidos, la ceremonia de la muerte se vive como un hecho vinculado más a la memoria y a la reunión, que a la despedida dolorosa.

Jorge Luis Borges ha escrito que morirse es una costumbre que suele tener la gente. ¿Qué pasa si esa costumbre pudiera convertirse en un espectáculo? ¿Qué vinculación puede tener la muerte como hecho cultural trágico con la función espectáculo? ¿Qué reglas pueden devenir lo trágico a espectáculo?

En la Recoleta funciona uno de los cementerios más viejos de Ciudad de Buenos Aires, creado en 1822 durante la Gobernación de Martín Rodriguez[2], en el predio donde funcionaba el huerto de la disuelta orden de Los Recoletos[3]. En la puerta del cementerio, del lado de afuera, se lee una la frase en latín Resquiescant in pace, que significa Descansen en paz, del lado de adentro se lee otra frase en latín: Expectamun dominum, que se traduce como Esperamos al señor. 


En este cementerio la muerte es una espectáculo, el rito de la finalización de la vida funciona como uno de los engranajes de una industria cultural[4] que todo lo abarca. En este caso, las bóvedas, las tumbas, no son un lugar íntimo reservado únicamente para los deudos o familiares de los occisos.  Hay un rito distinto que parece dominar a la Recoleta, que atenta contra cualquier intimidad posible. Hay una impostura de espectacularidad que convierte a los muertos en objetos de visualización, de deseo de entretenimiento. El dolor desaparece dándole lugar al goce que causa del consumo-diversión.

La posibilidad de conocer a los cadáveres de quienes fueron la historia del país, de primera mano, le da al espectador un plus por encima de cualquier cementerio de similar arquitectura.  Aquí, Dorrego y Lavalle muertos, a quince o veinte metros de distancia, constituyen uno de los pares opositivos que en el lugar se disfrutan por parte del espectador como una atracción. Dos enemigos que en vida, llevaron su enfrentamiento al extremo, tanto que Lavalle fusiló a Dorrego, conviven, si se permite este término, como una de las principales gravitaciones del lugar.

La muerte espectáculo objetiviza al cadáver. El cuerpo se resignifica. El valor del mismo se reconstruye para llegar a un estadio diferente. Ya no es el cuerpo vacío, muerto, que espera la visita del otro doliente. Ahora el cadáver toma una significación cultural. El muerto es objeto de espectacularización. Se transforma a sí mismo en hecho artístico.

 Los vejámenes que sufrió el cuerpo de Eva Duarte de Perón son narrados por los guías turísticos como elementos de entretenimiento, que lejos de horrorizar al oyente, lo  convierten en una historia que eleva el valor artístico de la bóveda de quién fuera una de las principales mujeres de la historia política del siglo XX.


De esta manera, Sarmiento y Rosas, con la contradicción en sí misma que significa que Rosas permanezca en un cementerio designado para las clases altas, forman parte de una de las principales antinomias que más allá de ser tratadas superfluamente por los visitantes, son puestas en escena como un teatro de la historia argentina.

Hay una doble significación que se representa al espectador. Por un lado la fantasía de la representación de un cuerpo que permanece oculto. Un cuerpo que se vuelve imposible de visualización, pero que gana en significado por la bóveda que lo contiene, y por el otro la expectación que provoca un devenir del cuerpo en objeto artístico.

El cadáver/entretenimiento es una ruptura que vacía un significado y lo reemplaza por otro. El signo de la muerte hecho social/cultural deriva a un tipo escultural del mismo. El hombre que fue, abandona al que ha sido inclusive en la muerte y toma entidad de obra de arte. Se convierte en un mito, se purifica. El cuerpo deja atrás todo rastro del hombre que ha sido, y se resignifica  elevándose al lugar de mitología


La historia en tanto discurrir analizable pierde su entidad. Se convierte junto con el cadáver y adquiere su nueva significación: la historia-espectáculo. El valor inicial desaparece y toma una nueva forma de significar. Se convierte en una posibilidad de la literatura que explota sus potencialidades en el cuento, narración del personaje.

La muerte es arte. Las esculturas que decoran el cementerio y las bóvedas son hechos artísticos excepcionales, especialmente diseñadas para el lugar y de un valor importantísimo. Ellas son apreciadas por su valor en sí y no por el lugar/ función que cumplen en el cementerio. La muerte se espectaculariza otra vez. Se vuelve también un hecho artístico cuando en un responso, los visitantes participan observando el evento como una escena teatralizada del dolor. Observar, participar, fotografiar, convierten al visitante en espectador de una historia. Escuchar sobre la vida de Álvaro Alsogaray, despojándolo de cualquier valoración de su intervención en la economía argentina, y admirar su lugar de entierro convierte en teatro a la vida del muerto, a actor al cadáver y a espectador al visitante.


La espectacularización de la muerte cumple las expectativas de la industria cultural. La muerte objeto de espectáculo, en tanto función show  nos mantiene entretenidos. Ahí donde no hay posibilidad de entretenimiento, el valor dolor muere, y renace en dispersión. El espectáculo despoja el cementerio de toda estética de la muerte en el sentido tradicional, y lo dota de una estética artística para entretener al visitante.

La industria cultural logra en el cementerio de la Recoleta revertir un hecho cultural propio de la sociedad. Lo convierte a su vez en un entretenimiento, y lo espectaculariza al punto de transformar las historias más terribles, a los asesinos más insensibles como Ramón Falcón, en hechos culturales, cadáveres actores, vidas espectáculos.








[1] Algunas posturas  que la muerte es una exclusión de la cultura, ya que significa un fin último. No lo entiendo así, existe toda una postura de nuestra idiosincrasia ante la muerte.
[2] Martín Rodriguez murió en Montevideo en 1845, fue héroe en las invasiones inglesas y un gran militar en la guerra de la independencia.
[3] Orden  de sacerdotes que siguen los preceptos de San Agustín
[4] Adorno habló de este concepto como la creación constante por parte del capitalismo de entretenimientos. En este caso, considero que la muerte se convierte en un entretenimiento. 

domingo, 29 de septiembre de 2013

Pinceladas a oscuras: “Colours in the dark” de Tarja Turunen


Previsiblemente, todo empieza con una adolescente que llega a su casa con un severo caso de angst que todavía no es la crisis de angustia de la depresión clínica, pero que sí es la disconformidad absoluta con su cuerpo, su personalidad, la escuela y, en consecuencia, el mundo. Por entonces, yo (que soy esa adolescente, aunque a veces prefiera desentenderme y tratarme de “ella”) ya me he “desviado” del pop rosa de Britney y Christina. Avril Lavigne, por su parte, me está empezando a quedar chica; hay rincones del angst que su estilo prolijamente transgresor no termina de comprender. Ya he descubierto algo del rock (a cosas tan dispares como U2, Nirvana y los Rolling Stones) pero sobre todo ya he descubierto a Amy Lee, la mujer pálida de pelo negro (por fin no rubio), que en su caída libre de un edificio cantando “Bring me to life” sabe captar esa parte de mi trágica melancolía adolescente asquerosamente post-romántica que la chica punk menos punk y más pop de la industria falla en englobar con su “Sk8er boi”.
Ese día llego a mi casa, digo, atravesada por el angst, pero con un nuevo cd. Me lo recomienda el hermano de una compañera que también sufre del angst, y que sabe que me gusta Lee. El cd se llama “Century child” y es de la banda finesa Nightwish. El chico me ha advertido: “Esta mina hace que Amy Lee le lama el culo”. Lo dudo, porque -hay que admitirlo- hasta ese día creo que el rock pesado está poblado de hombres y que Evanescence es la única excepción. Pero igualmente pongo play, me tiro en mi cama a mirar el techo y lo que empiezo a escuchar es muy extraño. Después de un breve recitado irrumpe la voz de una soprano lírica cantando encima de guitarras distorsionadas, una percusión furiosa y un sintetizador que suena como una orquesta de cuerdas. Es raro, y casi me río, pero sigo escuchando. Con “End of all hope”, el segundo track del álbum, creo que me empieza a gustar. Con el piano en los primeros segundos de “Ever dream”, cortados en seguida por las guitarras, la batería y el sintetizador, creo que he dado con el mestizaje musical que ha atravesado mi vida desde que empecé a estudiar piano a los 8 años: la “alta” música que me enseñan en el conservatorio y la música popular que escucho en la radio o, cada vez menos, en MTV y Muchmusic.
Con el cover de “Phantom of the opera” me levanto con urgencia de la cama y voy a la computadora. Tengo que investigar. Pongo Nightwish en Google y leo. Nightwish es una banda finesa creada por Tuomas Holopainen. Está integrada por Holopainen al teclado, Marco Hietala al bajo, Emppu Vuorinen a la guitarra y Jukka Nevalainen a la percusión. La voz es de Tarja Turunen.
Desde ese momento, escucho todo lo que ha venido sacando Nightwish desde su creación en el 98. Me impulsan las letras poéticas de las canciones (habitadas por la nostalgia de una infancia perdida con la que me siento identificada) y la música cada vez más orquestal, a veces de una tristeza limpia y llana, a veces de una furia y un deseo irrefrenables (extremos que, por su parte, le resultan familiares a mi angst bipolar). Sin embargo, por encima de eso, me llama la atención Tarja. Sacada de contexto, cualquiera diría que su voz entrenada para el Lied alemán no tiene lugar en el ámbito del heavy metal. En el marco de Nightwish, no obstante, su voz se amolda perfectamente al género, a tal punto que otras bandas colosas (Epica, Within Temptation, After Forever) comienzan a animarse a poner front women que juegan de una forma u otra con el bel canto.
El tiempo pasa, Nightwish saca “Once”, hace una gira mundial (que yo me pierdo) y Tarja es despedida por megalomanía en 2005. Tienen que transcurrir tres años para que Turunen saque su primer album solista al frente de un sonido metalero. “My winter storm” es una ruptura con Nightwish (a quien parece dedicarse la referencia al requiem de Mozart en las primeras notas de “Ite, Missa est”, y la declaración del primer single, “I walk alone”) a la vez que es el punto de partida de una carrera que ha desembocado en “Colours in the dark”, el último album de Tarja, lanzado en agosto de este año. En el medio están “What lies beneath” y “Act I” (este último un promedio de los dos anteriores) marcando el giro hacia la complejidad que presenta “Colours in the dark”.
Del nuevo producto de Tarja hay que decir en primer lugar que no es inmediatamente gustable para el oído. Incluso los fans incondicionales tendrán problemas para procesar los cambios de tempo y los largos pasajes instrumentales de música contemporánea que sirven muy bien a la creación de una atmósfera onírica, pero que adivino habrá que recortar para que pueda haber pogo en los recitales en vivo. La participación de la orquesta, específicamente de la cuerda (omnipresente en “My winter storm” haciendo solos y llevando más de una vez la melodía, diluyéndose en “What lies beneath” en el acompañamiento) es menor que en sus trabajos previos. Asimismo, pocas canciones siguen la estructura de lo que se acostumbra escuchar (aun de Tarja), esto es, el orden estrofa-puente-estribillo-estrofa-puente-estribillo-interludio instrumental-estrofa (optativamente, un tono más arriba o más abajo)-estribillo. Es un album desestabilizante en ese sentido. El título mismo es un quiebre en una doble dimensión: por el oxímoron (digamos que es difícil percibir el color en la oscuridad) y porque no es habitual la inclusión del color dentro de un género musical cuyo uniforme siempre ha sido el negro, intercalado ocasionalmente con una paleta cálida de rojos-sangre o una fría de azules-grises.
Si uno escucha el cd con atención y con tiempo, sin embargo, empieza a encontrar pequeñas certezas de las que agarrarse. Canciones como “Never enough” (parecida en su oscilación final hacia el death metal a “Ciaran's well” de “My winter storm”), “500 letters” y “Deliverance” no presentan mayores dificultades que progresiones acaso poco frecuentes. Es verdad que el primer single, “Victim of ritual”, no es fácil de escuchar, pero también es cierto que Tarja nos venía entrenando con “Archive of lost dreams” a cambiar bruscamente el tempo y a pasar de un sonido clásico orquestal al sonido desenfrenado del metal tradicional.
De las más problemáticas es la canción “Lucid dreamer” con su interrupción de más de un minuto de la melodía para dar lugar a un juego de sintetizadores, voces que pronuncian palabras ininteligibles, la risa de un bebé y la voz de Tarja repitiendo el estribillo en recitativo. Ahora bien, ya prevenida, la quinta o sexta vez que la escuché vislumbré en los agudos del sintetizador alguna luz en el abismo del tema. Se podría decir: vi un color (uno solo, tenue pero seguro) en el medio de la oscuridad.
A partir de ahí, todo se tornó más claro.
El inevitable cover que Tarja parece tener que hacer con cada nuevo trabajo esta vez toma a “Darkness” de Peter Gabriel y, lamentablemente, le hace perder algo de su carácter dark, tal vez a propósito, como una manera de pintar un color en la atmósfera perturbadora que tiene el original. Así y todo, el resultado es una versión confusa que no sabe manejar el drástico claroscuro que propone Gabriel (de forma excelente, si se me permite la acotación), convirtiendo a la canción en un elemento totalmente prescindible (e incluso molesto) del album, especialmente después de “Mystique voyage”, una canción donde Tarja nos da la bienvenida a su mundo errante expresándose en las tres lenguas que maneja en los distintos ámbitos de su vida: el inglés para cantar en escenarios internacionales, el español rioplatense que hablará en su esfera privada con su marido argentino, y el finlandés materno.

En suma, “Colours in the dark” es un cd complejo, particularmente íntimo, muy distinto a “My winter storm”, más en la línea de “What lies beneath”, pero superando sus limitaciones. Habrá que escucharlo más de una vez, dispuestos a percibir pinceladas de color en un cuarto a oscuras. 


(El primer single de "Colours in the dark" es arriesgado comercialmente, pero es apenas una muestra del grado de complejidad que tiene el nuevo trabajo de Tarja Turunen. Y sí, a mí también me molesta que el oboe no esté tocando las notas que dice la partitura en los primeros minutos del video).