miércoles, 23 de julio de 2014

Ultraviolence


Lana Del Rey tiene un poder que no muchos músicos tienen sobre mí. Cuando por una de esas casualidades la pasan por la radio, o cuando el shuffle del celular decide poner uno de sus temas, necesariamente tengo que dejar de hacer lo que sea que esté haciendo y dedicarme únicamente a escuchar. Porque Lana Del Rey no hace música de fondo. No. Estoy convencida de que hace bandas de sonido para distintos momentos de la vida, sobre todo para los ratos de soledad, por la noche, cuando todos duermen.
Y sin embargo hace más de un mes que Ultraviolence viene sonando en los diversos dispositivos de reproducción de sonido en mi poder a modo de lamento. Ultraviolence no es Born to die. Como cuerdista y pianista (mediocre, pero cuerdista y pianista al fin), me cuesta aceptarlo. El álbum se rehúsa a seguir la dirección que parecía estar tomando el estilo Del Rey con Paradise. Es raro, es distinto. Pero ciertos elementos permanecen, y dentro del caos hay una continuidad. Y precisamente esa fluidez camaleónica, esa perpetua variación sobre un mismo tema es Lana Del Rey.
Si Born to die y Paradise apuntaban a un pop con anhelos de años 50, Ultraviolence parece sacado de una jukebox de un diner neoyorkino de los 70. Las referencias a la década son incluso directas. Del Rey se proclama heredera de la “freedom land of the seventies”, lectora de la poesía beat, fan de Lou Reed y “esquiadora” de líneas de cocaína en la Florida de los dealers colombianos. Musicalmente, con la ayuda de Dan Auerbach (de The Black Keys), el sonido se ajusta a la lírica, y abundan las guitarras eléctricas y los efectos psicodélicos de los pedales wah wah a la vez que disminuyen las cuerdas frotadas de las baladas drámaticas a las que nos viene acostumbrando Del Rey desde que saltara a la fama con “Video Games”. El resultado es un viaje por los desiertos de los westerns, las calles nocturnas de Nueva York, el glamour de Los Ángeles y las playas de Miami, todo a la sombra de esos años posteriores a la muerte de Hendrix, Joplin y Morrison, la separación de los Beatles y la decepción de la generación hippie exterminada en Vietnam.

Efectivamente, hay en Ultraviolence (como en los trabajos anteriores de Del Rey) una nostalgia por ese pasado de gloria, esa tierra de “gods and monsters” perdida junto con la inocencia y el amor adolescente. Esa tristeza, sin embargo, se canaliza en un sonido más simple, tal vez menos pretencioso que el de los arreglos orquestales de temas previos como “Ride” o “Body Electric”. Del Rey cambia incluso su registro para alcanzar notas más altas que las que ronroneaba su voz jazzera con aliento a cereza, cigarrillos y whiskey impuesta en Born to Die, consiguiendo darle así un efecto más sutil a letras más sencillas pero igualmente poderosas y repletas de guiños a los íconos de la cultura estadounidense.

Fuera de estas innovaciones, el personaje que es Lana Del Rey se disfraza con las máscaras ya usadas que sus seguidores adoran y sus detractores odian. Nuevamente desfilan por el escenario la niña bonita y frágil en un mundo de juguetes, la “otra mujer” que espera al hombre infiel en un motel en la ruta, la (especialmente criticada) chica sumisa que vuelve una y otra vez a su novio golpeador, y la femme fatale que sólo quiere fama, dinero y poder. Todas ellas están en Ultraviolence como ya estaban en Born to Die y en Paradise, cada una con su soledad a cuestas, cada una acompañada por las utilerías de siempre (el vestido rojo, el maquillaje, el alcohol, las perlas y el diamante). El resultado es un álbum difícil de asimilar musicalmente en una primera instancia pero que, tras ser escuchado con atención, continúa ejerciendo la misma influencia narcótica del glamour, la corrupción y el deseo que sólo Lana Del Rey sabe cómo manejar.