Lana
Del Rey tiene un poder que no muchos músicos tienen sobre mí.
Cuando por una de esas casualidades la pasan por la radio, o cuando
el shuffle del celular decide poner uno de sus temas, necesariamente
tengo que dejar de hacer lo que sea que esté haciendo y dedicarme
únicamente a escuchar. Porque Lana Del Rey no hace música de fondo.
No. Estoy convencida de que hace bandas de sonido para distintos
momentos de la vida, sobre todo para los ratos de soledad, por la
noche, cuando todos duermen.
Y sin
embargo hace más de un mes que Ultraviolence
viene sonando en los diversos dispositivos de reproducción de sonido
en mi poder a modo de lamento. Ultraviolence
no es Born to die.
Como cuerdista y pianista (mediocre, pero cuerdista y pianista al
fin), me cuesta aceptarlo. El álbum se rehúsa a seguir la dirección
que parecía estar tomando el estilo Del Rey con Paradise.
Es raro, es distinto. Pero ciertos elementos permanecen, y dentro del
caos hay una continuidad. Y precisamente esa fluidez camaleónica,
esa perpetua variación sobre un mismo tema es Lana Del Rey.
Si
Born to die y Paradise
apuntaban a un pop con anhelos de años 50, Ultraviolence
parece sacado de una jukebox de un diner neoyorkino de los 70. Las
referencias a la década son incluso directas. Del Rey se proclama
heredera de la “freedom land of the seventies”, lectora de la
poesía beat, fan de Lou Reed y “esquiadora” de líneas de
cocaína en la Florida de los dealers colombianos. Musicalmente, con
la ayuda de Dan Auerbach (de The Black Keys), el sonido se ajusta a
la lírica, y abundan las guitarras eléctricas y los efectos
psicodélicos de los pedales wah wah a la vez que disminuyen las
cuerdas frotadas de las baladas drámaticas a las que nos viene
acostumbrando Del Rey desde que saltara a la fama con “Video
Games”. El resultado es un viaje por los desiertos de los westerns,
las calles nocturnas de Nueva York, el glamour de Los Ángeles y las
playas de Miami, todo a la sombra de esos años posteriores a la
muerte de Hendrix, Joplin y Morrison, la separación de los Beatles y
la decepción de la generación hippie exterminada en Vietnam.
Efectivamente,
hay en Ultraviolence
(como en los trabajos anteriores de Del Rey) una nostalgia por ese
pasado de gloria, esa tierra de “gods and monsters” perdida junto
con la inocencia y el amor adolescente. Esa tristeza, sin embargo, se
canaliza en un sonido más simple, tal vez menos pretencioso que el
de los arreglos orquestales de temas previos como “Ride” o “Body
Electric”. Del Rey cambia incluso su registro para alcanzar notas
más altas que las que ronroneaba su voz jazzera con aliento a
cereza, cigarrillos y whiskey impuesta en Born to Die,
consiguiendo darle así un
efecto más sutil a letras más sencillas pero igualmente poderosas y
repletas de guiños a los íconos de la cultura estadounidense.
Fuera
de estas innovaciones, el personaje que es Lana Del Rey se disfraza
con las máscaras ya usadas que sus seguidores adoran y sus
detractores odian. Nuevamente desfilan por el escenario la niña
bonita y frágil en un mundo de juguetes, la “otra mujer” que
espera al hombre infiel en un motel en la ruta, la (especialmente
criticada) chica sumisa que vuelve una y otra vez a su novio
golpeador, y la femme fatale
que sólo quiere fama, dinero y poder. Todas ellas están en
Ultraviolence como ya
estaban en Born to Die
y en Paradise, cada
una con su soledad a cuestas,
cada una acompañada por las utilerías de siempre (el vestido rojo,
el maquillaje, el alcohol, las perlas y el diamante). El resultado es
un álbum difícil de asimilar musicalmente en una primera instancia
pero que, tras ser escuchado con atención, continúa ejerciendo la
misma influencia narcótica del glamour, la corrupción y el deseo
que sólo Lana Del Rey sabe cómo manejar.

