domingo, 15 de septiembre de 2013

La teatralidad de la vida cotidiana


Ir al teatro es una experiencia particular.
Para empezar, es un arte que hace coincidir su momento de producción con el momento de su recepción, es un producto que se consuma en su consumo. Si bien es cuestionable suponer que este rasgo es exclusivo del teatro (¿hay obra de arte antes de que haya una instancia receptora? ¿el receptor no participa de la creación de la obra de arte, sea esta una obra de teatro, una sinfonía, una novela o una pintura?), admito que hay una magia especial en el asistir al teatro, en el estar ahí al mismo tiempo que Darín o Bertuccelli siendo Juan y Mariana en la adaptación de Norma Aleandro de “Escenas de la vida conyugal” de Ingmar Bergman. Va más allá de cierta veta cholula que esta columnista confiesa tener porque hay algo de conmovedoramente humano en compartir con los otros el presente (en su doble sentido de actualidad y presencia) y convenir por dos horas que Ricardo Darín no es el actor de “El aura”, “Kamchatka”, “Luna de Avellaneda” y “El secreto de sus ojos” (entre demasiadas otras) sino Juan a secas, un hombre casado con una Valeria Bertuccelli que durante esas mismas dos horas tampoco es la actriz de “XXY”, “Un novio para mi mujer” y la misma “Luna de Avellaneda” sino Mariana, también a secas, una mujer atravesada por la angustia de llevar una vida cotidiana que (tal vez) no eligió.
Esta consciencia de estar ante una ficción no es un detalle accesorio en la obra que dirige Aleandro. La puesta desnuda el artificio teatral cuando sobre un escenario casi desierto hace aparecer a los dos actores contando quiénes son y cómo se llama el episodio que van a representar a continuación. Así se introducen las siete escenas que la obra lleva en su nombre (“El arte de esconder polvo debajo de la alfombra”, “Cama de clavos”, “Real e irreal”, “Paula”, “El valle de lágrimas”, “Los ignorantes” y “El amor imperfecto”), en un procedimiento que acompaña inteligentemente su contenido. Efectivamente, la interrupción de la ilusión dramática al comienzo de cada escena nos señala el enorme componente ficticio que tiene el matrimonio de Juan y Mariana, pendiente siempre de la mirada de los otros (sobre todo de las madres, agentes regulatorios de la vida burguesa), y nos recuerda que estamos en el teatro, acaso sentados al lado de nuestras parejas como lo están Juan y Mariana mientras discuten si desean tener al bebé o no, o si van a firmar ahora o más tarde los papeles del divorcio.
“Es la realidad”, escucho en eso que le susurra el hombre de la fila de atrás a la mujer que tiene al lado, entre la escena en que Juan le confiesa a Mariana que se ha enamorado de otra y la escena en que ambos se reencuentran después de dos años de separación. Es curioso que este hombre diga lo que dice (comprometiéndose bastante, ¿no?), porque la obra se empeña en volverse sobre sí misma para denunciar una y otra vez su artificiosidad. ¿Cómo leer en ella, entonces, la realidad? Supongo que el hombre de la fila de atrás se ha sentido identificado (y no es el único, porque la audiencia se ríe con la histeria de Mariana y el anonadamiento de Juan). Claramente, digo, se ha visto a sí mismo reflejado en el gesto de otro hombre haciendo a su vez de otro hombre que no existe sino en ese lugar, en ese momento, y en esa línea borrosa entre la realidad y la ficción en la que, pienso, se juega la vida.
Aquí está el núcleo de esta versión de Bergman. Creo que finalmente lo que “Escenas de la vida conyugal” pone en evidencia es eso que ha sido catalogado como “esquematismo” o “acartonamiento” por ciertos críticos pero que considero es lo más valioso de la adaptación, esto es, la permanente mostración de la teatralidad de la vida cotidiana. El hombre que vislumbró la realidad en la obra tenía razón: después de todo, si el teatro expresa una realidad, es porque la realidad del día a día tiene algo de teatro, sobre todo si se encuentra regulada por las instituciones que poco pueden abarcar la amplia gama de sentimientos que hay entre dos individuos que se han acompañado (con recesos, peleas, ausencias y silencios en el medio) durante 25 años. La farsa de matrimonio que montan Juan y Mariana, presionados por sus madres y la preocupación por el qué dirán, se acaba en cuanto desembarazan a su relación de toda convención burguesa y, a pesar de haberse vuelto a casar con otras personas, siguen viéndose clandestinamente. Lo que ellos sienten ahora que son libres de elegirse no es ya ficcional sino genuino. Por eso cae el telón. Es el fin de su teatro. Nosotros, sin embargo, quedamos con el nuestro.

Yo, por lo pronto, me pregunto si el hombre de la fila de atrás y la mujer que tenía al lado habrán conseguido taxi para volverse rápido a su casa en un día de lluvia como hoy. Espero que sí, y que estén durmiendo tranquilos. 

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