Ir al teatro es una experiencia
particular.
Para empezar, es un arte que hace
coincidir su momento de producción con el momento de su recepción,
es un producto que se consuma en su consumo. Si bien es cuestionable
suponer que este rasgo es exclusivo del teatro (¿hay obra de arte
antes de que haya una instancia receptora? ¿el receptor no participa
de la creación de la obra de arte, sea esta una obra de teatro, una
sinfonía, una novela o una pintura?), admito que hay una magia
especial en el asistir al teatro, en el estar ahí al mismo tiempo
que Darín o Bertuccelli siendo Juan y Mariana en la adaptación de
Norma Aleandro de “Escenas de la
vida conyugal” de Ingmar Bergman. Va más allá de cierta veta
cholula que esta columnista confiesa tener porque hay algo de
conmovedoramente humano en compartir con los otros el presente (en su
doble sentido de actualidad y presencia) y convenir por dos horas que
Ricardo Darín no es el actor de “El aura”, “Kamchatka”,
“Luna de Avellaneda” y “El secreto de sus ojos” (entre
demasiadas otras) sino Juan a secas, un hombre casado con una Valeria
Bertuccelli que durante esas mismas dos horas tampoco es la actriz de
“XXY”, “Un novio para mi mujer” y la misma “Luna de
Avellaneda” sino Mariana, también a secas, una mujer atravesada
por la angustia de llevar una vida cotidiana que (tal vez) no eligió.
Esta
consciencia de estar ante una ficción no es un detalle accesorio en
la obra que dirige Aleandro. La puesta desnuda el artificio teatral
cuando sobre un escenario casi desierto hace aparecer a los dos
actores contando quiénes son y cómo se llama el episodio que van a
representar a continuación. Así se introducen las siete escenas que
la obra lleva en su nombre (“El arte de esconder polvo debajo de la
alfombra”, “Cama de clavos”, “Real e irreal”, “Paula”,
“El valle de lágrimas”, “Los ignorantes” y “El amor
imperfecto”), en un procedimiento que acompaña inteligentemente su
contenido. Efectivamente, la interrupción de la ilusión dramática
al comienzo de cada escena nos señala el enorme componente ficticio
que tiene el matrimonio de Juan y Mariana, pendiente siempre de la
mirada de los otros (sobre todo de las madres, agentes regulatorios
de la vida burguesa), y nos recuerda que estamos en el teatro, acaso
sentados al lado de nuestras parejas como lo están Juan y Mariana
mientras discuten si desean tener al bebé o no, o si van a firmar
ahora o más tarde los papeles del divorcio.
“Es
la realidad”, escucho en eso que le susurra el hombre de la fila de
atrás a la mujer que tiene al lado, entre la escena en que Juan le
confiesa a Mariana que se ha enamorado de otra y la escena en que
ambos se reencuentran después de dos años de separación. Es
curioso que este hombre diga lo que dice (comprometiéndose bastante,
¿no?), porque la obra se empeña en volverse sobre sí misma para
denunciar una y otra vez su artificiosidad. ¿Cómo leer en ella,
entonces, la realidad? Supongo que el hombre de la fila de atrás se
ha sentido identificado (y no es el único, porque la audiencia se
ríe con la histeria de Mariana y el anonadamiento de Juan).
Claramente, digo, se ha visto a sí mismo reflejado en el gesto de
otro hombre haciendo a su vez de otro hombre que no existe sino en
ese lugar, en ese momento, y en esa línea borrosa entre la realidad
y la ficción en la que, pienso, se juega la vida.
Aquí
está el núcleo de esta versión de Bergman. Creo que finalmente lo
que “Escenas de la vida conyugal” pone en evidencia es eso que ha
sido catalogado como “esquematismo” o “acartonamiento” por
ciertos críticos pero que considero es lo más valioso de la
adaptación, esto es, la permanente mostración de la teatralidad de
la vida cotidiana. El hombre que vislumbró la realidad en la obra
tenía razón: después de todo, si el teatro expresa una realidad,
es porque la realidad del día a día tiene algo de teatro, sobre
todo si se encuentra regulada por las instituciones que poco pueden
abarcar la amplia gama de sentimientos que hay entre dos individuos
que se han acompañado (con recesos, peleas, ausencias y silencios en
el medio) durante 25 años. La farsa de matrimonio que montan Juan y
Mariana, presionados por sus madres y la preocupación por el qué
dirán, se acaba en cuanto desembarazan a su relación de toda
convención burguesa y, a pesar de haberse vuelto a casar con otras
personas, siguen viéndose clandestinamente. Lo que ellos sienten
ahora que son libres de elegirse no es ya ficcional sino genuino. Por
eso cae el telón. Es el fin de su teatro. Nosotros, sin embargo,
quedamos con el nuestro.
Yo,
por lo pronto, me pregunto si el hombre de la fila de atrás y la
mujer que tenía al lado habrán conseguido taxi para volverse rápido
a su casa en un día de lluvia como hoy. Espero que sí, y que estén
durmiendo tranquilos.

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