sábado, 31 de mayo de 2014

Muerte en Buenos Aires, el éxito de la publicidad.



Muerte en Buenos Aires es una de esas películas que llevan el cartel “sensacional éxito” en todos sus afiches. En las primeras semanas en las pantallas de los cines de Argentina, el film ya ha llegado a la suma de 200 mil espectadores y se espera que continué en los siguientes días superando records de recaudación y público.

Este policial nos llega de la mano de la directora Natalia Meta, y pretende narrar la historia de la investigación de un crimen en un mundo poco explorado para las ficciones patrias: el universo gay y rico de la ciudad de Buenos Aires.

Meta es osada en su proyecto, el apellido que utiliza para la víctima es Figueroa Alcorta, con todo lo que significa en la historia del país ese nombre propio.

Sin embargo lo osado no quita que la película falle desde el comienzo en sus pretensiones. El asesinato se encuentra esclarecido para el espectador en la primera escena. No hace falta ser un público muy tenaz para darse cuenta que el asesino ya se muestra como tal desde el inicio.

Para que este recurso no falle, y no caer en 85 minutos de film sin sentido más que ir atando los cabos que llevarán al investigador a derivar en su hipótesis principal, hay que tener una historia que atrape al espectador. Esta película no lo logra.

Hacer un policial en Argentina, con todo lo que significa la coyuntura actual de crítica permanente a las instituciones de la justicia, es la posibilidad de explotar esta problemática y mostrar las deficiencias de un sistema policial-judicial corrupto, veladamente y ahondar en las profundas tramas de poder que significan.

Un comisario habla con un juez y toma cocaína. El mismo juez que le pide al investigador que encuentre a cualquier culpable y le entrega un sobre lleno de dólares sin ir a fondo en el porqué, son gestos de una película que falla en sus intenciones.

Pensemos Buenos Aires, primeros años de la democracia. Un hombre muy importante muere asesinado, pertenece a la minoría gay. Se tejen detrás de ese crimen tres hipótesis: sabía demasiado de un negocio familiar turbio, es asesinado por su pareja, es víctima de un crimen cometido por un taxi boy.

Nunca la narración de Natalia Meta explora las tres hipótesis. Va directamente al mundo gay, y se encuentra con un final cantado. El asesino no está donde se busca. El asesino es quién menos (en este caso, para cualquier espectador quien más) se espera. La resolución del crimen, las pistas inexploradas. El investigador y su amante como una historia que se cuenta de manera inconexa en la narración, el insomnio del hijo del investigador, son todos hechos puntuales que suceden sin ningún hilo conductor que nos permita conectarlos.


No obstante el éxito de este film es el éxito de una industria cultural que define aquello que tiene relevante nombre en la cartelera solo por la cantidad de entradas que vende. Quienes vamos asiduamente al cine recordamos que desde enero de este año las publicidades de la película invadían las pantallas. Un buen trabajo de los creadores publicitarios convirtió a un film que falla desde el comienzo e incumple las reglas del género en un “sensacional éxito”.


Quizás hasta gane algún premio. Seguramente forzado por los impresionantes números de recaudación.  Todo tan forzado, como el exasperante tono porteño del actor mexicano Demian Birchir. 


Leandro Biaggio