domingo, 29 de septiembre de 2013

Pinceladas a oscuras: “Colours in the dark” de Tarja Turunen


Previsiblemente, todo empieza con una adolescente que llega a su casa con un severo caso de angst que todavía no es la crisis de angustia de la depresión clínica, pero que sí es la disconformidad absoluta con su cuerpo, su personalidad, la escuela y, en consecuencia, el mundo. Por entonces, yo (que soy esa adolescente, aunque a veces prefiera desentenderme y tratarme de “ella”) ya me he “desviado” del pop rosa de Britney y Christina. Avril Lavigne, por su parte, me está empezando a quedar chica; hay rincones del angst que su estilo prolijamente transgresor no termina de comprender. Ya he descubierto algo del rock (a cosas tan dispares como U2, Nirvana y los Rolling Stones) pero sobre todo ya he descubierto a Amy Lee, la mujer pálida de pelo negro (por fin no rubio), que en su caída libre de un edificio cantando “Bring me to life” sabe captar esa parte de mi trágica melancolía adolescente asquerosamente post-romántica que la chica punk menos punk y más pop de la industria falla en englobar con su “Sk8er boi”.
Ese día llego a mi casa, digo, atravesada por el angst, pero con un nuevo cd. Me lo recomienda el hermano de una compañera que también sufre del angst, y que sabe que me gusta Lee. El cd se llama “Century child” y es de la banda finesa Nightwish. El chico me ha advertido: “Esta mina hace que Amy Lee le lama el culo”. Lo dudo, porque -hay que admitirlo- hasta ese día creo que el rock pesado está poblado de hombres y que Evanescence es la única excepción. Pero igualmente pongo play, me tiro en mi cama a mirar el techo y lo que empiezo a escuchar es muy extraño. Después de un breve recitado irrumpe la voz de una soprano lírica cantando encima de guitarras distorsionadas, una percusión furiosa y un sintetizador que suena como una orquesta de cuerdas. Es raro, y casi me río, pero sigo escuchando. Con “End of all hope”, el segundo track del álbum, creo que me empieza a gustar. Con el piano en los primeros segundos de “Ever dream”, cortados en seguida por las guitarras, la batería y el sintetizador, creo que he dado con el mestizaje musical que ha atravesado mi vida desde que empecé a estudiar piano a los 8 años: la “alta” música que me enseñan en el conservatorio y la música popular que escucho en la radio o, cada vez menos, en MTV y Muchmusic.
Con el cover de “Phantom of the opera” me levanto con urgencia de la cama y voy a la computadora. Tengo que investigar. Pongo Nightwish en Google y leo. Nightwish es una banda finesa creada por Tuomas Holopainen. Está integrada por Holopainen al teclado, Marco Hietala al bajo, Emppu Vuorinen a la guitarra y Jukka Nevalainen a la percusión. La voz es de Tarja Turunen.
Desde ese momento, escucho todo lo que ha venido sacando Nightwish desde su creación en el 98. Me impulsan las letras poéticas de las canciones (habitadas por la nostalgia de una infancia perdida con la que me siento identificada) y la música cada vez más orquestal, a veces de una tristeza limpia y llana, a veces de una furia y un deseo irrefrenables (extremos que, por su parte, le resultan familiares a mi angst bipolar). Sin embargo, por encima de eso, me llama la atención Tarja. Sacada de contexto, cualquiera diría que su voz entrenada para el Lied alemán no tiene lugar en el ámbito del heavy metal. En el marco de Nightwish, no obstante, su voz se amolda perfectamente al género, a tal punto que otras bandas colosas (Epica, Within Temptation, After Forever) comienzan a animarse a poner front women que juegan de una forma u otra con el bel canto.
El tiempo pasa, Nightwish saca “Once”, hace una gira mundial (que yo me pierdo) y Tarja es despedida por megalomanía en 2005. Tienen que transcurrir tres años para que Turunen saque su primer album solista al frente de un sonido metalero. “My winter storm” es una ruptura con Nightwish (a quien parece dedicarse la referencia al requiem de Mozart en las primeras notas de “Ite, Missa est”, y la declaración del primer single, “I walk alone”) a la vez que es el punto de partida de una carrera que ha desembocado en “Colours in the dark”, el último album de Tarja, lanzado en agosto de este año. En el medio están “What lies beneath” y “Act I” (este último un promedio de los dos anteriores) marcando el giro hacia la complejidad que presenta “Colours in the dark”.
Del nuevo producto de Tarja hay que decir en primer lugar que no es inmediatamente gustable para el oído. Incluso los fans incondicionales tendrán problemas para procesar los cambios de tempo y los largos pasajes instrumentales de música contemporánea que sirven muy bien a la creación de una atmósfera onírica, pero que adivino habrá que recortar para que pueda haber pogo en los recitales en vivo. La participación de la orquesta, específicamente de la cuerda (omnipresente en “My winter storm” haciendo solos y llevando más de una vez la melodía, diluyéndose en “What lies beneath” en el acompañamiento) es menor que en sus trabajos previos. Asimismo, pocas canciones siguen la estructura de lo que se acostumbra escuchar (aun de Tarja), esto es, el orden estrofa-puente-estribillo-estrofa-puente-estribillo-interludio instrumental-estrofa (optativamente, un tono más arriba o más abajo)-estribillo. Es un album desestabilizante en ese sentido. El título mismo es un quiebre en una doble dimensión: por el oxímoron (digamos que es difícil percibir el color en la oscuridad) y porque no es habitual la inclusión del color dentro de un género musical cuyo uniforme siempre ha sido el negro, intercalado ocasionalmente con una paleta cálida de rojos-sangre o una fría de azules-grises.
Si uno escucha el cd con atención y con tiempo, sin embargo, empieza a encontrar pequeñas certezas de las que agarrarse. Canciones como “Never enough” (parecida en su oscilación final hacia el death metal a “Ciaran's well” de “My winter storm”), “500 letters” y “Deliverance” no presentan mayores dificultades que progresiones acaso poco frecuentes. Es verdad que el primer single, “Victim of ritual”, no es fácil de escuchar, pero también es cierto que Tarja nos venía entrenando con “Archive of lost dreams” a cambiar bruscamente el tempo y a pasar de un sonido clásico orquestal al sonido desenfrenado del metal tradicional.
De las más problemáticas es la canción “Lucid dreamer” con su interrupción de más de un minuto de la melodía para dar lugar a un juego de sintetizadores, voces que pronuncian palabras ininteligibles, la risa de un bebé y la voz de Tarja repitiendo el estribillo en recitativo. Ahora bien, ya prevenida, la quinta o sexta vez que la escuché vislumbré en los agudos del sintetizador alguna luz en el abismo del tema. Se podría decir: vi un color (uno solo, tenue pero seguro) en el medio de la oscuridad.
A partir de ahí, todo se tornó más claro.
El inevitable cover que Tarja parece tener que hacer con cada nuevo trabajo esta vez toma a “Darkness” de Peter Gabriel y, lamentablemente, le hace perder algo de su carácter dark, tal vez a propósito, como una manera de pintar un color en la atmósfera perturbadora que tiene el original. Así y todo, el resultado es una versión confusa que no sabe manejar el drástico claroscuro que propone Gabriel (de forma excelente, si se me permite la acotación), convirtiendo a la canción en un elemento totalmente prescindible (e incluso molesto) del album, especialmente después de “Mystique voyage”, una canción donde Tarja nos da la bienvenida a su mundo errante expresándose en las tres lenguas que maneja en los distintos ámbitos de su vida: el inglés para cantar en escenarios internacionales, el español rioplatense que hablará en su esfera privada con su marido argentino, y el finlandés materno.

En suma, “Colours in the dark” es un cd complejo, particularmente íntimo, muy distinto a “My winter storm”, más en la línea de “What lies beneath”, pero superando sus limitaciones. Habrá que escucharlo más de una vez, dispuestos a percibir pinceladas de color en un cuarto a oscuras. 


(El primer single de "Colours in the dark" es arriesgado comercialmente, pero es apenas una muestra del grado de complejidad que tiene el nuevo trabajo de Tarja Turunen. Y sí, a mí también me molesta que el oboe no esté tocando las notas que dice la partitura en los primeros minutos del video). 

sábado, 28 de septiembre de 2013

Casares, un lugar en el mundo

Soy escritor[1]. Como tal, tengo una vocación por decir, contar, narrar, figurar, y moldear el lenguaje con todas sus armas para destruirlo, para acabar con su realidad, que no es otra cosa que La Realidad. Pero hubo un momento en que decidí escuchar, en el cual la atracción por el discurso del otro pudo más que esta vocación.
Cada vez que salía del edificio de Suipacha al 500 necesitaba respirar, y abstraerme del mundo. En este lugar todo era decir, pero no como digo acá, ahora, en la escritura siempre mediatizada por el pensamiento. Ahí decía de una manera dolorosa. En el edificio, decir era flagelarse. Descender. El ascensor de este lugar siempre era descender. Un descenso en el cual necesitaba pensarme, y rumbear hacia un mundo un poco más tranquilo. Discurrirme en un mundo que hiciera silencio conmigo. Tarea difícil sí las hay en la zona céntrica de nuestra bendita Buenos Aires. Esta ciudad es puro ruido. Ni una palabra, solo sonidos disonantes, insoportables.
Fue un martes (Siempre era martes en ese edificio, siempre era el mismo día en mi vida) que descendí, y con el cigarrillo en la boca me detuve en cada casa, departamento, negocio por el cual pasaba. Encontré un nombre. Casares. Me detuve. Miré hacia adentro. Vi los libros apilados prolijamente, recorrí cada uno de los detalles de la librería dejándome llevar por el aspecto antiguo, los muebles de madera, las viejas ediciones de literatura argentina en las mesas de saldos del lugar.
Entré.
Un señor de pelo blanco, un poco de barba al tono y las arrugas que combinaban con su look arquetípico del siglo XX en Buenos Aires, estaba sentado en la caja observando mi circular caminata sobre las mesas.
-Qué linda librería que tiene, nada que ver con el prototipo comercial que invade Buenos Aires, le dije buscando complicidad.
-Gracias, se hace lo que se puede.
-Pero es valorable que en esta parte de la Ciudad exista una librería que sea una ruptura.
Luego seguí mirando libros, y compré Poesías Completas de Paco Urondo.

Volví al siguiente martes. Tenía que volver. Los lugares pueden tener en su haber una historia que merezca ser contada. Y esta es una de ellas. Alberto Casares me mostró una foto. En ella Borges estaba viejo, ciego y sostenía un bastón mientras sus ojos de oscuridad buscaban tal vez alguna luz proveniente de uno de los libros que tenía alrededor. Ese fue el último día  Borges en el país, al día siguiente, según dice la biografía partiría a Suiza y moriría en Ginebra al poco tiempo. La última huella de Borges en Argentina quedó en Casares. Algo de esa persistencia hoy se respira en la librería.



Otro martes, de esos que ya se hacían mi verdadera terapia, cuando dejaba atrás ese decir en el edificio gris, en el quinto piso de Suipacha al 500, e iba a escuchar a Casares narrar sus historias entre los libros, él, el hombre de barba y pelo canoso me contó cómo una vez, regresado David Viñas al país, terminada la dictadura cívico militar, fue a su librería y revisó cuidadosamente cada libro que vio como saldo de bibliotecas. Finalmente llegó a uno, y al abrirlo,  dijo: “ Esto es mío, me lo robaron los milicos”, y se fue con algo que le pertenecía y que había llegado a la librería de Casares tal vez como un descuido, como una omisión, de aquellos que a fuego quemaron las mejores páginas del pensamiento argentino, latinoamericano y europeo que pudieron.

El último martes de mi vida y habiéndole mentido un poco a la psicóloga, me dieron el alta. Ya no habría más martes en Suipacha. Pero el destino que se empeña en llevar todas las cosas a su lugar, quiso que tres años después vuelva a pasar por la librería. Aunque cuando miro hacia adentro, ella, ya no tenga nada que contarme, persiste en mí la idea de que siempre tiene algo para decirme. No he vuelto a entrar Casares, tal vez sea el momento de abrir otra vez esa puerta y sentirme en casa un tiempo. [2]










[1]  ¿Qué es ser un escritor? Después de un arduo debate conmigo mismo, decidí que en el caso estricto de este texto lo soy. Ser escritor es un momento en la vida, no la vida sobre un momento
[2] La empresa en la cual trabajo se mudó a Córdoba entre Esmeralda y Suipacha. Al salir del trabajo, o al almorzar al mediodía, me es inevitable pasar por la puerta de la librería. 

jueves, 26 de septiembre de 2013

Lunaria Libros: una librería que coopera con mi neurosis



Es cotidiano: me toca leer a Sarmiento o a Petrarca, o algo obligatoriamente renacentista, romanticista, medievalista y necesario, aburrido. Me propongo un plan de lectura (a veces demasiado ambicioso)  que, por supuesto, nunca llego a cumplir. No obstante, llega un punto en el que me lleno de esperanzas porque por un ratito sigo bien ese proyecto. Y estando bien con la rutina lectora del día (considero un éxito la concentración de 40 minutos) me premio y digo: bueno, me tomo diez minutos. Descanso un poco la cabeza. Y es en ese punto en el que algo se despierta, un monstruo interno.
Reflexiono, ¿por qué tengo que descansar la cabeza?... Ah, (me digo) estás leyendo Decamerón desde la pantalla, por eso tu cabeza está… ¿Por qué no averiguás cuánto sale Decamerón? Total, es un libro necesario, tiene que conformar la biblioteca, alguno de tus alumnos te lo ha traído para alguna tarea. Tenerlo virtualmente no alcanza, no alcanza. Sí, y además tengo ese otro libro que comprar, y tendría que tenerlo para… ¡ya!
Y ahí, en ese supuesto “recreo” de diez minutos, deviene la desesperación. La neurosis organizativa se activa: agarro los programas de la facultad y hago listas, empiezo un Excel, despliego mil post-its en la pared, y tengo decenas de pestañas abiertas en la web. Me frustro, digo “no puede ser que nunca hayas leído a Joyce, no puede ser… Terminás con Sarmiento y empezás con Joyce. Y no lo demores más. Terminás el año con Ulises leído –me propongo. Leé una hora por día, que son aproximadamente 30 carillas por día y…”

Sigo buscando y completando las listas, armando la proyección de la biblioteca que tengo que tener. Y en el medio de todo ese caos rutinario se me suele pasar toda la mañana por encima. El fracaso del recreo, beneficio que no debería tomarme nunca (de hecho, este texto se está constituyendo en uno de esos recreos/fracaso). Se hace la hora de ir urgente a cursar a Caballito, lo cual me lleva una hora y media de viaje. Sin tiempo ya de comprar el libro que necesitaba, ingresando en una zona de angustia,  se me prende la lamparita: Lunaria libros. Es la única librería que tengo cerca de mi casa. Es la librería de Tomás, al que le mando un mail con mis heteróclitas listas (donde están Patti Smith, Zaffaroni y Bocaccio uno debajo del otro). Es esa librería a la que entré por primera vez a los 16 años (por allá en el 2006) cuando la descubrió mi mamá (y adelanto: yo después se la robé, me la apropié). Es esa librería donde vi el folleto de taller literario, el de Caro. Es esa librería donde por mucho tiempo fui los sábados a la mañana a laburar mi escritura sobre ese sillón rojo. Es esa librería donde leí públicamente por primera vez (y todavía no me puedo recuperar). Es allí donde hay una luz natural blanca que entra no se sabe dónde. Su entrepiso de libros resuena en la nuca como una almohada, el confort. Es esa librería que me saca del apuro, porque puedo pasar primero, antes de ir a cualquier lado: un desvío cómodo de tres cuadras a la izquierda. Es esa librería donde se libera la neurosis, se va la angustia. Una vez que salgo de ahí y retiro el libro “necesario”, empiezo el trayecto hacia Barrancas de Belgrano (mi acceso al resto del mundo) y me engaño, me digo que tuve la mañana más productiva de todas. 


Lunaria Libros: Iberá 1629

domingo, 22 de septiembre de 2013

Mi librería favorita: Mil grullas

Mi terapeuta es de una puntualidad enfermiza.
Son cerca de las tres de la tarde de un martes particularmente frío, de esos que asaltan a Buenos Aires cada tanto sin previsión alguna. Toco el timbre B de la casa de Palermo Soho en la que mi terapeuta se permite tener su consultorio. Espero, pero no hay nada con qué entretenerse. Edificios y casas particulares con las ventanas cerradas. Árboles deshechos que traman una pintura expresionista con sus ramas sobre el cielo desganado, indeciso entre el celeste y el gris. Esporádicamente un auto cruza la calle. Nada más.
Es difícil para mí determinar cuánto tiempo ha pasado desde que toqué el timbre porque mi ansiedad crónica me impide usar relojes. Vuelvo a tocar el timbre. Entonces una voz femenina me atiende. “¿Sí?”, me pregunta, entre confundida y fastidiada. Por su cadencia imagino que la Voz ha estado desde el principio del otro lado del portero eléctrico y que si no ha contestado antes ha sido para demostrarme algo.
“Sí, soy yo, Cecilia. Tengo turno con el doctor K”, respondo, algo confundida y fastidiada yo misma.
“Sí, tu turno es a las tres y diez. Son las tres y cinco”, se apura a decir la Voz con rigurosidad clínica. En ese momento lamento que la Voz no pueda ver la sonrisa sarcástica que se está formando en mi cara, justo debajo de mi nariz enrojecida por el frío. “Bueno, espero acá afuera”, le digo, y la Voz no entiende el desprecio de mis palabras porque cuelga sin más y yo me quedo en el umbral de la puerta, afuera, con el frío y los edificios ciegos.
“Y ahora qué”, me digo, y anhelo la posibilidad de una sala de espera con estufa, aunque estuviera llena de desquiciados como yo que no pueden tolerar usar relojes, o que no pueden dormir, o que sencillamente están solos y esperan algo que no saben bien qué es y que quizás sea la vida misma. “Y ahora qué”, repito, y sin quererlo mis pies ya están andando por las calles tristes de Palermo Soho. A veces mis pies tienen esos arrebatos de autonomía. Mientras mi cabeza se revuelca en sus obsesiones, mis pies, con más sabiduría, me sacan a caminar y a recordarme que todavía hay un mundo fuera de mí. No exagero cuando digo que para mí la peor guillotina es la que corta pies, no cabezas. Si algo me han enseñado cinco años de tratamiento es que las cabezas se estropean y dejan de funcionar bien. Los pies, en cambio, sólo se vuelven más duros, sacan callos, ampollas y verrugas, pero mientras sean pies siguen caminando hasta donde se les antoje llegar. Y de hecho es a mis pies a quienes debo haber descubierto las “Mil grullas”, y es a las “Mil grullas” a las que les debo la venganza que cobraré sobre mi terapeuta insensatamente puntual dentro de poco.
El efecto es instantáneo. Cuando paso por la vidriera de esta librería/disquería perdida entre negocios cerrados de ropa chick y veo Historia de la locura de Foucault en la vidriera (entre otros colosos que forman los cimientos de la ex fábrica de cigarrillos que está en Puán 480) de inmediato sé que he dado con un lugar importante. Toco a la puerta. Una de las mujeres que atiende me abre y me ofrece ayuda con genuino interés no en una probable comisión, sino en mi inquietud bibliográfica. Le digo que quiero mirar, y ella me deja recorrer el pequeño espacio de esa librería clandestina y hojear los volúmenes de la sección de filosofía mientras secretamente deseo que mi terapeuta la contrate de secretaria y se deshaga de la Voz. Así encuentro tomos de lectura obligatoria que nunca encuentro en las librerías próximas a la Facultad de Filosofía y Letras, encuentro libros en alemán que no hay en SBS (supuesta meca de los libros en idiomas extranjeros), encuentro a autores que en Yenny me piden que deletree cuando consulto si hay stock, encuentro libros ilustrados, encuentro a autores que a su vez me encuentran a mí. Pero sobre todo encuentro el instrumento de mi venganza. Encuentro El poder psiquiátrico y Yo, Pierre Riviére, habiendo degollado a mi madre, mi hermana y mi hermano. Decido que una vez más dejaré que los libros hablen por mí.
En la caja arman mi paquete con papel madera y lo adornan con un cordel naranja y una grulla hecha de papel glacé. Mientras lo terminan, sigo mirando las pilas de cds de tango y folklore, y detrás de ellos descubro las paredes decoradas con cuadros de grullas. Siento que mi enojo se va diluyendo gracias al mensaje de paz que transmite el origami y su leyenda.
Cuando salgo estoy contenta. Entro al consultorio abrazando el paquete y pienso en lo improductivo de mi furia con la Voz. La Voz sólo está haciendo su trabajo. La Voz no tiene la culpa. Todo está bien.
Pero entonces algo sucede. ÉL habla.
“Llegaste un poco tarde, ¿no?”, dice, consultando su reloj.


Yo le sonrío desde mi extremo del escritorio. Le explico, y mientras le cuento mi breve diálogo con la Voz y cómo di con la librería, voy desarmando mi paquete con cuidado. Finalmente me guardo la grulla en el bolsillo y apoyo los libros sobre su escritorio, de modo que los títulos queden visibles. Creo que entiende el mensaje, porque no vuelve a opinar en toda la sesión.

Mil grullas - Librería, disquería, espacio de arte 
Malabia 1968, Ciudad Autónoma de Buenos Aires  

viernes, 20 de septiembre de 2013

Lo tuyo es mío. Acerca de The Bling Ring


En Octubre se estrenará la nueva película de Sofia Coppola, Adoro la fama, (título original, The Bling Ring). En esta última entrega la directora reconstruye, cinematográfica y artísticamente, el caso de robos a hogares de famosos que un grupo de adolescentes llevó a cabo en Hollywood. Interesante es que algunas celebridades-víctimas tengan un pantallazo en el film. Interesante es que el personaje interpretado por Emma Watson haya tenido su propio reality-show en la vida real. Interesante es que el relato del robo sea intercalado con otros formatos narrativos: documental, cámara de seguridad, entrevista, declaración a prensa y declaración a cámara. Esta modalidad símil documental (¿símil reality?) interrumpe reiteradas veces el relato de los hechos y el transcurso de la acción. El film proyectará sus imágenes en una línea clara: aquella que permea la esfera pública con la privada.
Estas víctimas/celebrity invaden nuestra esfera privada cotidianamente. Paris Hilton, principal víctima en la película[1], ha entrado en nuestros hogares a través de la pantalla de Fox (su reality la enmarcaba a ella y a su entonces “bff” Nicole Richie trabajando en granjas y otros lugares “degradantes”…) y luego a través de MTV. Otra estrella de la reality-tv saqueada fue Audrina Patridge (The Hills, también por emptyV). Esa irrupción en nuestros hogares quedará puesta en jaque con el robo e ingreso de estos jóvenes a sus hogares. 
Si bien la historia de Coppola ha sido leída como una “oda a la superficialidad de Hollywood”, o “una celebración a la fama por la fama misma”, el film es en realidad mucho más que eso: es el relato de la apropiación del otro (de la celebridad) o de su espacio y sus objetos re-constituyéndolo ahora como una extensión: tocar y alcanzar al otro (a la celebrity) así como el otro nos toca y alcanza a nosotros. Estos jóvenes nos muestran la novedad: forman un espacio a partir de la inversión de invasiones de esferas. Ya la relación con las celebridades no es unívoca. Ese camino único de entrada se rompe y se invierte: los adolescentes entran en las mansiones (¡horror!). 
El robo es la actividad de enlace que conecta esas esferas que se tocan de mil maneras virtuales (redes sociales, televisión, exposición pública, deseo de fama, etc.), pero nunca (hasta el robo) se conectan de manera material. El grupo de jóvenes entra en la casa de Paris y no sólo roba sus objetos, también ingresa a su boliche nocturno. Ellos se mueven por ese espacio como si fuera el de propio y así enlazan una continuidad o quizás hasta un nuevo espacio de contacto entre lo público y lo privado: Paris, vos entraste en nuestras casas, ahora nosotros entramos en la tuya.
Otro elemento que permite esta lectura (esta inversión o ruptura entre lo público y lo privado, entre la realidad y la ficción) es la sala de la casa de Paris Hilton. Esta puesta en escena permite que se observen objetos y muebles de estilo Luis XV que remiten a la puesta de María Antonieta, a ese palacio de Versalles retratado en 2006: espacio que exuda la potencia de su toma, de su arrebato, de su saqueo futuro. Aquel saqueo que esa película no muestra, en The Bling Ring es particularmente importante ya que se muestra reiteradamente. El film es la frecuencia de los robos, se constituye en aquello que María Antonieta no muestra. Estos ingresos configuran un modo de rebeldía juvenil que funciona a partir de unos personajes (que sin explicar demasiado) buscan la fama a través del saque. Los infiltrados cruzan las esferas espaciales y discursivas entre lo público y lo privado, lo real y lo ficticio, y lo llevan a cabo con una ingenuidad, con una familiaridad...
Robar a una celebridad es hacerte una celebridad, es cruzar un umbral que ni la ley detiene. Recordemos que a pesar de que fue condenada, Alexis Neiers (Nicki por Emma Watson en la película) tuvo hasta su propio reality-show en E! y constantemente en el sitio web del canal nos informan de su estado de cuestión.
De esta manera el film de Coppola capta un mito de apropiación material del otro, de esa constitución del otro como objeto idílico: en el caso de María Antonieta la toma y apropiación de un modelo político que está por caer; en el caso de Las vírgenes suicidas, la apropiación (momentánea) de ese grupo de hermanas que está por dejar de existir. En este caso se captura el mito de la apropiación de las celebridades, de su materialidad e imagen a partir de la inversión y transgresión. Es otra historia que mitifica algo que está en crisis: una división de esferas que está llegando a su ruina y constituirá nuevos cruces, nuevos modos de ser.




[1] La mayor frecuencia de robos es en su hogar, e incluso prestó su mansión para la filmación. 

domingo, 15 de septiembre de 2013

La teatralidad de la vida cotidiana


Ir al teatro es una experiencia particular.
Para empezar, es un arte que hace coincidir su momento de producción con el momento de su recepción, es un producto que se consuma en su consumo. Si bien es cuestionable suponer que este rasgo es exclusivo del teatro (¿hay obra de arte antes de que haya una instancia receptora? ¿el receptor no participa de la creación de la obra de arte, sea esta una obra de teatro, una sinfonía, una novela o una pintura?), admito que hay una magia especial en el asistir al teatro, en el estar ahí al mismo tiempo que Darín o Bertuccelli siendo Juan y Mariana en la adaptación de Norma Aleandro de “Escenas de la vida conyugal” de Ingmar Bergman. Va más allá de cierta veta cholula que esta columnista confiesa tener porque hay algo de conmovedoramente humano en compartir con los otros el presente (en su doble sentido de actualidad y presencia) y convenir por dos horas que Ricardo Darín no es el actor de “El aura”, “Kamchatka”, “Luna de Avellaneda” y “El secreto de sus ojos” (entre demasiadas otras) sino Juan a secas, un hombre casado con una Valeria Bertuccelli que durante esas mismas dos horas tampoco es la actriz de “XXY”, “Un novio para mi mujer” y la misma “Luna de Avellaneda” sino Mariana, también a secas, una mujer atravesada por la angustia de llevar una vida cotidiana que (tal vez) no eligió.
Esta consciencia de estar ante una ficción no es un detalle accesorio en la obra que dirige Aleandro. La puesta desnuda el artificio teatral cuando sobre un escenario casi desierto hace aparecer a los dos actores contando quiénes son y cómo se llama el episodio que van a representar a continuación. Así se introducen las siete escenas que la obra lleva en su nombre (“El arte de esconder polvo debajo de la alfombra”, “Cama de clavos”, “Real e irreal”, “Paula”, “El valle de lágrimas”, “Los ignorantes” y “El amor imperfecto”), en un procedimiento que acompaña inteligentemente su contenido. Efectivamente, la interrupción de la ilusión dramática al comienzo de cada escena nos señala el enorme componente ficticio que tiene el matrimonio de Juan y Mariana, pendiente siempre de la mirada de los otros (sobre todo de las madres, agentes regulatorios de la vida burguesa), y nos recuerda que estamos en el teatro, acaso sentados al lado de nuestras parejas como lo están Juan y Mariana mientras discuten si desean tener al bebé o no, o si van a firmar ahora o más tarde los papeles del divorcio.
“Es la realidad”, escucho en eso que le susurra el hombre de la fila de atrás a la mujer que tiene al lado, entre la escena en que Juan le confiesa a Mariana que se ha enamorado de otra y la escena en que ambos se reencuentran después de dos años de separación. Es curioso que este hombre diga lo que dice (comprometiéndose bastante, ¿no?), porque la obra se empeña en volverse sobre sí misma para denunciar una y otra vez su artificiosidad. ¿Cómo leer en ella, entonces, la realidad? Supongo que el hombre de la fila de atrás se ha sentido identificado (y no es el único, porque la audiencia se ríe con la histeria de Mariana y el anonadamiento de Juan). Claramente, digo, se ha visto a sí mismo reflejado en el gesto de otro hombre haciendo a su vez de otro hombre que no existe sino en ese lugar, en ese momento, y en esa línea borrosa entre la realidad y la ficción en la que, pienso, se juega la vida.
Aquí está el núcleo de esta versión de Bergman. Creo que finalmente lo que “Escenas de la vida conyugal” pone en evidencia es eso que ha sido catalogado como “esquematismo” o “acartonamiento” por ciertos críticos pero que considero es lo más valioso de la adaptación, esto es, la permanente mostración de la teatralidad de la vida cotidiana. El hombre que vislumbró la realidad en la obra tenía razón: después de todo, si el teatro expresa una realidad, es porque la realidad del día a día tiene algo de teatro, sobre todo si se encuentra regulada por las instituciones que poco pueden abarcar la amplia gama de sentimientos que hay entre dos individuos que se han acompañado (con recesos, peleas, ausencias y silencios en el medio) durante 25 años. La farsa de matrimonio que montan Juan y Mariana, presionados por sus madres y la preocupación por el qué dirán, se acaba en cuanto desembarazan a su relación de toda convención burguesa y, a pesar de haberse vuelto a casar con otras personas, siguen viéndose clandestinamente. Lo que ellos sienten ahora que son libres de elegirse no es ya ficcional sino genuino. Por eso cae el telón. Es el fin de su teatro. Nosotros, sin embargo, quedamos con el nuestro.

Yo, por lo pronto, me pregunto si el hombre de la fila de atrás y la mujer que tenía al lado habrán conseguido taxi para volverse rápido a su casa en un día de lluvia como hoy. Espero que sí, y que estén durmiendo tranquilos. 

martes, 10 de septiembre de 2013

Historia del llanto, la ruptura idealizante



Hay una frase que se atribuye a Theodor Adorno [1] y que dice que luego de Auschwitz no se puede hacer más poesía. A la distancia, en la literatura argentina, esa premisa parece haberse invertido post dictadura cívico militar, siendo la gran mayoría de la producción literaria un intento por reconstruir (de las ruinas de las desapariciones y torturas) un pasado idealizante de aquella juventud maravillosa que intervino junto a la clase obrera en la arena política entre el final de los años sesenta a principios de los ochenta.
En este sentido es preciso destacar que excepto por algunas excepciones, como la que trae a vida este artículo, la mayoría de las producciones, ya sean literarias o cinematográficas, pugnan por la salvedad de este pasado dejando de lado las cuestiones, quiebres, e historias que vuelven hombres - con todo su significado (en tanto errores y virtudes, miserias y pasiones) - a los personajes/tópicos que se construyen
El caso de Historia del llanto de  Alan Pauls es muestra de un trabajo en la ruptura de estas categorías. Lo primero a mencionar de esta novela es que el personaje militante tiene una historia familiar que se recorre  desde el principio en una familia separada en la cual él, de niño, desarrolla una extraña capacidad para escuchar en detrimento del habla. Aquí encontramos la primera de las inversiones con las que trabaja la novela. En una edad en la cual la intervención en el mundo es la utilización del lenguaje, el niño interviene en el mundo a través de una construcción inversa del mismo donde él es el receptor  de las palabras de distintos actores, a través de los cuales construye una red de relaciones familiares. La figura materna, a la cual escucha como un confesor, se invierte desplazándose la construcción edípica con el padre, con quien sí hablará.
Aquí en este punto también ocupa lugar central el llanto. Si lo natural es llorar en presencia de la madre como figura protectora, este rol no solo se invierte sino que se anula a favor del padre con el cual tiene la relación edípica en el sentido tradicional del término. Con el padre no solo llora, sino que es un campeón en expresarse. Encontrándose aquí la típica identificación que debería tener hacia la madre.
Otra de las inversiones que trata la novela es la construcción sentimental que se forma a través de esta historia familiar. El personaje se forma en el marxismo científico. Se vuelve un militante absolutamente racional, lo cual rompe con la figura del joven apasionado que da la vida por los ideales. El quiebre es la escena en la que ve por la televisión con un amigo el derrocamiento de Salvador Allende a manos de las tropas de Pinochet. El amigo, conmocionado rompe en llanto y él, con envidia, lo ve llorar sin comprender esa explosión en lágrimas y tratando de buscar dentro de sí ese llanto que lo iguale, que lo haga militante apasionado. No solo ideologizado, sino también dotado de un componente sentimental. Precisamente estamos en este punto en presencia del principal quiebre que intenta la novela de Pauls con respecto a los postulados clásicos de la literatura argentina post dictadura cívico militar. Si es la pasión según la militancia (según ERP, Montoneros, FJC, o cualquiera de las agrupaciones de izquierda) entonces la rabia, el sentimiento, y el llanto como forma de expresión son totalmente lógicas y entendibles. Nada de esto le pasa al personaje, que según vemos en el discurrir del libro se construye a sí mismo como un desapasionado, un ateo total, un racionalista absoluto.
Este momento de la novela nos lleva a otra de las inversiones con las que opera Pauls: la fe. Si en el sentido clásico la fe se construye como la creencia absoluta en ausencia de pruebas que certifiquen la existencia del objeto en el cual se cree, el personaje opera de manera distinta. De más está decir que no sólo no cree en nada, sino que opera sobre la fe de manera negativa, construyendo una fe a base del dolor. Es lo único en lo que cree y le permite no creer en nada más. El dolor se vuelve así para su vida una cuestión de fe, al mismo tiempo que se arroga descreer de cualquier tipo de sentimientos entre los  cuales incluye la dicha y la felicidad. Aquí, puede decirse que en la ruptura se trabaja de una manera efectiva, ya que la construcción racional antes mencionada es necesariamente una consecuencia de una construcción mayor del personaje en cuanto a sus creencias. Si su única fe es algo tan palpable como el dolor, es imposible que genere sentimientos apasionados como los otros militantes. Nótese que no hay un solo principio altruista en él, como sí los hay en la construcción de tópicos militantes de la época.
Hay también una denuncia, una acusación  en la novela, un desagrado importante con la figura de los cantantes de protesta, en la misma figura de la evaluación del militante que construye Pauls. Los argumentos lapidarios utilizados contra  “bondad humana” [2] (nombre elegido para tratar al cantautor de protesta) van desde la denuncia de la utilización de un lenguaje simple y casi irreflexivo, como la utilización de lugares comunes para la realización de un modelo idealizante/pequeñoburgués de las ideas revolucionarias.
Finalmente, se puede mencionar que la novela trata las relaciones amorosas a través de estos ejes invertidos. El joven militante sale con una chilena, de clase adinerada, de derecha a quien deja al enterarse del golpe en Chile, sin mediar ningún tipo de sentimiento, ningún remordimiento. En esto se afirma una construcción negativa de un altruismo militante, ya que a pesar de las diferencias políticas entre ambos, la figura típica del militante privilegia la acción hacia el otro. En este caso el otro no importa, no es nada o no significa nada. Tiene valor igual a cero, es una relación de ocho meses en los cuales, el personaje de Pauls no pudo construir nada parecido a lo sentimental, sólo un lazo que se corta, que se rompe, cuando la democracia en Chile cae, como si la caída del gobierno de Allende, haya significado también la caída de cualquier tipo de relación con ese otro representado en la novia chilena.
En resumen, la novela de Pauls trabaja y opera en sentido inverso a los postulados clásicos de la literatura argentina post dictadura cívico militar. Las inversión de conceptos, los quiebres no son sólo de los postulados embelesados de los militantes de los setenta, sino que apuntan a las raíces clásicas de la familia desde la cual se realiza la principal operación, vista como la construcción de un personaje sin sentimientos que rompe con el mandato edípico y cuya única fe es el dolor.  Nada comparable a lo que habitualmente se nos presenta como héroe clásico de las novelas enmarcadas en el período que va desde finales de los sesenta a principios de los ochenta.




[1] Theodor Adorno, filósofo alemán, intelectual perteneciente a la “Escuela Crítica”, conocida como “Escuela de Frankfurt”, publicó junto con Max Horkheimeir: “Dialéctica del iluminismo”, libro en el cual, se realiza un análisis crítico de la cultura de masas y la industria del entretenimiento.
[2] Aquí Pauls toma el nombre de una película de Akira Kurosawa a la cual hace referencia anteriormente en el texto como la obra maestra del director. 

viernes, 6 de septiembre de 2013

Ideas sobre los mockumentaries


Con motivo del estreno de la película V/H/S 2 (un compendio de cortos de directores veteranos del terror) se me ocurre esbozar una aproximación al cada vez más popular formato del found footage o mockumentary. Quiero aclarar que no me parece menor que desde los 90 se venga produciendo la proliferación de películas como Paranormal Activity (1, 2, 3 y 4), Cloverfield, Blair Witch Project (1 y 2), A night in the woods, Rec (1, 2, 3 y 4), Megan is Missing, The Pughkeepsie Tapes, Grave Encounters, Chernobyl Diaries, Fourth Kind, The last exorcism (1 y 2), The devil inside, The last broadcast y V/H/S (entre otras menos conocidas). El cine ha probado ser pionero en poner en evidencia la idiosincracia de la sociedad antes que las demás artes, acaso porque la industria cinematográfica se alimenta como ninguna otra del deseo. En efecto, el cine comercial necesita de las masas deseantes en tanto consumidores, porque ellas son la fuente de sus ingresos.


Pero vamos por partes. Ciertamente no seré la primera en decir que amén de las nuevas tecnologías, específicamente de las redes sociales y de Youtube, en los últimos años ha habido un borramiento de aquella línea que solía distinguir la esfera privada de la esfera pública. Todos los aspectos de la vida que alguna vez pertenecieron a la intimidad (el estado sentimental, la inclinación sexual, los conflictos con la familia, los amigos o la pareja, lo que se hace en el tiempo libre) están ahora, si no totalmente sí parcialmente, expuestos en estados de Facebook, tweets, fotos en Instagram o videos en Vine o Youtube.
Esta superposición de lo público con lo privado coincide sospechosamente con la popularización del formato del found footage y del mockumentary en el cine, y de la autoficción, la ficción histórica y la fan-fiction (de marcado corte autobiográfico) en la literatura. En otras palabras, los géneros, técnicas o formatos que juegan con el límite de la realidad y la ficción están de moda a la par que la experiencia directa se deteriora, interceptada por los medios que nos “enseñan” a interpretar las vivencias.
Ahora bien, ¿cómo leer el fenómeno? ¿Tienen verdaderamente relación las nuevas tecnologías con el género mockumentary? Respecto de lo segundo, sugiero considerarlo como posibilidad, en tanto ellas han inaugurado una nueva forma de relacionarse con los otros y, por lo tanto, una nueva forma de percibir el mundo. En cuanto a lo primero, propongo dos interpretaciones opuestas que dejaré a criterio de quien lea.
  1. Hipotéticamente, al desalambrar la frontera de la intimidad y dejarla desnuda, frente a un bombardeo constante de realidad cotidiana, las masas deseantes que acuden al cine anhelan ver aquello que están acostumbrados a consumir: la privacidad de los otros. De ahí que las películas como la recién estrenada V/H/S 2 atraigan tanto. Finalmente, no se trata sino de sentarse a contemplar, como siempre, la vida de los otros. Las masas deseantes serían masas cómodas, que irían al cine a ver más de aquello que decodifican diariamente.
  2. Hipotéticamente, no hay que omitir que el mockumentary ha encontrado especial éxito en el rubro del terror o del suspenso. Finalmente, lo que las masas deseantes van a ver al cine es a la vida privada amenazada, ya por un elemento interno, sean fantasmas (Paranormal Activity) o algún miembro de la familia enajenado (Exhibit A), ya por elementos externos, sean monstruos a lo Godzilla (Cloverfield) o asesinos tácitos presumiblemente sobrenaturales (Blair Witch Project, A night in the woods). ¿Una metáfora pesimista de la destrucción de la privacidad por la prepotencia de lo público? ¿La inseguridad que genera el encontrarse permanentemente a la vista de los demás? ¿La necesidad inevitable de la ficción frente al avance de la “realidad” (tal y como se la construye en las redes sociales) o, a la inversa, la prueba de que nuestra percepción ha sido tan condicionada por la ficción (producida por internet bajo una ilusión de realidad) que no es posible concebir la vida cotidiana sin su irrupción?

Para concluir, me remito a The last broadcast, una película de 1998 (de los primeros mockumentaries de terror) que plantea con 15 años de anticipación lo que hoy es materia común de análisis, a saber: ¿dónde está la realidad y dónde la ficción en la era de las telecomunicaciones, los medios masivos y las redes sociales que filtran toda experiencia que tenemos de esa realidad?