Previsiblemente, todo empieza con una
adolescente que llega a su casa con un severo caso de angst que
todavía no es la crisis de angustia de la depresión clínica, pero
que sí es la disconformidad absoluta con su cuerpo, su personalidad,
la escuela y, en consecuencia, el mundo. Por entonces, yo (que soy
esa adolescente, aunque a veces prefiera desentenderme y tratarme de
“ella”) ya me he “desviado” del pop rosa de Britney y
Christina. Avril Lavigne, por su parte, me está empezando a quedar
chica; hay rincones del angst
que su estilo prolijamente transgresor no termina de comprender. Ya
he descubierto algo del rock (a cosas tan dispares como U2, Nirvana y
los Rolling Stones) pero sobre todo ya he descubierto a Amy Lee, la
mujer pálida de pelo negro (por fin no rubio), que en su caída
libre de un edificio cantando “Bring me to life” sabe captar esa
parte de mi trágica melancolía adolescente asquerosamente
post-romántica que la chica punk menos punk y más pop de la
industria falla en englobar con su “Sk8er boi”.
Ese
día llego a mi casa, digo, atravesada por el angst,
pero con un nuevo cd. Me lo recomienda el hermano de una compañera
que también sufre del angst,
y que sabe que me gusta Lee. El cd se llama “Century child” y es
de la banda finesa Nightwish. El chico me ha advertido: “Esta mina
hace que Amy Lee le lama el culo”. Lo dudo, porque -hay que
admitirlo- hasta ese día creo que el rock pesado está poblado de
hombres y que Evanescence es la única excepción. Pero igualmente
pongo play, me tiro en mi cama a mirar el techo y lo que empiezo a
escuchar es muy extraño. Después de un breve recitado irrumpe la
voz de una soprano lírica cantando encima de guitarras
distorsionadas, una percusión furiosa y un sintetizador que suena
como una orquesta de cuerdas. Es raro, y casi me río, pero sigo
escuchando. Con “End of all hope”, el segundo track del álbum,
creo que me empieza a gustar. Con el piano en los primeros segundos
de “Ever dream”, cortados en seguida por las guitarras, la
batería y el sintetizador, creo que he dado con el mestizaje musical
que ha atravesado mi vida desde que empecé a estudiar piano a los 8
años: la “alta” música que me enseñan en el conservatorio y la
música popular que escucho en la radio o, cada vez menos, en MTV y
Muchmusic.
Con el
cover de “Phantom of the opera” me levanto con urgencia de la
cama y voy a la computadora. Tengo que investigar. Pongo Nightwish en
Google y leo. Nightwish es una banda finesa creada por Tuomas
Holopainen. Está integrada por Holopainen al teclado, Marco Hietala
al bajo, Emppu Vuorinen a la guitarra y Jukka Nevalainen a la
percusión. La voz es de Tarja Turunen.
Desde
ese momento, escucho todo lo que ha venido sacando Nightwish desde su
creación en el 98. Me impulsan las letras poéticas de las canciones
(habitadas por la nostalgia de una infancia perdida con la que me
siento identificada) y la música cada vez más orquestal, a veces de
una tristeza limpia y llana, a veces de una furia y un deseo
irrefrenables (extremos que, por su parte, le resultan familiares a
mi angst bipolar). Sin
embargo, por encima de eso, me llama la atención Tarja. Sacada de
contexto, cualquiera diría que su voz entrenada para el Lied
alemán no tiene lugar en el ámbito del heavy metal. En el marco de
Nightwish, no obstante, su voz se amolda perfectamente al género, a
tal punto que otras bandas colosas (Epica, Within Temptation, After
Forever) comienzan a animarse a poner front women
que juegan de una forma u otra con el bel canto.
El
tiempo pasa, Nightwish saca “Once”, hace una gira mundial (que yo
me pierdo) y Tarja es despedida por megalomanía en 2005. Tienen que
transcurrir tres años para que Turunen saque su primer album solista
al frente de un sonido metalero. “My winter storm” es una ruptura
con Nightwish (a quien parece dedicarse la referencia al requiem de
Mozart en las primeras notas de “Ite, Missa est”, y la
declaración del primer single, “I walk alone”) a la vez que es
el punto de partida de una carrera que ha desembocado en “Colours
in the dark”, el último album de Tarja, lanzado en agosto de este
año. En el medio están “What lies beneath” y “Act I” (este
último un promedio de los dos anteriores) marcando el giro hacia la
complejidad que presenta “Colours in the dark”.
Del
nuevo producto de Tarja hay que decir en primer lugar que no es
inmediatamente gustable para el oído. Incluso los fans
incondicionales tendrán problemas para procesar los cambios de tempo
y los largos pasajes instrumentales de música contemporánea que
sirven muy bien a la creación de una atmósfera onírica, pero que
adivino habrá que recortar para que pueda haber pogo en los
recitales en vivo. La participación de la orquesta, específicamente
de la cuerda (omnipresente en “My winter storm” haciendo solos y
llevando más de una vez la melodía, diluyéndose en “What lies
beneath” en el acompañamiento) es menor que en sus trabajos
previos. Asimismo, pocas canciones siguen la estructura de lo que se
acostumbra escuchar (aun de Tarja), esto es, el orden
estrofa-puente-estribillo-estrofa-puente-estribillo-interludio
instrumental-estrofa (optativamente, un tono más arriba o más
abajo)-estribillo. Es un album desestabilizante en ese sentido. El
título mismo es un quiebre en una doble dimensión: por el oxímoron
(digamos que es difícil percibir el color en
la oscuridad) y porque no es habitual la inclusión del color dentro
de un género musical cuyo uniforme siempre ha sido el negro,
intercalado ocasionalmente con una paleta cálida de rojos-sangre o
una fría de azules-grises.
Si uno
escucha el cd con atención y con tiempo, sin embargo, empieza a
encontrar pequeñas certezas de las que agarrarse. Canciones como
“Never enough” (parecida en su oscilación final hacia el death
metal a “Ciaran's well” de “My winter storm”), “500
letters” y “Deliverance” no presentan mayores dificultades que
progresiones acaso poco frecuentes. Es verdad que el primer single,
“Victim of ritual”, no es fácil de escuchar, pero también es
cierto que Tarja nos venía entrenando con “Archive of lost dreams”
a cambiar bruscamente el tempo y a pasar de un sonido clásico
orquestal al sonido desenfrenado del metal tradicional.
De las
más problemáticas es la canción “Lucid dreamer” con su
interrupción de más de un minuto de la melodía para dar lugar a un
juego de sintetizadores, voces que pronuncian palabras
ininteligibles, la risa de un bebé y la voz de Tarja repitiendo el
estribillo en recitativo. Ahora
bien, ya prevenida, la quinta o sexta vez que la escuché vislumbré
en los agudos del sintetizador alguna luz en el abismo del tema. Se
podría decir: vi un color (uno solo, tenue pero seguro) en el medio
de la oscuridad.
A
partir de ahí, todo se tornó más claro.
El
inevitable cover que Tarja parece tener que hacer
con cada nuevo trabajo esta vez toma a “Darkness” de Peter
Gabriel y, lamentablemente, le hace perder algo de su carácter dark,
tal vez a propósito, como una
manera de pintar un color en la atmósfera perturbadora que tiene el
original. Así y todo, el resultado es una versión confusa que no
sabe manejar el drástico claroscuro que propone Gabriel (de forma
excelente, si se me permite la acotación), convirtiendo a la canción
en un elemento totalmente prescindible (e incluso molesto) del album,
especialmente después de “Mystique voyage”, una canción donde
Tarja nos da la bienvenida a su mundo errante expresándose en las
tres lenguas que maneja en los distintos ámbitos de su vida: el
inglés para cantar en escenarios internacionales, el español
rioplatense que hablará en su esfera privada con su marido
argentino, y el finlandés materno.
En
suma, “Colours in the dark” es un cd complejo, particularmente
íntimo, muy distinto a “My winter storm”, más en la línea de
“What lies beneath”, pero superando sus limitaciones. Habrá que
escucharlo más de una vez, dispuestos a percibir pinceladas de color
en un cuarto a oscuras.
(El primer single de "Colours in the dark" es arriesgado comercialmente, pero es apenas una muestra del grado de complejidad que tiene el nuevo trabajo de Tarja Turunen. Y sí, a mí también me molesta que el oboe no esté tocando las notas que dice la partitura en los primeros minutos del video).







