sábado, 28 de septiembre de 2013

Casares, un lugar en el mundo

Soy escritor[1]. Como tal, tengo una vocación por decir, contar, narrar, figurar, y moldear el lenguaje con todas sus armas para destruirlo, para acabar con su realidad, que no es otra cosa que La Realidad. Pero hubo un momento en que decidí escuchar, en el cual la atracción por el discurso del otro pudo más que esta vocación.
Cada vez que salía del edificio de Suipacha al 500 necesitaba respirar, y abstraerme del mundo. En este lugar todo era decir, pero no como digo acá, ahora, en la escritura siempre mediatizada por el pensamiento. Ahí decía de una manera dolorosa. En el edificio, decir era flagelarse. Descender. El ascensor de este lugar siempre era descender. Un descenso en el cual necesitaba pensarme, y rumbear hacia un mundo un poco más tranquilo. Discurrirme en un mundo que hiciera silencio conmigo. Tarea difícil sí las hay en la zona céntrica de nuestra bendita Buenos Aires. Esta ciudad es puro ruido. Ni una palabra, solo sonidos disonantes, insoportables.
Fue un martes (Siempre era martes en ese edificio, siempre era el mismo día en mi vida) que descendí, y con el cigarrillo en la boca me detuve en cada casa, departamento, negocio por el cual pasaba. Encontré un nombre. Casares. Me detuve. Miré hacia adentro. Vi los libros apilados prolijamente, recorrí cada uno de los detalles de la librería dejándome llevar por el aspecto antiguo, los muebles de madera, las viejas ediciones de literatura argentina en las mesas de saldos del lugar.
Entré.
Un señor de pelo blanco, un poco de barba al tono y las arrugas que combinaban con su look arquetípico del siglo XX en Buenos Aires, estaba sentado en la caja observando mi circular caminata sobre las mesas.
-Qué linda librería que tiene, nada que ver con el prototipo comercial que invade Buenos Aires, le dije buscando complicidad.
-Gracias, se hace lo que se puede.
-Pero es valorable que en esta parte de la Ciudad exista una librería que sea una ruptura.
Luego seguí mirando libros, y compré Poesías Completas de Paco Urondo.

Volví al siguiente martes. Tenía que volver. Los lugares pueden tener en su haber una historia que merezca ser contada. Y esta es una de ellas. Alberto Casares me mostró una foto. En ella Borges estaba viejo, ciego y sostenía un bastón mientras sus ojos de oscuridad buscaban tal vez alguna luz proveniente de uno de los libros que tenía alrededor. Ese fue el último día  Borges en el país, al día siguiente, según dice la biografía partiría a Suiza y moriría en Ginebra al poco tiempo. La última huella de Borges en Argentina quedó en Casares. Algo de esa persistencia hoy se respira en la librería.



Otro martes, de esos que ya se hacían mi verdadera terapia, cuando dejaba atrás ese decir en el edificio gris, en el quinto piso de Suipacha al 500, e iba a escuchar a Casares narrar sus historias entre los libros, él, el hombre de barba y pelo canoso me contó cómo una vez, regresado David Viñas al país, terminada la dictadura cívico militar, fue a su librería y revisó cuidadosamente cada libro que vio como saldo de bibliotecas. Finalmente llegó a uno, y al abrirlo,  dijo: “ Esto es mío, me lo robaron los milicos”, y se fue con algo que le pertenecía y que había llegado a la librería de Casares tal vez como un descuido, como una omisión, de aquellos que a fuego quemaron las mejores páginas del pensamiento argentino, latinoamericano y europeo que pudieron.

El último martes de mi vida y habiéndole mentido un poco a la psicóloga, me dieron el alta. Ya no habría más martes en Suipacha. Pero el destino que se empeña en llevar todas las cosas a su lugar, quiso que tres años después vuelva a pasar por la librería. Aunque cuando miro hacia adentro, ella, ya no tenga nada que contarme, persiste en mí la idea de que siempre tiene algo para decirme. No he vuelto a entrar Casares, tal vez sea el momento de abrir otra vez esa puerta y sentirme en casa un tiempo. [2]










[1]  ¿Qué es ser un escritor? Después de un arduo debate conmigo mismo, decidí que en el caso estricto de este texto lo soy. Ser escritor es un momento en la vida, no la vida sobre un momento
[2] La empresa en la cual trabajo se mudó a Córdoba entre Esmeralda y Suipacha. Al salir del trabajo, o al almorzar al mediodía, me es inevitable pasar por la puerta de la librería. 

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