Soy
escritor[1]. Como tal, tengo una
vocación por decir, contar, narrar, figurar, y moldear el lenguaje con todas
sus armas para destruirlo, para acabar con su realidad, que no es otra cosa que
La Realidad. Pero hubo un momento en
que decidí escuchar, en el cual la atracción por el discurso del otro pudo más
que esta vocación.
Cada
vez que salía del edificio de Suipacha al 500 necesitaba respirar, y abstraerme
del mundo. En este lugar todo era decir, pero no como digo acá, ahora, en la
escritura siempre mediatizada por el pensamiento. Ahí decía de una manera
dolorosa. En el edificio, decir era flagelarse. Descender. El ascensor de este
lugar siempre era descender. Un descenso en el cual necesitaba pensarme, y
rumbear hacia un mundo un poco más tranquilo. Discurrirme en un mundo que
hiciera silencio conmigo. Tarea difícil sí las hay en la zona céntrica de
nuestra bendita Buenos Aires. Esta ciudad es puro ruido. Ni una palabra, solo
sonidos disonantes, insoportables.
Fue
un martes (Siempre era martes en ese edificio, siempre era el mismo día en mi
vida) que descendí, y con el cigarrillo en la boca me detuve en cada casa,
departamento, negocio por el cual pasaba. Encontré un nombre. Casares. Me detuve. Miré hacia adentro.
Vi los libros apilados prolijamente, recorrí cada uno de los detalles de la
librería dejándome llevar por el aspecto antiguo, los muebles de madera, las
viejas ediciones de literatura argentina en las mesas de saldos del lugar.
Entré.
Un
señor de pelo blanco, un poco de barba al tono y las arrugas que combinaban con
su look arquetípico del siglo XX en Buenos Aires, estaba sentado en la caja observando
mi circular caminata sobre las mesas.
-Qué linda librería que tiene, nada que ver con el prototipo comercial que invade
Buenos Aires, le dije buscando complicidad.
-Gracias,
se hace lo que se puede.
-Pero
es valorable que en esta parte de la Ciudad exista una librería que sea una
ruptura.
Luego
seguí mirando libros, y compré Poesías Completas de Paco Urondo.
Volví
al siguiente martes. Tenía que volver. Los lugares pueden tener en su haber una
historia que merezca ser contada. Y esta es una de ellas. Alberto Casares me
mostró una foto. En ella Borges estaba viejo, ciego y sostenía un bastón
mientras sus ojos de oscuridad buscaban tal vez alguna luz proveniente de uno
de los libros que tenía alrededor. Ese fue el último día Borges en el país, al día siguiente, según
dice la biografía partiría a Suiza y moriría en Ginebra al poco tiempo. La
última huella de Borges en Argentina quedó en Casares. Algo de esa persistencia
hoy se respira en la librería.
Otro
martes, de esos que ya se hacían mi verdadera terapia, cuando dejaba atrás ese
decir en el edificio gris, en el quinto piso de Suipacha al 500, e iba a
escuchar a Casares narrar sus historias entre los libros, él, el hombre de
barba y pelo canoso me contó cómo una vez, regresado David Viñas al país,
terminada la dictadura cívico militar, fue a su librería y revisó
cuidadosamente cada libro que vio como saldo de bibliotecas. Finalmente llegó a
uno, y al abrirlo, dijo: “ Esto es mío,
me lo robaron los milicos”, y se fue con algo que le pertenecía y que había
llegado a la librería de Casares tal vez como un descuido, como una omisión, de
aquellos que a fuego quemaron las mejores páginas del pensamiento argentino,
latinoamericano y europeo que pudieron.
El
último martes de mi vida y habiéndole mentido un poco a la psicóloga, me dieron
el alta. Ya no habría más martes en Suipacha. Pero el destino que se empeña en
llevar todas las cosas a su lugar, quiso que tres años después vuelva a pasar
por la librería. Aunque cuando miro hacia adentro, ella, ya no tenga nada que
contarme, persiste en mí la idea de que siempre tiene algo para decirme. No he
vuelto a entrar Casares, tal vez sea el momento de abrir otra vez esa puerta y
sentirme en casa un tiempo. [2]
[1] ¿Qué es ser un escritor? Después de un arduo
debate conmigo mismo, decidí que en el caso estricto de este texto lo soy. Ser
escritor es un momento en la vida, no la vida sobre un momento
[2] La
empresa en la cual trabajo se mudó a Córdoba entre Esmeralda y Suipacha. Al
salir del trabajo, o al almorzar al mediodía, me es inevitable pasar por la
puerta de la librería.


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