domingo, 22 de septiembre de 2013

Mi librería favorita: Mil grullas

Mi terapeuta es de una puntualidad enfermiza.
Son cerca de las tres de la tarde de un martes particularmente frío, de esos que asaltan a Buenos Aires cada tanto sin previsión alguna. Toco el timbre B de la casa de Palermo Soho en la que mi terapeuta se permite tener su consultorio. Espero, pero no hay nada con qué entretenerse. Edificios y casas particulares con las ventanas cerradas. Árboles deshechos que traman una pintura expresionista con sus ramas sobre el cielo desganado, indeciso entre el celeste y el gris. Esporádicamente un auto cruza la calle. Nada más.
Es difícil para mí determinar cuánto tiempo ha pasado desde que toqué el timbre porque mi ansiedad crónica me impide usar relojes. Vuelvo a tocar el timbre. Entonces una voz femenina me atiende. “¿Sí?”, me pregunta, entre confundida y fastidiada. Por su cadencia imagino que la Voz ha estado desde el principio del otro lado del portero eléctrico y que si no ha contestado antes ha sido para demostrarme algo.
“Sí, soy yo, Cecilia. Tengo turno con el doctor K”, respondo, algo confundida y fastidiada yo misma.
“Sí, tu turno es a las tres y diez. Son las tres y cinco”, se apura a decir la Voz con rigurosidad clínica. En ese momento lamento que la Voz no pueda ver la sonrisa sarcástica que se está formando en mi cara, justo debajo de mi nariz enrojecida por el frío. “Bueno, espero acá afuera”, le digo, y la Voz no entiende el desprecio de mis palabras porque cuelga sin más y yo me quedo en el umbral de la puerta, afuera, con el frío y los edificios ciegos.
“Y ahora qué”, me digo, y anhelo la posibilidad de una sala de espera con estufa, aunque estuviera llena de desquiciados como yo que no pueden tolerar usar relojes, o que no pueden dormir, o que sencillamente están solos y esperan algo que no saben bien qué es y que quizás sea la vida misma. “Y ahora qué”, repito, y sin quererlo mis pies ya están andando por las calles tristes de Palermo Soho. A veces mis pies tienen esos arrebatos de autonomía. Mientras mi cabeza se revuelca en sus obsesiones, mis pies, con más sabiduría, me sacan a caminar y a recordarme que todavía hay un mundo fuera de mí. No exagero cuando digo que para mí la peor guillotina es la que corta pies, no cabezas. Si algo me han enseñado cinco años de tratamiento es que las cabezas se estropean y dejan de funcionar bien. Los pies, en cambio, sólo se vuelven más duros, sacan callos, ampollas y verrugas, pero mientras sean pies siguen caminando hasta donde se les antoje llegar. Y de hecho es a mis pies a quienes debo haber descubierto las “Mil grullas”, y es a las “Mil grullas” a las que les debo la venganza que cobraré sobre mi terapeuta insensatamente puntual dentro de poco.
El efecto es instantáneo. Cuando paso por la vidriera de esta librería/disquería perdida entre negocios cerrados de ropa chick y veo Historia de la locura de Foucault en la vidriera (entre otros colosos que forman los cimientos de la ex fábrica de cigarrillos que está en Puán 480) de inmediato sé que he dado con un lugar importante. Toco a la puerta. Una de las mujeres que atiende me abre y me ofrece ayuda con genuino interés no en una probable comisión, sino en mi inquietud bibliográfica. Le digo que quiero mirar, y ella me deja recorrer el pequeño espacio de esa librería clandestina y hojear los volúmenes de la sección de filosofía mientras secretamente deseo que mi terapeuta la contrate de secretaria y se deshaga de la Voz. Así encuentro tomos de lectura obligatoria que nunca encuentro en las librerías próximas a la Facultad de Filosofía y Letras, encuentro libros en alemán que no hay en SBS (supuesta meca de los libros en idiomas extranjeros), encuentro a autores que en Yenny me piden que deletree cuando consulto si hay stock, encuentro libros ilustrados, encuentro a autores que a su vez me encuentran a mí. Pero sobre todo encuentro el instrumento de mi venganza. Encuentro El poder psiquiátrico y Yo, Pierre Riviére, habiendo degollado a mi madre, mi hermana y mi hermano. Decido que una vez más dejaré que los libros hablen por mí.
En la caja arman mi paquete con papel madera y lo adornan con un cordel naranja y una grulla hecha de papel glacé. Mientras lo terminan, sigo mirando las pilas de cds de tango y folklore, y detrás de ellos descubro las paredes decoradas con cuadros de grullas. Siento que mi enojo se va diluyendo gracias al mensaje de paz que transmite el origami y su leyenda.
Cuando salgo estoy contenta. Entro al consultorio abrazando el paquete y pienso en lo improductivo de mi furia con la Voz. La Voz sólo está haciendo su trabajo. La Voz no tiene la culpa. Todo está bien.
Pero entonces algo sucede. ÉL habla.
“Llegaste un poco tarde, ¿no?”, dice, consultando su reloj.


Yo le sonrío desde mi extremo del escritorio. Le explico, y mientras le cuento mi breve diálogo con la Voz y cómo di con la librería, voy desarmando mi paquete con cuidado. Finalmente me guardo la grulla en el bolsillo y apoyo los libros sobre su escritorio, de modo que los títulos queden visibles. Creo que entiende el mensaje, porque no vuelve a opinar en toda la sesión.

Mil grullas - Librería, disquería, espacio de arte 
Malabia 1968, Ciudad Autónoma de Buenos Aires  

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