Mi terapeuta es de una puntualidad
enfermiza.
Son cerca de las tres de la tarde de un
martes particularmente frío, de esos que asaltan a Buenos Aires cada
tanto sin previsión alguna. Toco el timbre B de la casa de Palermo
Soho en la que mi terapeuta se permite tener su consultorio. Espero,
pero no hay nada con qué entretenerse. Edificios y casas
particulares con las ventanas cerradas. Árboles deshechos que traman
una pintura expresionista con sus ramas sobre el cielo desganado,
indeciso entre el celeste y el gris. Esporádicamente un auto cruza
la calle. Nada más.
Es difícil para mí determinar cuánto
tiempo ha pasado desde que toqué el timbre porque mi ansiedad
crónica me impide usar relojes. Vuelvo a tocar el timbre. Entonces
una voz femenina me atiende. “¿Sí?”, me pregunta, entre
confundida y fastidiada. Por su cadencia imagino que la Voz ha estado
desde el principio del otro lado del portero eléctrico y que si no
ha contestado antes ha sido para demostrarme algo.
“Sí, soy yo, Cecilia. Tengo turno
con el doctor K”, respondo, algo confundida y fastidiada yo misma.
“Sí, tu turno es a las tres y diez.
Son las tres y cinco”, se apura a decir la Voz con rigurosidad
clínica. En ese momento lamento que la Voz no pueda ver la sonrisa
sarcástica que se está formando en mi cara, justo debajo de mi
nariz enrojecida por el frío. “Bueno, espero acá afuera”, le
digo, y la Voz no entiende el desprecio de mis palabras porque cuelga
sin más y yo me quedo en el umbral de la puerta, afuera, con el frío
y los edificios ciegos.
“Y ahora qué”, me digo, y anhelo
la posibilidad de una sala de espera con estufa, aunque estuviera
llena de desquiciados como yo que no pueden tolerar usar relojes, o
que no pueden dormir, o que sencillamente están solos y esperan algo
que no saben bien qué es y que quizás sea la vida misma. “Y ahora
qué”, repito, y sin quererlo mis pies ya están andando por las
calles tristes de Palermo Soho. A veces mis pies tienen esos
arrebatos de autonomía. Mientras mi cabeza se revuelca en sus
obsesiones, mis pies, con más sabiduría, me sacan a caminar y a
recordarme que todavía hay un mundo fuera de mí. No exagero cuando
digo que para mí la peor guillotina es la que corta pies, no
cabezas. Si algo me han enseñado cinco años de tratamiento es que
las cabezas se estropean y dejan de funcionar bien. Los pies, en
cambio, sólo se vuelven más duros, sacan callos, ampollas y
verrugas, pero mientras sean pies siguen caminando hasta donde se les
antoje llegar. Y de hecho es a mis pies a quienes debo haber
descubierto las “Mil grullas”, y es a las “Mil grullas” a las
que les debo la venganza que cobraré sobre mi terapeuta
insensatamente puntual dentro de poco.
El efecto es instantáneo. Cuando paso
por la vidriera de esta librería/disquería perdida entre negocios
cerrados de ropa chick
y veo Historia de la locura
de Foucault en la vidriera (entre otros colosos que forman los
cimientos de la ex fábrica de cigarrillos que está en Puán 480) de
inmediato sé que he dado con un lugar importante. Toco a la puerta.
Una de las mujeres que atiende me abre y me ofrece ayuda con genuino
interés no en una probable comisión, sino en mi inquietud
bibliográfica. Le digo que quiero mirar, y ella me deja recorrer el
pequeño espacio de esa librería clandestina y hojear los volúmenes de
la sección de filosofía mientras secretamente deseo que mi
terapeuta la contrate de secretaria y se deshaga de la Voz. Así
encuentro tomos de lectura obligatoria que nunca encuentro en las
librerías próximas a la Facultad de Filosofía y Letras, encuentro
libros en alemán que no hay en SBS (supuesta meca de los libros en
idiomas extranjeros), encuentro a autores que en Yenny me piden que
deletree cuando consulto si hay stock,
encuentro libros ilustrados, encuentro a autores que a su vez me
encuentran a mí. Pero sobre todo encuentro el instrumento de mi
venganza. Encuentro El poder psiquiátrico
y Yo, Pierre Riviére, habiendo degollado a mi madre, mi
hermana y mi hermano. Decido que
una vez más dejaré que los libros hablen por mí.
En la caja arman mi
paquete con papel madera y lo adornan con un cordel naranja y una
grulla hecha de papel glacé. Mientras lo terminan, sigo mirando las
pilas de cds de tango y folklore, y detrás de ellos descubro las
paredes decoradas con cuadros de grullas. Siento que mi enojo se va
diluyendo gracias al mensaje de paz que transmite el origami y su
leyenda.
Cuando salgo estoy
contenta. Entro al consultorio abrazando el paquete y pienso en lo
improductivo de mi furia con la Voz. La Voz sólo está haciendo su
trabajo. La Voz no tiene la culpa. Todo está bien.
Pero entonces algo
sucede. ÉL habla.
“Llegaste un poco
tarde, ¿no?”, dice, consultando su reloj.
Yo le sonrío desde
mi extremo del escritorio. Le explico, y mientras le cuento mi breve
diálogo con la Voz y cómo di con la librería, voy desarmando mi
paquete con cuidado. Finalmente me guardo la grulla en el bolsillo y
apoyo los libros sobre su escritorio, de modo que los títulos queden
visibles. Creo que entiende el mensaje, porque no vuelve a opinar en
toda la sesión.
Mil grullas - Librería, disquería, espacio de arte
Malabia 1968, Ciudad Autónoma de Buenos Aires
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