“También
tomó pan y, después de dar las gracias, lo partió, se lo dio a ellos y dijo: -Este
pan es mi cuerpo, entregado por ustedes; hagan esto en memoria de mí.
De la misma manera tomó la copa después de la cena, y dijo: -Esta copa es el nuevo
pacto de mi sangre, que es derramada por ustedes”
De la misma manera tomó la copa después de la cena, y dijo: -Esta copa es el nuevo
pacto de mi sangre, que es derramada por ustedes”
Juan
22:7-20
La noche en que Jesús decidió morir la
tranquilidad de Jerusalén era inusitada. Durante años el poblado había sufrido
los saqueos de ambos bandos, primero fueron los romanos, que sedientos de
venganza contra los judíos en rebelión, no distinguían a sus enemigos en armas
de aquellas personas que vivían con la tranquilidad de los pastores en esas
tierras. Luego, fueron los guerrilleros de la liberación que intentaron sumar
adeptos a través del convencimiento en primer lugar, y luego a través de la
violencia. Pero esa noche, en la cual
los últimos trece guerreros se escondieron en una construcción en ruinas de las
entradas al pueblo, la tranquilidad parecía un espejismo que hacía más hermosa
a esas tierras áridas, y desprovistas de grandes construcciones.
Jesús, o el Cristo, como lo llamaban
sus seguidores, había nacido en Belén, unos treinta años antes de la noche en
la cual tomó la decisión de morir. Al caer la tarde, había visto como, literalmente,
un ejército mejor preparado y bastante bien prevenido masacraba a cien de sus
hombres en una de las peores batallas que le había tocado comandar. Él y doce
hombres más habían logrado replegarse sobre las montes, aprovechando la caída
del sol, escaparon sin demasiado destino fijo, más que la persistencia de
seguir vivo, al menos por el resto de esa tarde y de ese día.
-¿Ideas?, inquirió el Cristo ante la
mirada abatida de esos guerreros. La cosa no era para menos. Doce hombres nada
podían contra el ejército mejor preparado del mundo. Doce hombres no eran nada
ante los romanos.
Jesús sintió en su boca la amargura de
la causa pérdida. Repasó con la mirada los gestos de los doce hombres y no vio
más que desolación, tristeza y la certeza de una muerte a la vuelta de la
esquina.
Todos iban a morir. Quizás alguno
lograra un indulto a manos de la petición popular. Pero en lo que tocaba a él, el juicio sería rápido y
resolutivo. Enfrentaría la cruz y los clavos, lo golpearían hasta desangrarlo y
lo dejarían morir al sol como ejemplo para el resto de los judíos que quisiesen
enfrentar al régimen romano. Siete años de lucha para nada, de victorias, de
avances, para morir en una cruz y pasar al olvido que supone el miedo.
Ahora el silencio era insoportable.
Los doce hombres miraban al Cristo y este les devolvía la mirada como hablando
un idioma jamás hablado. Un idioma de los dioses, una lengua que repetía la
palabra “desolación” hasta martillar la conciencia de esos trece hombres que
comían apenas, el pan que les había quedado de la última avanzada desde Belén.
Desde su salida de Tel Aviv, la
táctica de la guerra de guerrillas, había entregado éxitos rápidos y efectivos
al movimiento de liberación judío. Golpear rápido, en pequeños grupos, atacando
como las hormigas, los guerreros de la liberación se habían ganado el respeto y
el miedo de sus adversarios. La ferocidad y salvajía que mostraban los
guerrilleros amedrentaba hasta al más temerario de los romanos. Es que, los
judíos al mando de Jesús tenían instrucciones precisas e irrenunciables:
atacar, destruir, aniquilar todo lo que lleve el símbolo romano del otro lado
de sus propias líneas.
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Una mañana, al salir de Netanya un
gran ruido despertó a Jesús que dormía en una tienda de campaña montada al
costado del camino. Comprendió entonces que algo estaba fallando. Una horda de
legionarios romanos avanzaban sobre los guerreros de la liberación a sangre y fuego.
Drásticamente habían cambiado las cosas por primera vez y para siempre.
Una a una, las derrotas se iban
sucediendo. Los romanos parecían saber con antelación cada movimiento de ese
grupo de guerreros que disminuía a paso firme y seguro en sus fuerzas con el
paso de cada batalla.
Sí los guerreros se replegaban sobre
las montes de Judea, una legión anticipaba al paso de los hombres de Jesús,
quienes, más por experiencia de lucha, que por fuerzas propias, lograban
replegarse y escapar de los legionarios romanos.
Todo se fue sucediendo derrota tras
derrota. Los guerreros de la liberación tenían planeada su entrada triunfal en
Jerusalén para tomarla esa pascua judía, y establecer el gobierno de Israel
para el pueblo judío, previa liberación de las cadenas y expulsión de los
últimos soldados romanos, establecerían un gobierno de transición, liderado
obviamente por el Cristo, a quién ya se le habían ocurrido unas cuantas medidas
como futuro rey de los judíos, que de revolucionarias no tenían mucho, pero que
cambiaban el orden establecido de obligación al imperio romano.
Los primeros meses, el alto mando de
los guerreros de la liberación irían a la caza de detractores, enemigos,
críticos o simplemente todo aquel judío que no estuviese muy seguro de la empresa
de los guerreros de la liberación. Esto se llamaría decreto de sumarísima
urgencia, el cual sería firmado por el propio Jesús y sería ejecutado por Judas
Sicariote, quién debía su apodo principalmente al uso desmedido de la sica, un
elemento punzante similar a una faca, para amedrentar o como le gustaba decir
al Cristo, dejarle bien en claro a todo aquel que intentase tan solo decir a
por b en el gobierno de los guerreros de la liberación, que las cosas no eran
sometidas a la libre opinión popular.
Pero a las puertas de Jerusalén, en la
antesala de la pascua de los judíos, no llegó el ejército, fuerte, noble y
triunfante que había imaginado Jesús para dar la estocada final. A las puertas
de Jerusalén habían llegado los últimos trece hombres que quedan en pie del ejército
de liberación. Algunos maltrechos, otros cargando su propia muerte como una
cruz en la espalda, severamente abatidos y compungidos, al mando todavía de un
hombre que había explorado los límites de su propia inteligencia para la guerra
y que, aun jugando toda su vida en esa empresa, con menos de treinta años, adivinaba para esa pascua, no ya el
establecimiento de su reinado para el pueblo que juraba amar hasta la locura de
ponerse en armas contra la legión más temible y poderosa del mundo, sino que
sobre él, la certeza de morir en esa pascua como un delincuente, vituperado por
su propio pueblo, que a fuerza de los saqueos que realizaban sus hombres ya lo
odiaba en secreto y a viva voz, se le figuraba como pergamino firmado, cosa
juzgada, historia muerta y olvidada para siempre en un manuscrito de historia
antigua.
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Una cabeza separada de su cuerpo en perfecta armonía, sin el lujo de la sangre derramándose desde su extremo, con grandes ojos negros pendía de una pica. Jesús podía verse a sí mismo muerto mientras caminaba por las calles de Jerusalén. Veía a los judíos pobres, desterrados, con la ropa hecho harapos escupir su frente, gritarle insultos en latín, en hebreo, y en otros idiomas que no conocía. Luego se alejaba entre una nube negra y espesa, veía su cuerpo subir al cielo con una fuerza sobre natural y colocarse sobre una montaña. Una mujer de aspecto de prostituta se acercaba y le decía en un hebreo defectuoso pero entendible que todo estaría bien, luego echaba a reír de manera macabra, primero suavemente, luego de forma cada más ruidosa y fuerte hasta que obligaba al Cristo a tapar sus oídos, y cerrar sus ojos. Al abrirlos nuevamente la mujer se había ido. El Cristo ahora no estaba sobre una montaña, el paisaje había cambiado de manera drástica, estaba en un desierto, inmenso, inasible. A su lado caminaban miles de ovejas sin destino, una de ellas tenía la miraba clavada en él. Una mirada tan fija que no podía ignorarse, la oveja desaparecía entre las otras escapando de manera rauda, Jesús la seguía pero la perdía de vista. Ahora el desierto se había abierto para él y su soledad. El día rápidamente se apagaba como una vela. El atardecer se desangraba en dos minutos dejando el color rojo del cielo chorrear desde el sol hasta volverse negro. Un gran viento levantaba arena hasta dejarlo casi ciego, y de las sombras que se escurrían del cielo un hombre, se iba formando lentamente. Primero vio su sonrisa, los dientes lechosos y firmes, luego unos ojos de color negro intenso que buscaban los suyos. Finalmente las manos, las piernas y el torso. Luego se cubría de la ropa que los romanos usaban para ir a la batalla y a pasos gigantes avanzaba hacia él.
Una cabeza separada de su cuerpo en perfecta armonía, sin el lujo de la sangre derramándose desde su extremo, con grandes ojos negros pendía de una pica. Jesús podía verse a sí mismo muerto mientras caminaba por las calles de Jerusalén. Veía a los judíos pobres, desterrados, con la ropa hecho harapos escupir su frente, gritarle insultos en latín, en hebreo, y en otros idiomas que no conocía. Luego se alejaba entre una nube negra y espesa, veía su cuerpo subir al cielo con una fuerza sobre natural y colocarse sobre una montaña. Una mujer de aspecto de prostituta se acercaba y le decía en un hebreo defectuoso pero entendible que todo estaría bien, luego echaba a reír de manera macabra, primero suavemente, luego de forma cada más ruidosa y fuerte hasta que obligaba al Cristo a tapar sus oídos, y cerrar sus ojos. Al abrirlos nuevamente la mujer se había ido. El Cristo ahora no estaba sobre una montaña, el paisaje había cambiado de manera drástica, estaba en un desierto, inmenso, inasible. A su lado caminaban miles de ovejas sin destino, una de ellas tenía la miraba clavada en él. Una mirada tan fija que no podía ignorarse, la oveja desaparecía entre las otras escapando de manera rauda, Jesús la seguía pero la perdía de vista. Ahora el desierto se había abierto para él y su soledad. El día rápidamente se apagaba como una vela. El atardecer se desangraba en dos minutos dejando el color rojo del cielo chorrear desde el sol hasta volverse negro. Un gran viento levantaba arena hasta dejarlo casi ciego, y de las sombras que se escurrían del cielo un hombre, se iba formando lentamente. Primero vio su sonrisa, los dientes lechosos y firmes, luego unos ojos de color negro intenso que buscaban los suyos. Finalmente las manos, las piernas y el torso. Luego se cubría de la ropa que los romanos usaban para ir a la batalla y a pasos gigantes avanzaba hacia él.
Impávido Jesús escuchó tres veces la frase:
“mi nombre es legión porque somos muchos”, y luego la forma se diluyó en el
infinito del desierto.
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Un estruendo como de un rayo despertó
a Jesús del sueño que estaba teniendo. Observó con cierta melancolía la escena
que lo rodeaba. Encerrados en un lugar inhabitable, los trece hombres eran el
fantasma de los días de gloria que supieron abrigar. Lejos quedaban las
victorias, y, sobretodo la esperanza de
ese comandante venido a jefe de una banda de delincuentes esperando por ser
atrapados.
Avanzando en la oscuridad del refugio,
entre los restos que caían desde el techo, y las precarias instalaciones vio
los cuerpos de sus guerreros tendidos uno a uno. En total eran once hombres, o
los restos de once hombres que yacían despreocupados, esperando un final que se
acercaba como el amanecer en la noche.
Jesús sintió por fin una melancolía
que le parecía insuperable. Verlos así, después de jornadas de gloria se le
asimiló a un plan macabro de dios. Y si
este existía, por qué iba a desamparar a su pueblo a invasores extranjeros,
impíos y no libraba al menos la suerte de estos a sus propios descendientes.
Sí
es el pueblo de dios, el pueblo elegido, ¿por qué las penurias?, pensó Jesús, mientras repasaba su
crianza con José y María, los años de pobreza, la muerte de sus amigos a manos
de los romanos, las carencias. El caldo de cultivo de un odio que ahora se le hacía
irremontable, y que desde dentro se había comido al hombre que quiso ser, o que
soñó ser.
Así fue perdiéndose en sus
pensamientos, entregándose a la melancolía, a la tristeza profunda de saber el
destino. A punto de caer sobre sus pasos, vencido definitivamente, escuchó el
ruido de una arboleda y vio la sombra de lo que parecía un soldado romano
hablar con el único guerrero que faltaba en la escena: Judas.
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El grito de Jesús sobresaltó a los
once guerreros que despertaron como llamados por el demonio.
-Un traidor, acusó con tranquilidad Jesús
-Matadlo sí es así dijo Juan
Simón, Tomás y Santiago sostenían a
Judas para que no escapase. De entre las ropas de este caían una a una las
monedas de oro, que el comandante romano había otorgado para recompensar los
datos que le transmitía el sicario del grupo.
-Con qué así fue que siempre nos
detuvieron antes de tiempo, dijo Jesús con firmeza y una pasividad admirable.
El resto de los guerreros se disponía
a encontrar un árbol donde colgar al traidor. La ley de los guerrilleros de la
liberación lo disponía así. La pena de muerte era la horca, y esta había sido
dictaminada en este caso por amplia mayoría, excepto por el Cristo, que
permanecía inmóvil con los ojos fijos en su traidor.
-¿Solo por dinero? Preguntó a Judas
cuando al paso lo interrumpió Simón
-Colguémoslo cuanto antes y huyamos,
dijo empujando a Judas.
-No vamos a colgar nadie. Las palabras
de Jesús no terminaban de helar la sangre de los once guerreros cuando añadió:
-Tampoco nos vamos a ningún lado, esta misma noche entramos en Jerusalén.
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-Supongo Judas, que el encargo quedó
por la mitad, ¿no?
-Supones bien
-Entonces deberías completarlo
Los ojos de Judas se pusieron en
blanco. Sí algo no entendía el sicario era la compasión de Jesús en ese
momento. Sí algo no caracterizaba al líder del ejército de liberación era
precisamente comprender, perdonar o indultar a un detractor. Años al lado de
Jesús le habían enseñado que este tenía por sangre un río helado que le
permitía cometer los crímenes más atroces como quién dicta misa, o realiza las
labores de pastoreo. Nada parecía afectarle a la hora de condenar a un
descarriado. Jesús mataba por igual a familiares, amigos, conocidos o
desconocidos completamente. Bastaba descubrir el delito, que la soga se
aferraba al cuello del culpable, sin ningún derecho a réplica.
-¿Qué?, dijo Judas
-Lo
que tengas que hacer, hazlo pronto, desafío Jesús mirando a todos los
guerreros, y luego le dio la orden a Simón para que soltase a Judas. Este
corrió presuroso y se esfumó en la neblina de la noche de fría y tranquila de
Jerusalén. Esa noche en la cual el Cristo, en ese preciso momento, había
decidido morir.
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Mejor que luchar por la libertad es
morir por la libertad. Mejor que replegarse y esconderse para siempre de un
ejército que ya lo había condenado a muerte, es entregarse y aceptar el destino
como un hombre, mejor que ser un cobarde es pasar a la eternidad como una
leyenda. Esa noche el Cristo había decidido morir para limpiar su nombre ante
su pueblo.
Pensó con la claridad de los profetas,
que un santo no es un ejemplo de moral, ni de conducta, sino de fe. Pensó que
muriendo, entregándose al imperio romano, cayendo en la cruz, con los clavos en
manos y pies daría una lección al mundo.
-Es mejor un mártir que sirva de
ejemplo, un muerto que simbolice la lucha del pueblo judío, que un ex
guerrillero vivo acusado del delito de asalto. Qué importa que yo muera si con
mi muerte no se reprime la rabia sino se la multiplica, qué importa un nombre a
los ojos de la historia.
Siempre he querido trascender, ser el
rey de los judíos. Entreguemos pues al rey para que viva el rey. Hagamos de
esta nación que nacerá, una nación con historia, con legado, con héroes a los
cuales venerar, añorar, respetar. No importa sí lo que cuenten de mi sea
verdadero o falso, basta que sea verídico, que lo adopten como fe aquellos que
abracen la causa de la liberación y entonces, yo viviré en el primero de mis
seguidores que empuñe un arma en mi nombre, que mate a otro para vivarme y
revivirme en la sangre de ofrenda que
supone la sangre del enemigo.
Las palabras sonaron como piedras
cayendo del cielo en los oídos de los guerreros.
Finalmente, Judas Tadeo, dijo
alargando las vocales: -Y… ¿cuál es el plan?
-Esperar, respondió Jesús y se recostó
como buscando el auxilio del sueño a un cuerpo exhausto, como vencido por su
propio discurso.
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Una gran construcción de piedras con
una cruz gigante en la puerta se anteponía al paso de Jesús. Dentro de ella no
había nadie. Solo cruces y en todas un hombre con gesto de entrega y abnegación
mirando al cielo. La sangre seca le brotaba de los labios, de las costillas, y
de los pies y manos. El gesto de sufrimiento era solo comparable a la mirada
que dedicaba al cielo. La sigla en Latín INRI se leía claramente en la corona
de espinas que este hombre tenía sobre su cabeza. Jesús lo contemplaba como si
fuera su hermano. El rostro familiar le hacía parecer que era de su familia.
Alguien a quién había conocido mucho. Fuera de la construcción miles de hombres
rezaban una oración en nombre del crucificado. Se decían fieles devotos de la
iglesia universal del reino de dios. Se vindicaban seguidores del evangelio
escrito por cuatro apósteles que había compartido la entrada triunfal del rey
de los judíos en Jerusalén
El Cristo vio un manuscrito antiguo
abierto sobre una mesa de madera rústica que estaba escrito en latín. Leyó Jesucristo
con claridad. Solo ahí comprendió que el hombre de la cruz era él. El texto era
una escena de parábolas, milagros y apariciones que parecían contadas por un
embustero de las viejas compañías. Pasó las páginas con velocidad y vio su vida
deformada por las palabras de cuatro de sus seguidores. No había armas, no
había muertes. Había un legado de historia y fe. Sobre todas las cosas mucha
fe.
Afuera la lluvia comenzaba a levantar
un viento jamás visto. Los hombres rezaban con fuerza e imploraban por el rey
de los judíos que vino a la tierra a morir por sus pecados. El cordero de dios,
que quita los pecados del mundo y fue enviado por su padre a esta tierra a
morir por los hombres.
Una inscripción en la tierra decía:
“el hijo del hombre resucitó a los tres días y ascendió al reino de los…” la
frase se cortaba al medio y seguía diez metros más adelante. Jesús corría hacia
ella desesperado y cuando llegaba volvía a correrse diez metros.
-El hijo del hombre, dijo Jesús cuando
un golpe de lanza lo despertó del sueño. Para ese entonces los once guerreros
ya se habían esfumado entre los misterios del desierto y los montes de
Jerusalén.
Un golpe en la cara le devolvió
definitivamente la conciencia a Jesús. Era viernes, y un soldado romano con los
ojos llenos de odio lo entregaba a las autoridades que definirían su destino de
cadáver en menos de lo que dura un atardecer. La sentencia de muerte era ya un
hecho inexpugnable.
-¿Quién eres? Preguntó uno de los verdugos al lanzear al Cristo para intimarlo
Jesús, con los ojos blancos propios de
la muerte, entregándose a la intimidad de la lanza en su pecho, respondió sin
convicción: -El rey de los judíos.
Luego, escupió la última bocanada de
aire que nutría sus pulmones y miró al cielo para morir, buscando quizás, el
amparo de un dios en el que no creía.








