Hay una frase que se atribuye a Theodor Adorno [1] y que dice que luego de Auschwitz no se puede hacer más poesía. A la distancia, en la literatura argentina, esa premisa parece haberse invertido post dictadura cívico militar, siendo la gran mayoría de la producción literaria un intento por reconstruir (de las ruinas de las desapariciones y torturas) un pasado idealizante de aquella juventud maravillosa que intervino junto a la clase obrera en la arena política entre el final de los años sesenta a principios de los ochenta.
En
este sentido es preciso destacar que excepto por algunas excepciones, como la
que trae a vida este artículo, la mayoría de las producciones, ya sean
literarias o cinematográficas, pugnan por la salvedad de este pasado dejando
de lado las cuestiones, quiebres, e historias que vuelven hombres - con todo su
significado (en tanto errores y virtudes, miserias y pasiones) - a los personajes/tópicos
que se construyen
El
caso de Historia del llanto de Alan
Pauls es muestra de un trabajo en la ruptura de estas categorías. Lo primero a
mencionar de esta novela es que el personaje militante tiene una historia
familiar que se recorre desde el
principio en una familia separada en la cual él, de niño, desarrolla una extraña capacidad
para escuchar en detrimento del habla. Aquí encontramos la primera de las
inversiones con las que trabaja la novela. En una edad en la cual la
intervención en el mundo es la utilización del lenguaje, el niño interviene en
el mundo a través de una construcción inversa del mismo donde él es el
receptor de las palabras de distintos
actores, a través de los cuales construye una red de relaciones familiares. La
figura materna, a la cual escucha como un confesor, se invierte desplazándose la
construcción edípica con el padre, con quien sí hablará.
Otra
de las inversiones que trata la novela es la construcción sentimental que se
forma a través de esta historia familiar. El personaje se forma en el marxismo científico. Se vuelve un militante absolutamente racional, lo cual rompe con la figura del joven
apasionado que da la vida por los ideales. El quiebre es la escena en la que ve por la televisión con un amigo el derrocamiento de Salvador Allende a manos de las tropas de Pinochet. El amigo, conmocionado rompe en
llanto y él, con envidia, lo ve llorar sin comprender esa explosión en lágrimas y tratando de buscar dentro de sí ese llanto que lo iguale, que lo haga militante
apasionado. No solo ideologizado, sino también dotado de un componente
sentimental. Precisamente estamos en este punto en presencia del principal
quiebre que intenta la novela de Pauls con respecto a los postulados clásicos
de la literatura argentina post dictadura cívico militar. Si es la pasión según
la militancia (según ERP, Montoneros, FJC, o cualquiera de las
agrupaciones de izquierda) entonces la rabia, el sentimiento, y el llanto como
forma de expresión son totalmente lógicas y entendibles. Nada de esto le pasa
al personaje, que según vemos en el discurrir del libro se construye a sí mismo
como un desapasionado, un ateo total, un racionalista absoluto.
Este
momento de la novela nos lleva a otra de las inversiones con las que opera
Pauls: la fe. Si en el sentido clásico la fe se construye como la creencia
absoluta en ausencia de pruebas que certifiquen la existencia del objeto en el
cual se cree, el personaje opera de manera distinta. De más está decir que no
sólo no cree en nada, sino que opera sobre la fe de manera negativa, construyendo
una fe a base del dolor. Es lo único en lo que cree y le permite no creer en
nada más. El dolor se vuelve así para su vida una cuestión de fe, al mismo
tiempo que se arroga descreer de cualquier tipo de sentimientos entre los cuales incluye la dicha y la felicidad.
Aquí, puede decirse que en la ruptura se trabaja de una manera efectiva, ya que
la construcción racional antes mencionada es necesariamente una consecuencia de
una construcción mayor del personaje en cuanto a sus creencias. Si su única fe
es algo tan palpable como el dolor, es imposible que genere sentimientos
apasionados como los otros militantes. Nótese que no hay un solo principio
altruista en él, como sí los hay en la construcción de tópicos militantes de la
época.
Hay
también una denuncia, una acusación en
la novela, un desagrado importante con la figura de los cantantes de protesta,
en la misma figura de la evaluación del militante que construye Pauls. Los
argumentos lapidarios utilizados contra “bondad humana” [2] (nombre elegido para tratar al cantautor de protesta) van desde la
denuncia de la utilización de un lenguaje simple y casi irreflexivo, como la
utilización de lugares comunes para la realización de un modelo idealizante/pequeñoburgués de las ideas revolucionarias.
Finalmente,
se puede mencionar que la novela trata las relaciones amorosas a través de
estos ejes invertidos. El joven militante sale con una chilena, de clase
adinerada, de derecha a quien deja al enterarse del golpe en Chile, sin mediar
ningún tipo de sentimiento, ningún remordimiento. En esto se afirma una
construcción negativa de un altruismo militante, ya que a pesar de las
diferencias políticas entre ambos, la figura típica del militante privilegia la
acción hacia el otro. En este caso el otro no importa, no es nada o no significa
nada. Tiene valor igual a cero, es una relación de ocho meses en los cuales, el
personaje de Pauls no pudo construir nada parecido a lo sentimental, sólo un
lazo que se corta, que se rompe, cuando la democracia en Chile cae, como si la
caída del gobierno de Allende, haya significado también la caída de cualquier
tipo de relación con ese otro representado en la novia chilena.
En
resumen, la novela de Pauls trabaja y opera en sentido inverso a los postulados
clásicos de la literatura argentina post dictadura cívico militar. Las
inversión de conceptos, los quiebres no son sólo de los postulados embelesados
de los militantes de los setenta, sino que apuntan a las raíces clásicas de la familia
desde la cual se realiza la principal operación, vista como la construcción de
un personaje sin sentimientos que rompe con el mandato edípico y cuya única fe
es el dolor. Nada comparable a lo que
habitualmente se nos presenta como héroe clásico de las novelas enmarcadas en
el período que va desde finales de los sesenta a principios de los ochenta.
[1] Theodor
Adorno, filósofo alemán, intelectual perteneciente a la “Escuela Crítica”,
conocida como “Escuela de Frankfurt”, publicó junto con Max Horkheimeir: “Dialéctica
del iluminismo”, libro en el cual, se realiza un análisis crítico de la cultura
de masas y la industria del entretenimiento.
[2]
Aquí Pauls toma el nombre de una película de Akira Kurosawa a la cual hace
referencia anteriormente en el texto como la obra maestra del director.

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