martes, 10 de septiembre de 2013

Historia del llanto, la ruptura idealizante



Hay una frase que se atribuye a Theodor Adorno [1] y que dice que luego de Auschwitz no se puede hacer más poesía. A la distancia, en la literatura argentina, esa premisa parece haberse invertido post dictadura cívico militar, siendo la gran mayoría de la producción literaria un intento por reconstruir (de las ruinas de las desapariciones y torturas) un pasado idealizante de aquella juventud maravillosa que intervino junto a la clase obrera en la arena política entre el final de los años sesenta a principios de los ochenta.
En este sentido es preciso destacar que excepto por algunas excepciones, como la que trae a vida este artículo, la mayoría de las producciones, ya sean literarias o cinematográficas, pugnan por la salvedad de este pasado dejando de lado las cuestiones, quiebres, e historias que vuelven hombres - con todo su significado (en tanto errores y virtudes, miserias y pasiones) - a los personajes/tópicos que se construyen
El caso de Historia del llanto de  Alan Pauls es muestra de un trabajo en la ruptura de estas categorías. Lo primero a mencionar de esta novela es que el personaje militante tiene una historia familiar que se recorre  desde el principio en una familia separada en la cual él, de niño, desarrolla una extraña capacidad para escuchar en detrimento del habla. Aquí encontramos la primera de las inversiones con las que trabaja la novela. En una edad en la cual la intervención en el mundo es la utilización del lenguaje, el niño interviene en el mundo a través de una construcción inversa del mismo donde él es el receptor  de las palabras de distintos actores, a través de los cuales construye una red de relaciones familiares. La figura materna, a la cual escucha como un confesor, se invierte desplazándose la construcción edípica con el padre, con quien sí hablará.
Aquí en este punto también ocupa lugar central el llanto. Si lo natural es llorar en presencia de la madre como figura protectora, este rol no solo se invierte sino que se anula a favor del padre con el cual tiene la relación edípica en el sentido tradicional del término. Con el padre no solo llora, sino que es un campeón en expresarse. Encontrándose aquí la típica identificación que debería tener hacia la madre.
Otra de las inversiones que trata la novela es la construcción sentimental que se forma a través de esta historia familiar. El personaje se forma en el marxismo científico. Se vuelve un militante absolutamente racional, lo cual rompe con la figura del joven apasionado que da la vida por los ideales. El quiebre es la escena en la que ve por la televisión con un amigo el derrocamiento de Salvador Allende a manos de las tropas de Pinochet. El amigo, conmocionado rompe en llanto y él, con envidia, lo ve llorar sin comprender esa explosión en lágrimas y tratando de buscar dentro de sí ese llanto que lo iguale, que lo haga militante apasionado. No solo ideologizado, sino también dotado de un componente sentimental. Precisamente estamos en este punto en presencia del principal quiebre que intenta la novela de Pauls con respecto a los postulados clásicos de la literatura argentina post dictadura cívico militar. Si es la pasión según la militancia (según ERP, Montoneros, FJC, o cualquiera de las agrupaciones de izquierda) entonces la rabia, el sentimiento, y el llanto como forma de expresión son totalmente lógicas y entendibles. Nada de esto le pasa al personaje, que según vemos en el discurrir del libro se construye a sí mismo como un desapasionado, un ateo total, un racionalista absoluto.
Este momento de la novela nos lleva a otra de las inversiones con las que opera Pauls: la fe. Si en el sentido clásico la fe se construye como la creencia absoluta en ausencia de pruebas que certifiquen la existencia del objeto en el cual se cree, el personaje opera de manera distinta. De más está decir que no sólo no cree en nada, sino que opera sobre la fe de manera negativa, construyendo una fe a base del dolor. Es lo único en lo que cree y le permite no creer en nada más. El dolor se vuelve así para su vida una cuestión de fe, al mismo tiempo que se arroga descreer de cualquier tipo de sentimientos entre los  cuales incluye la dicha y la felicidad. Aquí, puede decirse que en la ruptura se trabaja de una manera efectiva, ya que la construcción racional antes mencionada es necesariamente una consecuencia de una construcción mayor del personaje en cuanto a sus creencias. Si su única fe es algo tan palpable como el dolor, es imposible que genere sentimientos apasionados como los otros militantes. Nótese que no hay un solo principio altruista en él, como sí los hay en la construcción de tópicos militantes de la época.
Hay también una denuncia, una acusación  en la novela, un desagrado importante con la figura de los cantantes de protesta, en la misma figura de la evaluación del militante que construye Pauls. Los argumentos lapidarios utilizados contra  “bondad humana” [2] (nombre elegido para tratar al cantautor de protesta) van desde la denuncia de la utilización de un lenguaje simple y casi irreflexivo, como la utilización de lugares comunes para la realización de un modelo idealizante/pequeñoburgués de las ideas revolucionarias.
Finalmente, se puede mencionar que la novela trata las relaciones amorosas a través de estos ejes invertidos. El joven militante sale con una chilena, de clase adinerada, de derecha a quien deja al enterarse del golpe en Chile, sin mediar ningún tipo de sentimiento, ningún remordimiento. En esto se afirma una construcción negativa de un altruismo militante, ya que a pesar de las diferencias políticas entre ambos, la figura típica del militante privilegia la acción hacia el otro. En este caso el otro no importa, no es nada o no significa nada. Tiene valor igual a cero, es una relación de ocho meses en los cuales, el personaje de Pauls no pudo construir nada parecido a lo sentimental, sólo un lazo que se corta, que se rompe, cuando la democracia en Chile cae, como si la caída del gobierno de Allende, haya significado también la caída de cualquier tipo de relación con ese otro representado en la novia chilena.
En resumen, la novela de Pauls trabaja y opera en sentido inverso a los postulados clásicos de la literatura argentina post dictadura cívico militar. Las inversión de conceptos, los quiebres no son sólo de los postulados embelesados de los militantes de los setenta, sino que apuntan a las raíces clásicas de la familia desde la cual se realiza la principal operación, vista como la construcción de un personaje sin sentimientos que rompe con el mandato edípico y cuya única fe es el dolor.  Nada comparable a lo que habitualmente se nos presenta como héroe clásico de las novelas enmarcadas en el período que va desde finales de los sesenta a principios de los ochenta.




[1] Theodor Adorno, filósofo alemán, intelectual perteneciente a la “Escuela Crítica”, conocida como “Escuela de Frankfurt”, publicó junto con Max Horkheimeir: “Dialéctica del iluminismo”, libro en el cual, se realiza un análisis crítico de la cultura de masas y la industria del entretenimiento.
[2] Aquí Pauls toma el nombre de una película de Akira Kurosawa a la cual hace referencia anteriormente en el texto como la obra maestra del director. 

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