sábado, 9 de noviembre de 2013

El museo



El museo. Alienación.




Pasamos el umbral al final de los escalones. Creo reconocer el lugar: techos altos, poca luz, espacio abierto pero oscuro. En las paredes juegos de luces iluminan los cuerpos hechos a pincel. Cambiaron las estatuas. Veo que falta la réplica del David que en mi última visita estaba monumentalizado en la recepción. El lugar parece más oscuro, no veo gente pero siento los cuerpos caminando alrededor,  no distinguiría las paredes si no fuera por el brillo menguante sobre los cuadros. Las mujeres desnudas se destacan en forma de manchones blancos estampados sobre el cielo negro del museo. Me voy acercando a las imágenes. “El primer duelo” se fija en la memoria de una forma particular. Primero evoca una especie de  trinidad profana. Yace tendido el cuerpo muerto de un hombre, y los de una mujer y un hombre vivos, la mujer tapándose el rostro, el hombre tocándose el pecho con una mano, en un gesto de perdón pero también de orgullo. Padre, madre y muerto, el triángulo pre edípico de la fidelidad trunca, de la monogamia forzosa de la mujer. Luego, es decir, al mismo tiempo, se vuelve a estancar en la memoria el erotismo de la pintura. Toda la sensualidad femenina que ha sido censurada en  la representación de la tragedia se traslada al cuerpo inerte del hombre por el simple contraste de su desnudez con la figura completamente vestida, tapada, oculta de la mujer. La vida se ha llevado toda su sexualidad y sólo queda  la figura exhibiendo en su sensual forma la potencia que no fue. El arco, los brazos caídos exponen esta impotencia. Como anverso, otra vez, al mismo tiempo, en el primer impacto, el color vivo del ganador del duelo golpea con toda su fuerza la memoria. Lleno de vida y capaz de darla, se sobrepone a la palidez de las otras figuras. La trinidad forma un degradé desde la piel rojiza, irrigada en sangre, al blanco de muerte.  El  horror de la mujer es apenas un tono más rosado que el color mortuorio del amante. Pienso que esos manchones blancos sólo pueden aparecer en lienzos europeos o que intentan serlo. Una mujer, empleada de seguridad del museo que había estado mirándome con fijeza se acerca a retarme: “no se puede acercar tanto a los cuadros”. Sin darme cuenta estaba casi tocándolo con la cara. Podía oler la mezcla de óleo seco y desinfectante. Levanté las cejas y sonreí lo más inocente que pude. Mi amiga se quejó del afán persecutivo de los empleados. Tiene razón, pero estar 10 horas parado trabajando en un museo, o en cualquier lugar es alienante. Uno, o se vuelve negligente o se vuelve persecuta. Son dos caras de la misma moneda. Minutos después descubriríamos que más lo segundo que lo primero.




             En seguida captura mi atención el cuadro con la cautiva, otra manchita, que yace desmayada en los brazos del indio. El color de ellos, siempre plurales, se confunde con el de los caballos y con el de la tierra. En la oscuridad irrespirable del museo hasta parece flotar la cautiva en el aire. La sensación de oscuridad sin límite me marea. Me pregunto si las mujeres se percibirían a sí mismas tan pálidas como en las pinturas. La palidez me hace pensar demasiado en el desmayo. Les falta el aire. Me voy sintiendo peor, pienso que mis preguntas no tienen sentido, no soy un especialista, seguro hay respuestas para eso –todo eso- que desconozco, ni siquiera sé porqué estoy escribiendo. Mejor tiro la lapicera al suelo y me dedico a sacar fotos. No necesito notas, podría escribir lo mismo sin visitar el museo, tomando un inventario y buscando las fotos en internet. O no. Para hablar sin saber, es mejor quedarse callado. Mi compulsión a la escritura siempre me traiciona y me hace decir boludeces. Mejor dejar que las imágenes hablen por sí solas. Después de todo nadie puede hablar más allá de su clase ni de su área sin transformarse en algo que no es, o al revés queriendo transformarse exponer una parafernalia de su imposibilidad. Antes que el museo me haga hablar prefiero que el museo hable de mí o que me hable con sus imágenes. Al menos el dedo no objetivo de la cámara oculta mejor estos problemas.



            Sala por sala fui sacando fotos con el celular. Si me viera un crítico me daría vergüenza, un fotógrafo me humillaría, pero es sábado, nadie en el mundo del arte trabaja los sábados,  excepto los empleados del museo. Mala memoria, mal ojo, a quién le importa, mi nueva preocupación consistía en el orden de las salas, las fotos de los cuadros y las fotos de los epígrafes. ¿Debía hacer un mapa virtual que respetase el orden geo-cronológico de las salas? ¿Debía fotografiar los cuadros que me interesaran o hacer un inventario acorde a la relevancia de los autores? El museo me expulsaba cada vez más con la idea de volver el día que me licenciara en Bellas Artes. Mi renovada atención (o mi voluntad de desconcentración) la capturaron los epígrafes. Recorrí todas las salas otra vez pero sólo leyendo los cuadraditos de acrílico. Me sentí engañada. Una gran porción de obras habían sido donadas por “reconocidas” (no por mí) familias patricias a principios de siglo. La sala Guerrico es en sí un arquetipo de este museo de donaciones. Un monumento a la vieja nobleza argentina cuyos herederos supieron inmortalizar el gusto de sus ascendientes donando cuadros que antes adornaban las paredes de caserones y estancias de Buenos Aires. Pareciera  que los muertos de la Argentina siglo XIX se dividen entre los que permanecen para siempre en el cementerio de la Recoleta y aquellos cuya vida se prolonga unos pasos más hasta el Museo Nacional a quedarse inmortalizados en un gran salón de té mortuorio. Irían caminando los Shaw, sentados los Torquinst, los Anchorena contemplando sus viejas obras junto al señor Aristóbulo del Valle, eternizado  por el coronel en las páginas de los ranqueles, los Leloir pidiendo café, y, en el centro de todos ellos la Sra. Santamarina, donante de más de 3 obras de su colección, que como una Madame Stäel porteña pone a los Uriburu, los Argerich, a todos a bailar entre los cuadros del más allá. El museo heredado nos deja cristalizadas las propiedades de otra época, nos habla del valor perdido de las obras, como si fuera un geriátrico al que van a parar los cuadros que todavía no encuentran su fin. Esto ya lo podíamos imaginar desde Duchamp en adelante, pero ahora las cosas no son tan distintas. A unos pocos metros de la misma avenida se encuentra la disco del arte actual, el museo privado de la Madame Stäel viva que puede darse el gusto de tener una colección envidiable de arte latinoamericano, subsumido al segundo piso  por las obras de las salas de estación, ocupada por artistas vivos en y por el mercado, mezcla de arte y diseño industrial,  donde todos van a obtener sus fotos para colgar en las redes sociales. Frente a este otro museo, el privado, el museo adquirido del Nacional me llena de orgullo. Conviviendo con los cuadros de familia están los otros, cuyo epígrafe mantiene el anonimato de la palabra “adquisición”, escondiendo humildemente las gestiones exitosas de los directores del museo. Entre ellos me perdí en la sala especial dedicada a Goya. La ironía de los Caprichos ya había ganado mi corazón en formato virtual. Tenerlos ahí en un museo argentino casi me hace lagrimear. Reconocí a mi familia en uno de ellos. Y en otro me vi a mi misma sufriendo por tantos pensamientos en falso. Las obras a color, los cuadros eran de la serie sobre la guerra. No sé que valor tienen, seguro habrá tres o cuatro de ellas en muchos museos del mundo, mientras que las grandes obras, entre ellas mi adorado Saturno devorando a sus hijos, seguro permanecen en “los museos” capitales que nunca voy a visitar. No me importa. Goya pasó a la historia por su inteligencia, además pintaba cuadros, que otros los compren no hace la diferencia de quién es Goya. Cuando estamos frente a una obra así, de una fineza mental que nos supera, es imposible no sentirnos culpables. Mientras otros vivían la guerra en el día a día él la burlaba pintándola. Nosotros vemos nuestras guerras en la tele todos los días como si fueran un cuento maravilloso que sucede en otro plano de existencia. Si cayera hoy mismo una bomba en el museo no lo creería hasta sentarme en mi sillón y verlo en pantalla. Y aún así los medios pasarían años diciendo que todo ha sido una puesta en escena de algún gobierno para hacer –otra- guerra no televisada. ¿Creería Goya en las versiones de las guerras imperiales? ¿Esperaría la versión del rey para pintar la guerra? Fue un hombre más allá de su tiempo, no por lo que vino después, sino por lo que estaba viniendo en ese momento, por pintar una realidad silenciosa que escapa a las cronologías pautadas por el calendario de los imperios, la realidad del hombre, la de Francisco mismo. Quizás por eso Goya dibujara, también, de noche los grabados en miniatura sobre la guerra que no entraba en los cuadros del trabajo de día. Me pregunto quién será el hombre contemporáneo que esté pintando a contraturno las obras de más allá de nuestro tiempo. Vuelvo a mirar la escena de guerra con estremecimiento. Siento un frío escabroso. El vértigo de saber que no sería parte de eso me recorrió el cuerpo.      




            Alguien me toca el brazo. No lo reconozco pero el brillo oscuro en los ojos me hace acordar a la estatua que falta. Le agarro la mano y confirmo la consistencia del bronce. Lo vuelvo a mirar para ver qué hay de él de réplica. Es absurdo, nunca vi el original en vivo, para mí este es más original que el de las fotos. Se me escapa el David y lo persigo. Un hombre grita seguridad, seguridad y me hace perder de vista la estatua. Me acerco al tumulto disperso de gente que mira inmóvil a un hombre en una silla. Ya había estado gritando pero no se entendía bien lo que hablaba. Tenía un bastón y se estaba ahogando. La gente no se acercó por su aspecto, parecía un linyera abandonado en el museo. Le pregunté si necesitaba agua, me dijo que sí, le dije al de seguridad pero ya habían venido otros. Algo en su mirada me hacía acordar a Oscar Blanco, un tanto deteriorado. De tanto mirarlo pensando en el parecido se me borró la cara del linyera. En unos años ni siquiera me voy a acordar si el hombre se parecía a Oscar o era. Quizás parezca indistinto a la memoria colectiva, pero la memoria de la crítica tiene copyright y no olvida. Algo me va a ayudar a diferenciarlos, Oscar los hubiera recagado a puteadas ante el interrogatorio forzoso. Y después se hubiera recagadoderisa, como un romántico nihilista no declarado.  Que cómo llegó, que si estaba solo, que a quién llamar para que se lo llevasen. El hombre necesitaba seguridad  y le cayó seguridad en contra. Vino solo, tenía poca movilidad. Echarlo del museo hubiera sido abandono de persona. Ganas no le faltaba al personal del arte. Después del vaso de agua el hombre se incorporó y continuó su visita, no sin una sombra de tres empleados escoltando sus pasos. Era el momento ideal para acercarse a los cuadros. Esta idea me dio cosquillas, apuré el paso.



            Nos fuimos al otro extremo de las salas, la de obras nacionales, empapelada con los cuadros de Prilidiano Pueyrredón y los más detallistas de Cándido López. Sin duda José Mármol fue más benévolo con la imagen de Manuelita que el señor Prilidiano. Y eso que este es el retrato más logrado. Parecía un hombre.  El mismo Juan Manuel en cualquier retrato tiene cara más femenina. El vestido rojo punzó es impactante, pero si el retrato hubiera sido pintado en tiempos de Rosas al pintor no le hubiera costado menos que la horca. Dicen que se volvió a exiliar después de pintarlo. Los artistas son tan crueles con las mujeres vestidas como los unitarios con los federales, ni recuerdos dejaron. Imaginen la coalición de las dos cosas juntas. El tesoro deseado una vez obtenido es moneda corriente. La belleza de Manuelita se evaporó ni bien derrocaron al padre.  Ahí estaba detenida en la historia la Manuelita salida de una feria. Eso sí, con su vestido punzó, disfrazada de clase alta, exhibida en el museo como una conquista del buen gusto unitario.  Muy cerca de ésta, otra obra de Prilidiano atrapó mi egotismo. Me pareció verme a mí misma tomando un baño. Miré más de cerca y sentí de pronto una línea de agua  haciéndome cosquillas a la altura de las tetas. De verme tan exhibida frente al público me hubiera sumergido hasta el cuello. Pero claramente no estaba mirando bien de frente. Me acerqué al cuadro y lo toqué. Unas gotas de agua se derramaron en mis dedos. Decidí entrar por la parte más húmeda.





            Del otro lado un desfile de mujeres en bolas me deslumbra. Era como el detrás de escena, la sala de maquillaje y peluquería de un evento internacional, pero a diferencia de las reales, digo, las de la tele,  todas las mujeres –palidísimas, tenían dimensiones informes. El pincel no llegaría a capturar la celulitis, pero sí las cinturas voluminosas, los pezones desviados, las cabezas desproporcionalmente pequeñas de mujeres que sin pisar la pasarela posaron para la historia. Sólo las señoras retratadas del museo adquirido llevaban ropa, y la exótica Emperatriz Theodora que hipnotizaba con su realismo 3D. El resto, la Venus lista para bañarse, la ninfa voluminosa, la Psiquis en la fuente, la criada recién despierta, la mujer desnuda dormida, la torturada reposante de Schiaffino, la Diana sorprendida y sus secuaces, un par de estatuas,  todas, todas, en bolas dando vueltas por las salas. El museo era una playa nudista a cielo cerrado. De las paredes colgaban espejos donde las modelos se miraban e imitaban las formas que el pintor les pedía. Rápidamente me dediqué a buscar el paradigma de la ninfa. No era tan fácil como en el libro. Acá las mujeres estaban vivas, no eran pedazos de cuerpos, no parecía haber signatura en la experiencia. Intente pensarlas como obras a ver si así resultaba más fácil. Pero en tal caso la obra sería el museo mismo. Al menos podía entretenerme comparándolas con mujeres reales. Podríamos pensar que al no parecerse a las mujeres de la tele se podrían parecer a las mujeres de la calle. Pero si algo destacaba a estas mujeres era todo aquello que las diferenciaba de otras mujeres.  Figuras pálidas, de dos metros o más, caminaban por las salas indiferentes a las miradas. Ni la ropa, ni la seducción eran femeninas. Estaban hechas por hombres. La más hermosa, la “floreal” de Raphael Collin, estaba tirada en los pastos fingiendo un orgasmo. No tendría más de quince años, pero esa boca apenas abierta sabría de lo que hablo. Yo me había salido de mi bañera antigua y estaba mojando el piso. Buscaba algún trapo que ponerme pero no había nada. Pasó un travesti vestido de rojo, con una especie de campana navideña en la cintura y se lo intenté arrancar. Cuando la voz estentórea me grito salvaje, salvajeeee reconocí a Manuelita. La imaginé pegando moños rojos en el pelo de las mujeres, pero aquí la historia era otra. Una y otra vez ensayaba la postura de fingida naturaleza apoyando apenas una mano en una mesita. Para el resto del mundo el detalle era insignificante. Para ella era el gesto sutil que indicaba que estaba dispuesta a pedir ayuda, que no era como su padre, erguido sólo en sí mismo, ella necesitaba, o quería necesitar un apoyo para sostenerse. Así, a los tropiezos ingresaba Manuelita en la sociedad. Al rato de entretenerme con este acto repetitivo escuché un sonido familiar. Era mi voz puteando y el posterior sonido de la caída de la lapicera con la que estaba escribiendo esta crónica. Me di vuelta casi sin respirar. Allí estaba Anónima en bolas agarrando la birome, poniéndosela en un cinturón que simulaba la forma del miembro masculino. Sabía que Anónima no debía leer ese libro, tan masculino, tan neoliberal. Me vio y colocó la lapicera en el lugar esperado. Empezó a caminar hacia acá. Un instinto sobrehumano apuró mi huida. Le arranqué la cola del vestido a Manuela mientras me gritaba rajá boluda.  Sin duda ella era más fuerte. Me metí en la sala verdosa  de los impresionistas, corrí a una vieja frente al cuadro, moví un Renoir como si fuera un puerta y me metí adentro.



            El traspaso esta vez fue más forzoso. Me empujé con los codos para soltarme de la cintura y caer del otro lado del cuadro. Ahora tenía un casco para ver en la oscuridad que me indicaba cuantas vidas tenía.  Se almacenaban a la izquierda de la pantalla-visor en forma de libros. Como arma disponía de una lapicera parecida a la de Anónima. Tenía una misión que cumplir: armar el paradigma de la ninfa, salvar una nena que era el eslabón perdido de la ninfa contemporánea y sobrevivir a los ataques de Anónima, la crítica de arte. Reconocí en seguida el mapa. Veo al David que faltaba en la entrada. Lo tomo del brazo para confirmar si es de bronce y no de piedra. Al darse vuelta sonríe como si fuera a retarlo. Creo reconocer en su gesto la cara de réplica, pero no podría asegurarlo, nunca vi el original. Ya se había soltado cuando trataba de imaginarlo. Cuando se fue me recargó una vida. Me doy cuenta que ya estuve en esta sala, estaba perdiendo tiempo. Guardé el arma y cambié de sala. La de los impresionistas era ahora un cuarto color verde donde había una mesa, una tijera, pegamento y varias figuritas iguales. Me acerqué sigilosamente. De cerca en la figurita creí ver una foto de mi espalda, más oscura que el resto de las mujeres, tomando sol en una playa. Eran réplicas de la Mujer en el Mar de Gauguin, fotocopiadas y pintadas como por un infante. Cuando tomé una de las figuritas cambié de mapa. Una mujer real se me apareció de espalda, también desnuda. Creí reconocerme y la di vuelta para ver si era Anónima. Tomé los hombros y sentí la carne expuesta al sol, el hueso flexible. La di vuelta y encontré la misma espalda. La di vuelta, otra vez la espalda. En la playa otra espalda igual pero de pie caminaba en la arena más amarilla que de costumbre. Venía de frente. Corrí e intenté encontrar una cara. No. No. No. Todo era espaldas. Decenas y decenas de espaldas morenas con rodete negro deambulaban en la playa. El mar parecía picado por olas geométricas de un azul profundo. Desesperada me metí en él a ver si encontraba una isla. El agua estaba bien hecha, parecía una foto móvil. A los pocos metros de la playa se terminaba el mapa y mi personaje se chocaba contra el cuadrado virtual sin poder avanzar. Me sumergí en el agua y empecé a encontrar más figuritas del Gauguin. Creí que era un pista y no me equivoqué. En el fondo del mar en una casa de vidrio había una nena. Era Anónima misma, a los 5 años, justo antes de ser Anónima. Estaba cortando figuritas y pintándolas de color. Al lado Graciela Speranza oficiaba de psicopedagoga. La baja tolerancia a la frustración ya se notaba en la elección de los juegos. Speranza anotaba algo sobre el método de  cortar y pegar. La nena  parecía autista y no notó mi presencia o eso creí. Sin levantar la vista me señaló hacia la derecha con la tijera. Nadé hasta allá y encontré una especie de cofre escondido tras las algas. Entre los objetos recolectados de mi personaje encontré una llave. Abrí el cofre. Caí dentro.



            La gravedad era más pesada. Mi existencia bidimensional había cesado y ahora me dolía el cuerpo. Estaba colgando del brazo de una especie de soga. No veía nada. Escuché la risa de Anónima desde abajo y empecé a trepar. De a uno sonaban los parmiles prendiéndose y lastimándome los ojos con la luz. Al ver de nuevo entendí el gesto displicente de la niña. Había hecho un carroussel gigante suspendido en el vacío. En vez de sillas voladoras había miles y miles de sogas con figuritas de la espalda del Gauguin colgando del techo de lona dorada. Brillaban los destellos de la arena en la oscuridad. Una nena gigante seguía sumando figuritas recién pintadas. Las trenzaba con hilos. Era la única espectadora. La figuras tenían distintos tamaños, algunas eran más grandes que mi cuerpo. Di vuelta una y, como era de esperarse, estaban impresas y pintadas espaldas de los dos lados. Si Speranza viera la obra total correría horrorizada. La nena había concentrado los restos materiales de toda su experiencia ahí mismo. cada tarjetita contenía los segundos en que la mano cortaba el papel, elegía los colores, pintaba. Todos los pensamientos imperceptibles para su memoria habían quedado registrados en el papel. Las tarjetas giraban al ritmo de la música. La música sonaba en su mente mientras armaba el juguete. Además lo contemplaba. Miles de ellas de espalda. Por eso quizás me puso a mí, a sí misma en ese lugar, atrapada con Anónima. De sólo pensarla vino el miedo de nuevo.  Nada de todo este teatro era más real que ella. Siempre llevamos el miedo como una cédula intransferible de identidad, de una identidad perversa.  Anónima se reía y me disparaba con lapiceras. No quería darme vuelta por no encontrar un insecto enorme aguijoneándome. No sé bien a qué temía. Es como aquello que falta, no puede precisarse. Pero a diferencia de la falta el miedo echa más sujeto en el sujeto. Digamos que estaba cagada en las patas. Y ése era el único instante en que yo era yo y no ella.   No importa cuánto tuviera que trepar, no pensaba escribirle una hoja. Giraban las figuritas al son de la música de calesita de película íbamos saltando de soga en soga.  Finalmente, ya exhausta, siento una mano agarrándome el pie desde abajo. Anónima me tiró al vacío, me tiró de los pelos y me abrazó por atrás. Cogimos en el aire al ritmo de la música del carrousel tecno . Pensé lo que pienso siempre en esos momentos. Si existiera, la falta sería igual a sí misma, en mí, en todas las mujeres. El miedo es diferente, es siempre igual a lo otro, pero acá, en esta mujer. Imaginé, sentí mi cuerpo expulsando un órgano entre los labios latiendo. Cuando intentaba sacarlo con las manos sentía que entraba y se expandía. Más adentro era más y más cuerpo afuera. Al cerrar las piernas el cuerpo se hacía más grande. La falta de gravedad me confundía. La mujer que salía o entraba de mis piernas era Anónima. Seguíamos cayendo sin que los cuerpos pudieran sentir ninguna dirección. Estábamos de espalda a todas. Esperábamos el golpe a medida que nos olvidábamos de él. Nos desmayamos.



            Me despierto en un campo, con la sensación de recuerdo en las piernas, pensando en si la obra total debía contener su propia crítica o cerrarse sobre sí misma y volverse inexpresable. Pensamientos de entresueño, al principio no veo nada, el sol me quema los ojos y el verde pálido de la escena parece estar borroneado. Veo un molino en la distancia e intento incorporarme. Camino, camino, camino. Creo haber pasado 10 minutos mirando la misma cara del molino sin haber avanzado un paso. Debería haber dado más de un círculo alrededor. Imagino que el aire también vuelve siempre al mismo lugar y me empiezo a sentir asfixiada. Parándome de costado, miro la puerta del lugar de reojo y decido caminar en esa posición. En 20 pasos estoy al pie del molino. La atmósfera seca  de color verde y amarillo fétidos me da ganas de refugiarme dentro. Subo corriendo y entro. Las paredes de madera floja dejan entrar el sol por las hendijas, brillan las partículas con olor a humedad. En una mesa que parece de casino dos sujetos ponen fichas en una tabla de números. Más de cerca me son conocidos. Parecen no notar mi presencia. Don Miguel le dice a José Luis: le apuesto mi apellido a que soy capaz de escribir una novela que contenga todas las novelitas existentes y además se burle de ellas en menos de mil hojas. José Luis con una mueca le responde: no creo Don Miguel que mi apellido tenga algo que envidiarle al suyo y hasta pongo en duda que usted lo guarde con celo, con esa treta de viejo falsificador difícilmente engañe a alguien de mi trayectoria. Sin embargo, acepto y redoblo su apuesta. Mi método es más económico.  Pongo en canje mi gallardía por mostrarle que no necesito escribir una obra tan extensa sino que de su misma novelita me reiré de toda la literatura en lo que cabe un cuento sin si quiera variar una de sus palabras. La única condición es que usted debe escribir su obra quinientos años antes que la mía y le aseguro que no pasarán otros quinientos años antes de que su magna novela sólo sea recordada para explicar mi breve cuento. Don Miguel con cara de haberse escandalizado por la insolencia de José Luis accede: cerremos el pacto aquí mismo, le aseguro que mi protagonista no tendrá nada que envidiarle a su gallardía.-


            Mi corazón palpita confundido. Todo lo que había leído tenía un sentido extraño. Pienso que de la manera en que estaba formulada la apuesta ninguno de los dos perdería. Algo andaba mal, alguien debió suponer que esos personajes me distraerían, el molino debe ser otra trampa, me subo a la mesa e intento arrancarle la máscara a Borges. No se despega. Le meto los dedos en los ojos y caigo adentro. Espero ver a Shakespeare pero no. Hay un hombre con una manta roja brillante puesta como poncho, parece un sombrero mexicano lleno de colores con hilos dorados. Tiene puesto una galera alta de fines de siglo XIX. Da vueltas alrededor de una sala con forma de carpa militar, ensaya una frase y se sienta en el piso con las piernas cruzadas. Repite una y otra vez dos oraciones y en seguida se sienta tratando de naturalizar el movimiento sin que se mueva la galera. “Sarmiento no existe; pertenece a la historia. Juzgarlo es nuestro derecho.” Se sienta,  mueve la galera, se fastidia y vuelve a empezar cambiando el tono. “Sarmiento no existe; (carraspea) pertenece a la historia. Juzgarlo es nuestro derecho”.   Detrás de una de las telas de la carpa veo escondido a quién parece ser un Borges niño tomando nota. Me ve asustado y  escapa, dejando caer la lapicera. Al intentar levantarla casi saco de lugar mi hombro. La miro y me doy cuenta que es igual a la de Anónima, pero mil veces más pesada. La dejo en el piso e intento no mirarla. Algo anda mal. La pluma va aumentando de tamaño hasta aplastarme contra las paredes. No puedo respirar. Me trepo al extravagante personaje que ha quedado entre la pluma y la carpa, subo por su sombrero  convertido en una escalera hasta techo del lugar. Empujo la tela tratando de romperla y escapar. Necesito algo cortante. Rompo mis lentes y abro un tajo. Salto y la gravedad nos da la vuelta, estoy cayendo con fuerza, de cabeza impacto en la tela. Mi cara siente el óleo seco quebrándose. El cuadro se abre en dos separando las piernas de la bañista de bretaña. Escucho anónima riendo del aterrizaje. Los turistas gimen horrorizados al unísono, toman fotos. No veo nada. Trato de hacer foco y buscar un pedazo de lente. Los brazos de la seguridad me llevan del museo porque un Gauguin original me ha parido  intentando escapar de mí misma. Me tranquilizo pensando que le debe pasar igual a todas las mujeres que visitan el museo. 

domingo, 3 de noviembre de 2013

Un museo, el Museo y la Biblioteca.

I

Museo del Libro. La espera.



            Tres de la tarde, media hora temprano para la cita pactada con  mi amiga en la biblioteca nacional. Yo ya estoy en la puerta. La culpa es del tren por no llegar tarde esta vez. Espontáneamente mi cuerpo decide que entremos al museo del libro a esperarla. Lo primero que uno pregunta –consciente o inconscientemente-  al entrar un edificio es si debe pagar. Gloria para mi bolsillo, la entrada es gratis y el recepcionista excepcionalmente amable. El nombre de Roberto Arlt funciona como imán. Magnéticamente pregunté dónde estaba la exposición y bajé corriendo al subsuelo. Primero me reí por encontrarme en un museo para chicos.  Me entretuve sacándole con  los escenarios surgidos de las novelas, con la tintorería para perros, con las caras del astrólogo y la posibilidad de sacar una foto con la propia imagen, en fin una juguetería literaria. Pero cuando detrás de las frases y objetos raros, más pertenecientes al imaginario desatado por la narrativa que al objeto de museo, entreveo en la tele la cara de mi profesora de la facultad, la más seria, la siemprevestidadenegro Sylvia Saitta. Mi entretenimiento se puso serio. Empecé a leer las pequeñas acotaciones críticas insertadas en mi juguetería arltiana como una texto vivo que trepaba las paredes del museo. Más tarde, cansada de jugar o de leer o de esperar,  subí del cuarto que me hubiera gustado tener en la infancia y me dediqué a ojear la publicación crítica de la biblioteca “Arlt en dos” donde se puede ver el fundamento detrás de la exposición. Mi fin de mes forzoso no me permitió llevar el libro a casa y de todas maneras mi intención no es hablar sobre Arlt porque  simplemente no estoy capacitada para hacerlo (y menos con la cara de la profe mirando!).  Me interesa el detrás del museo, la justificación de la obra, aquello que las exposiciones no dicen pero uno (consciente o no) las percibe. En este caso la propuesta era muy a-efectiva. En la planta baja el tema general era la conformación de las lenguas, la polifonía cultural de principios de siglo, tema central de los primeros años del secundario y bastante central en la Argentina abierta a Latinoamérica en que los docentes damos clases todos los días. Me imaginé visitando el museo con mis alumnos y asignándoles tareas que difícilmente cumplirían.  La diversión del principio me dibujó la cara fácil del reproche “¿por qué no hacer un museo del libro en serio?” Pero ponerlo en palabras me hizo dar cuenta de lo infantil de la pregunta ¿qué es un libro en serio? ¿Qué es un museo en serio? ¿Qué espero de un museo? ¿Acaso vine a confirmar mis saberes y me licencié divirtiéndome? Creo que en esos momentos, además de parecerme a mi madre, me ataca la eterna hipocresía de la clase media argentina que, como a Silvio Astier, la hace capaz de traicionar al de al lado (gentileza intelectual de la dama de negro). Si todavía no confirmaron esta hipótesis no les hace falta más que visitar la biblioteca.

La biblioteca. Expulsión.



            Salgo del “museo” para entrar en la biblioteca, lugar que debiendo ser la casa de albergue de aquellos que no tienen acceso (digo, que no pueden comprarlos) a determinados libros  (otra enseñanza de Arlt vía Saitta!) termina siendo el escritorio privado de estudiantes que no pueden leer en casa los sábados a la tarde porque papá y mamá se ponen histéricos. Lugar que, a pesar de este detalle ocasional, es mi preferido por ser el único espacio público, digo gratis, desde donde se puede leer bajo techo mirando al río (o al menos el único que conozco). Como el quinto piso era en mi recuerdo la sala silenciosa le pregunto a una de las nuevas recepcionistas cuál es la sala en la que estaba permitido hablar. Me aclaró sin dudarlo –sexto piso. Al llegar no encontré lugar. Una centena de estudiantes muy bien vestidos y equipados con sus apuntes facultativos que estudiaban sin mirarse la cara levantaron al unísono las cabezas para auscultar al que irrumpía el silencio de su sala. Mi pánico escénico me hizo bajar la mirada y apelar a la búsqueda de los rincones hasta encontrar lugar para mí y mi amiga y así poder empezar la bendita monografía de a dos.  Hasta que llegó me quedé leyendo -en silencio- parte del corpus.
            Llega mi amiga, le grabo archivos, me pasa otros, comentamos el contenido de cada uno para reconocer el material. Quince minutos habrá durado nuestra susurrante investigación en conjunto cuando una rubia lectora de maquiavelo nos invita a abandonar el recinto y buscar una sala parlante, afirmando con seguridad que allí –no se podía hablar. Nuestro recato y buen trato siempre ha sido envidiable, pero si con algo no podemos lidiar es con la exposición ante el otro y si con algo no estamos dispuestas a lidiar es con el maltrato. Le aclaramos que en la entrada nos habían dicho que “en el sexto piso estaba permitido hablar”, pero respetando la ignorancia colectiva del otro y viendo que realmente los estudiantes de la Biblioteca no intercambiaban ideas como nosotras, sapos de otro pozo, nos fuimos en busca de lugares públicos –me refiero a -gratuitos- donde poder llevar a cabo nuestro trabajo.
            Antes de partir intentamos pasar por el quinto piso para asegurarnos de que la sala no silenciosa o menos silenciosa era la que nos había expulsado. Apelamos a la buena información de una de las empleadas de seguridad que muy atentamente no explicó que allí “no hay sala parlante, esto es una biblioteca”. Yo creí de pronto haber inventado un término nuevo para el universo mental de los concurrentes (y ahora empleados también) de la Biblioteca Nacional. Por suerte mi amiga me trajo al mundo recordándome que en la facultad todavía existen salas parlantes. A pesar de los folletos, libros y proyectos que la “BN” lleva a cabo para generar una articulación entre la biblioteca y otras prácticas culturales, los usuarios intentaron dejarnos dos lecciones fundamentales: en las bibliotecas no se habla y las salas parlantes no existen. Por suerte nuestra vida de estudiantes  nos ha enseñado a intercambiar saber (además de consultarlo) en el espacio físico no tan implícitamente monasterizado de otras bibliotecas. Nos fuimos, no sin antes confirmar que desde abajo en la recepción creían que se podía hablar en el sexto piso, (-desde al lado no-) y en el quinto tampoco.  Subí a informarle a la maquiavélica lectora que –efectivamente- esa era la sala menos silenciosa de la biblioteca y partimos dándole la espalda que era lo más silencioso que teníamos. Una vez fuera y al no encontrar más alternativa que una cadena estadounidense de café caminamos hasta plaza francia, lugar de nombre no tan paradójico para los edificios nacionales de fin de siglo.  Pasando por la puerta, mi cuerpo otra vez espontáneo nos llevó al Museo Nacional de Bellas Artes.