domingo, 3 de noviembre de 2013

Un museo, el Museo y la Biblioteca.

I

Museo del Libro. La espera.



            Tres de la tarde, media hora temprano para la cita pactada con  mi amiga en la biblioteca nacional. Yo ya estoy en la puerta. La culpa es del tren por no llegar tarde esta vez. Espontáneamente mi cuerpo decide que entremos al museo del libro a esperarla. Lo primero que uno pregunta –consciente o inconscientemente-  al entrar un edificio es si debe pagar. Gloria para mi bolsillo, la entrada es gratis y el recepcionista excepcionalmente amable. El nombre de Roberto Arlt funciona como imán. Magnéticamente pregunté dónde estaba la exposición y bajé corriendo al subsuelo. Primero me reí por encontrarme en un museo para chicos.  Me entretuve sacándole con  los escenarios surgidos de las novelas, con la tintorería para perros, con las caras del astrólogo y la posibilidad de sacar una foto con la propia imagen, en fin una juguetería literaria. Pero cuando detrás de las frases y objetos raros, más pertenecientes al imaginario desatado por la narrativa que al objeto de museo, entreveo en la tele la cara de mi profesora de la facultad, la más seria, la siemprevestidadenegro Sylvia Saitta. Mi entretenimiento se puso serio. Empecé a leer las pequeñas acotaciones críticas insertadas en mi juguetería arltiana como una texto vivo que trepaba las paredes del museo. Más tarde, cansada de jugar o de leer o de esperar,  subí del cuarto que me hubiera gustado tener en la infancia y me dediqué a ojear la publicación crítica de la biblioteca “Arlt en dos” donde se puede ver el fundamento detrás de la exposición. Mi fin de mes forzoso no me permitió llevar el libro a casa y de todas maneras mi intención no es hablar sobre Arlt porque  simplemente no estoy capacitada para hacerlo (y menos con la cara de la profe mirando!).  Me interesa el detrás del museo, la justificación de la obra, aquello que las exposiciones no dicen pero uno (consciente o no) las percibe. En este caso la propuesta era muy a-efectiva. En la planta baja el tema general era la conformación de las lenguas, la polifonía cultural de principios de siglo, tema central de los primeros años del secundario y bastante central en la Argentina abierta a Latinoamérica en que los docentes damos clases todos los días. Me imaginé visitando el museo con mis alumnos y asignándoles tareas que difícilmente cumplirían.  La diversión del principio me dibujó la cara fácil del reproche “¿por qué no hacer un museo del libro en serio?” Pero ponerlo en palabras me hizo dar cuenta de lo infantil de la pregunta ¿qué es un libro en serio? ¿Qué es un museo en serio? ¿Qué espero de un museo? ¿Acaso vine a confirmar mis saberes y me licencié divirtiéndome? Creo que en esos momentos, además de parecerme a mi madre, me ataca la eterna hipocresía de la clase media argentina que, como a Silvio Astier, la hace capaz de traicionar al de al lado (gentileza intelectual de la dama de negro). Si todavía no confirmaron esta hipótesis no les hace falta más que visitar la biblioteca.

La biblioteca. Expulsión.



            Salgo del “museo” para entrar en la biblioteca, lugar que debiendo ser la casa de albergue de aquellos que no tienen acceso (digo, que no pueden comprarlos) a determinados libros  (otra enseñanza de Arlt vía Saitta!) termina siendo el escritorio privado de estudiantes que no pueden leer en casa los sábados a la tarde porque papá y mamá se ponen histéricos. Lugar que, a pesar de este detalle ocasional, es mi preferido por ser el único espacio público, digo gratis, desde donde se puede leer bajo techo mirando al río (o al menos el único que conozco). Como el quinto piso era en mi recuerdo la sala silenciosa le pregunto a una de las nuevas recepcionistas cuál es la sala en la que estaba permitido hablar. Me aclaró sin dudarlo –sexto piso. Al llegar no encontré lugar. Una centena de estudiantes muy bien vestidos y equipados con sus apuntes facultativos que estudiaban sin mirarse la cara levantaron al unísono las cabezas para auscultar al que irrumpía el silencio de su sala. Mi pánico escénico me hizo bajar la mirada y apelar a la búsqueda de los rincones hasta encontrar lugar para mí y mi amiga y así poder empezar la bendita monografía de a dos.  Hasta que llegó me quedé leyendo -en silencio- parte del corpus.
            Llega mi amiga, le grabo archivos, me pasa otros, comentamos el contenido de cada uno para reconocer el material. Quince minutos habrá durado nuestra susurrante investigación en conjunto cuando una rubia lectora de maquiavelo nos invita a abandonar el recinto y buscar una sala parlante, afirmando con seguridad que allí –no se podía hablar. Nuestro recato y buen trato siempre ha sido envidiable, pero si con algo no podemos lidiar es con la exposición ante el otro y si con algo no estamos dispuestas a lidiar es con el maltrato. Le aclaramos que en la entrada nos habían dicho que “en el sexto piso estaba permitido hablar”, pero respetando la ignorancia colectiva del otro y viendo que realmente los estudiantes de la Biblioteca no intercambiaban ideas como nosotras, sapos de otro pozo, nos fuimos en busca de lugares públicos –me refiero a -gratuitos- donde poder llevar a cabo nuestro trabajo.
            Antes de partir intentamos pasar por el quinto piso para asegurarnos de que la sala no silenciosa o menos silenciosa era la que nos había expulsado. Apelamos a la buena información de una de las empleadas de seguridad que muy atentamente no explicó que allí “no hay sala parlante, esto es una biblioteca”. Yo creí de pronto haber inventado un término nuevo para el universo mental de los concurrentes (y ahora empleados también) de la Biblioteca Nacional. Por suerte mi amiga me trajo al mundo recordándome que en la facultad todavía existen salas parlantes. A pesar de los folletos, libros y proyectos que la “BN” lleva a cabo para generar una articulación entre la biblioteca y otras prácticas culturales, los usuarios intentaron dejarnos dos lecciones fundamentales: en las bibliotecas no se habla y las salas parlantes no existen. Por suerte nuestra vida de estudiantes  nos ha enseñado a intercambiar saber (además de consultarlo) en el espacio físico no tan implícitamente monasterizado de otras bibliotecas. Nos fuimos, no sin antes confirmar que desde abajo en la recepción creían que se podía hablar en el sexto piso, (-desde al lado no-) y en el quinto tampoco.  Subí a informarle a la maquiavélica lectora que –efectivamente- esa era la sala menos silenciosa de la biblioteca y partimos dándole la espalda que era lo más silencioso que teníamos. Una vez fuera y al no encontrar más alternativa que una cadena estadounidense de café caminamos hasta plaza francia, lugar de nombre no tan paradójico para los edificios nacionales de fin de siglo.  Pasando por la puerta, mi cuerpo otra vez espontáneo nos llevó al Museo Nacional de Bellas Artes.





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