I
Tres
de la tarde, media hora temprano para la cita pactada con mi amiga en la biblioteca nacional. Yo ya
estoy en la puerta. La culpa es del tren por no llegar tarde esta vez. Espontáneamente
mi cuerpo decide que entremos al museo del libro a esperarla. Lo primero que
uno pregunta –consciente o inconscientemente-
al entrar un edificio es si debe pagar. Gloria para mi bolsillo, la
entrada es gratis y el recepcionista excepcionalmente amable. El nombre de
Roberto Arlt funciona como imán. Magnéticamente pregunté dónde estaba la
exposición y bajé corriendo al subsuelo. Primero me reí por encontrarme en un
museo para chicos. Me entretuve sacándole
con los escenarios surgidos de las
novelas, con la tintorería para perros, con las caras del astrólogo y la posibilidad
de sacar una foto con la propia imagen, en fin una juguetería literaria. Pero
cuando detrás de las frases y objetos raros, más pertenecientes al imaginario
desatado por la narrativa que al objeto de museo, entreveo en la tele la cara
de mi profesora de la facultad, la más seria, la siemprevestidadenegro Sylvia
Saitta. Mi entretenimiento se puso serio. Empecé a leer las pequeñas
acotaciones críticas insertadas en mi juguetería arltiana como una texto vivo
que trepaba las paredes del museo. Más tarde, cansada de jugar o de leer o de
esperar, subí del cuarto que me hubiera
gustado tener en la infancia y me dediqué a ojear la publicación crítica de la
biblioteca “Arlt en dos” donde se puede ver el fundamento detrás de la
exposición. Mi fin de mes forzoso no me permitió llevar el libro a casa y de
todas maneras mi intención no es hablar sobre Arlt porque simplemente no estoy capacitada para hacerlo
(y menos con la cara de la profe mirando!). Me interesa el detrás del museo, la
justificación de la obra, aquello que las exposiciones no dicen pero uno
(consciente o no) las percibe. En este caso la propuesta era muy a-efectiva. En
la planta baja el tema general era la conformación de las lenguas, la polifonía
cultural de principios de siglo, tema central de los primeros años del
secundario y bastante central en la Argentina abierta a Latinoamérica en que
los docentes damos clases todos los días. Me imaginé visitando el museo con mis
alumnos y asignándoles tareas que difícilmente cumplirían. La diversión del principio me dibujó la cara
fácil del reproche “¿por qué no hacer un museo
del libro en serio?” Pero ponerlo en
palabras me hizo dar cuenta de lo infantil de la pregunta ¿qué es un libro en serio?
¿Qué es un museo en serio? ¿Qué espero de un museo? ¿Acaso vine a confirmar mis
saberes y me licencié divirtiéndome? Creo que en esos momentos, además de
parecerme a mi madre, me ataca la eterna hipocresía de la clase media argentina
que, como a Silvio Astier, la hace capaz de traicionar al de al lado (gentileza
intelectual de la dama de negro). Si todavía no confirmaron esta hipótesis no
les hace falta más que visitar la
biblioteca.
Salgo
del “museo” para entrar en la biblioteca, lugar que debiendo ser la casa de
albergue de aquellos que no tienen acceso (digo, que no pueden comprarlos) a
determinados libros (otra enseñanza de
Arlt vía Saitta!) termina siendo el escritorio privado de estudiantes que no
pueden leer en casa los sábados a la tarde porque papá y mamá se ponen
histéricos. Lugar que, a pesar de este detalle ocasional, es mi preferido por
ser el único espacio público, digo gratis, desde donde se puede leer bajo techo
mirando al río (o al menos el único que conozco). Como el quinto piso era en mi
recuerdo la sala silenciosa le pregunto a una de las nuevas recepcionistas cuál
es la sala en la que estaba permitido hablar. Me aclaró sin dudarlo –sexto
piso. Al llegar no encontré lugar. Una centena de estudiantes muy bien vestidos
y equipados con sus apuntes facultativos que estudiaban sin mirarse la cara
levantaron al unísono las cabezas para auscultar al que irrumpía el silencio de
su sala. Mi pánico escénico me hizo bajar la mirada y apelar a la búsqueda de
los rincones hasta encontrar lugar para mí y mi amiga y así poder empezar la
bendita monografía de a dos. Hasta que
llegó me quedé leyendo -en silencio- parte del corpus.
Llega
mi amiga, le grabo archivos, me pasa otros, comentamos el contenido de cada uno
para reconocer el material. Quince minutos habrá durado nuestra susurrante investigación
en conjunto cuando una rubia lectora de maquiavelo nos invita a abandonar el
recinto y buscar una sala parlante, afirmando con seguridad que allí –no se
podía hablar. Nuestro recato y buen trato siempre ha sido envidiable, pero si
con algo no podemos lidiar es con la exposición ante el otro y si con algo no
estamos dispuestas a lidiar es con el maltrato. Le aclaramos que en la entrada
nos habían dicho que “en el sexto piso estaba permitido hablar”, pero
respetando la ignorancia colectiva del otro y viendo que realmente los
estudiantes de la Biblioteca no
intercambiaban ideas como nosotras, sapos de otro pozo, nos fuimos en busca de
lugares públicos –me refiero a -gratuitos- donde poder llevar a cabo nuestro
trabajo.
Antes
de partir intentamos pasar por el quinto piso para asegurarnos de que la sala
no silenciosa o menos silenciosa era la que nos había expulsado. Apelamos a la
buena información de una de las empleadas de seguridad que muy atentamente no
explicó que allí “no hay sala parlante, esto es una biblioteca”. Yo creí de
pronto haber inventado un término nuevo para el universo mental de los
concurrentes (y ahora empleados también) de la Biblioteca Nacional. Por suerte
mi amiga me trajo al mundo recordándome que en la facultad todavía existen
salas parlantes. A pesar de los folletos, libros y proyectos que la “BN” lleva
a cabo para generar una articulación entre la biblioteca y otras prácticas
culturales, los usuarios intentaron dejarnos dos lecciones fundamentales: en
las bibliotecas no se habla y las salas parlantes no existen. Por suerte
nuestra vida de estudiantes nos ha enseñado
a intercambiar saber (además de consultarlo) en el espacio físico no tan implícitamente
monasterizado de otras bibliotecas. Nos
fuimos, no sin antes confirmar que desde abajo en la recepción creían que se podía hablar en el sexto piso,
(-desde al lado no-) y en el quinto tampoco. Subí a informarle a la maquiavélica lectora
que –efectivamente- esa era la sala menos silenciosa de la biblioteca y
partimos dándole la espalda que era lo más silencioso que teníamos. Una vez
fuera y al no encontrar más alternativa que una cadena estadounidense de café
caminamos hasta plaza francia, lugar de nombre no tan paradójico para los
edificios nacionales de fin de siglo. Pasando
por la puerta, mi cuerpo otra vez espontáneo nos llevó al Museo Nacional de
Bellas Artes.


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