Lana del Rey visitará la
Argentina en el marco del Planeta Terra Festival que se llevará a
cabo en Tecnópolis, en noviembre de este año. Francamente sorprende
la aparición de del Rey en estos pagos, ya que su música no parece
cuajar bien en los medios masivos de difusión, de los cuales está
casi ausente. Y es que la nueva diva del ¿pop? es poco conocida por
aquí, y con razón: es por demás difícil escuchar su música fuera
de su país de origen, donde sus alusiones al American way of
living pueden resultar poco
simpáticas. Ni The Guardian, reconocido diario inglés, pudo tolerar
el campo semántico yanqui que chorrean las canciones de del Rey,
sumadas a su (por momentos) voz de niña bien del Upper East Side. El
mundo, parece, ya está cansado del nacionalismo berreta de la tierra
de la libertad, la democracia y las guerras en medio oriente.
Ocurre,
sin embargo, que hay que matizar. No es necesario prestar demasiada
atención para notar que Lana del Rey no hace una alabanza ciega al
American Dream. Su mundo de Bel Air, atravesado de rimmel, vestidos
rojos, tacos altos, Bugatti Veyron y Mountain Dew dietéticos, tiene
una oscuridad que perturba y deja traslucir si no una crítica sí
definitivamente un costado macabro al fetichismo consumista.
Para
empezar, quienes hablan en las canciones de Lana del Rey son o esas
mujeres dramáticas que entran en la oficina del detective privado
oliendo a Channel n°5, hermosas pero alcohólicas, adictas y con un
amplio historial delictivo, o bien las enfants terribles
a lo Lolita (dicho sea
de paso, del Rey tiene un tema homónimo), crecidas antes de tiempo
dentro de las cuatro paredes de un internado católico de la Ivy
League, rodeadas de la pandilla
de las gossip girls Blair Waldorf y Serena van der Woodsen. Lo que
estas mujeres muy dignas de Puig traen no es un mensaje moralizante
del tipo “La plata no compra la felicidad”, sino que más bien
vienen a afirmar todo lo contrario. Su idea es que la plata sí
compra la felicidad, pero la felicidad es jugar a los videojuegos
(“Video games”) con tu hombre cocainómano (“Off to the
races”), ignorando hasta cuándo durarán los buenos tiempos (“Born
to die”) en la medida en que se basen en las apariencias efímeras
del universo del consumo (“Young and Beautiful”, “Blue Jeans”
y “Radio”).
Con
respecto a la música en sí, los productores de del Rey mezclan un
sonido propio de las baladas de los años '40 y '50 a cargo de las
cuerdas, con elementos de jazz, blues, trip-hop y pop difícilmente
reconocible si se lo compara con el que Katy Perry o Lady Gaga vienen
imponiendo. Del Rey, por su parte, juega muy bien con las
alternancias entre estos géneros diversos, adaptando su voz (sin
autotune), según la ocasión lo exija, al rol de la niña suburbana,
bonita y salvaje, o al de la femme fatale
de vestido rojo (siempre rojo) que ronronea y suspira ante la
audiencia indiferente del music hall, entre tragos de whisky y
bocanadas de Phillip Morris.
A
todo esto, la imagen acompaña. Sus videos cuentan las historias que
el cine del imperio nos ha legado, desde huidas con estereotipos de
bad boys a lo James
Dean, lágrimas, histeria e intentos de suicidio de señoritas de la
high class solitarias
en paraísos vacíos, e incluso una recreación del asesinato de
Kennedy con un actor negro haciendo de presidente. Todo el dramatismo
exagerado del melodrama que ya conocemos bien se intercala con
primeros planos del rostro triste de del Rey, perdido eternamente en
una mueca de entre aburrimiento y dolor por un pasado (real) de
adicciones, que exhibe cuán personales y autobiográficas son las
canciones que ella misma escribe, aportándole fuerza y credibilidad
a versos que, desencarnados, podrían sonar a frase hecha o a lugar
común (esto último, algo que del Rey pone efectivamente en juego
para resignificar y dar giros nuevos al cliché).
Primer single del album "Born to die", "Video games", consta de una colección de clips filmados por la propia del Rey.
Segundo single de "Born to die", el video de la canción homónima presenta la historia (que de tan visitada podría ser ya un género) de la niña bien fugándose con el bad boy, encontrando un final trágico.
"National Anthem" recrea el asesinato de Kennedy, con del Rey haciendo de Jacqueline Kennedy y el rapero ASAP Rocky haciendo de JFK. El clip se abre con del Rey cantando el feliz cumpleaños al presidente, emulando a Marilyn Monroe, y cierra de nuevo con del Rey, esta vez leyendo en off un monólogo de Jacqueline Kennedy acerca de su relación con el presidente de Estados Unidos. El video fue bien recibido por la crítica, pero generó polémica en Youtube, donde abundaron comentarios racistas.
En
suma, incluso con todas las reservas que puede despertar el
pro-norteamericanismo en América Latina y puntualmente en Argentina
después de los '90, Lana del Rey prueba que es más que una chica
linda que repite estribillos en un culto inconsciente a lo superfluo.
Tanto desde la letra como desde el sonido y la imagen, su música
reúne elementos controversiales y heterogéneos de la cultura
dominante, y los mezcla para dar con un producto que no termina de
parecerse a nada que se esté haciendo en este momento.
¿Manifestación genuina de disconformidad o repetición de la misma
devoción al American dream disfrazada de alternativa? Habrá que ir
a escucharla a Villa Martelli el mes próximo.

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