martes, 1 de octubre de 2013

La espectacularización de la muerte. Recoleta show

La muerte es un hecho trágico, vívido por los deudos como un momento insoportable en cualquiera de los casos que toque. Es que no existe el precepto tantas veces mencionado: “murió en paz”. La muerte no es otra cosa que un hecho traumático, invivible.

Nuestra cultura, nuestra forma de vivir la muerte la convierte en un hecho cultural asociado con la congoja. Ante la muerte no existe otra respuesta que el silencio, el llanto como una impostura. El velatorio del cadáver, que se expone ante los dolientes durante 24 horas para luego ser exhumado en una ceremonia, ante la bendición del representante religioso es una de las formas del Adiós más intolerables

Reconocer a la muerte como un hecho cultural[1] es reconocer que puede haber otras formas de vivirla. Por ejemplo, para tomar un lugar cercano a nuestra cultura, en Estados Unidos, la ceremonia de la muerte se vive como un hecho vinculado más a la memoria y a la reunión, que a la despedida dolorosa.

Jorge Luis Borges ha escrito que morirse es una costumbre que suele tener la gente. ¿Qué pasa si esa costumbre pudiera convertirse en un espectáculo? ¿Qué vinculación puede tener la muerte como hecho cultural trágico con la función espectáculo? ¿Qué reglas pueden devenir lo trágico a espectáculo?

En la Recoleta funciona uno de los cementerios más viejos de Ciudad de Buenos Aires, creado en 1822 durante la Gobernación de Martín Rodriguez[2], en el predio donde funcionaba el huerto de la disuelta orden de Los Recoletos[3]. En la puerta del cementerio, del lado de afuera, se lee una la frase en latín Resquiescant in pace, que significa Descansen en paz, del lado de adentro se lee otra frase en latín: Expectamun dominum, que se traduce como Esperamos al señor. 


En este cementerio la muerte es una espectáculo, el rito de la finalización de la vida funciona como uno de los engranajes de una industria cultural[4] que todo lo abarca. En este caso, las bóvedas, las tumbas, no son un lugar íntimo reservado únicamente para los deudos o familiares de los occisos.  Hay un rito distinto que parece dominar a la Recoleta, que atenta contra cualquier intimidad posible. Hay una impostura de espectacularidad que convierte a los muertos en objetos de visualización, de deseo de entretenimiento. El dolor desaparece dándole lugar al goce que causa del consumo-diversión.

La posibilidad de conocer a los cadáveres de quienes fueron la historia del país, de primera mano, le da al espectador un plus por encima de cualquier cementerio de similar arquitectura.  Aquí, Dorrego y Lavalle muertos, a quince o veinte metros de distancia, constituyen uno de los pares opositivos que en el lugar se disfrutan por parte del espectador como una atracción. Dos enemigos que en vida, llevaron su enfrentamiento al extremo, tanto que Lavalle fusiló a Dorrego, conviven, si se permite este término, como una de las principales gravitaciones del lugar.

La muerte espectáculo objetiviza al cadáver. El cuerpo se resignifica. El valor del mismo se reconstruye para llegar a un estadio diferente. Ya no es el cuerpo vacío, muerto, que espera la visita del otro doliente. Ahora el cadáver toma una significación cultural. El muerto es objeto de espectacularización. Se transforma a sí mismo en hecho artístico.

 Los vejámenes que sufrió el cuerpo de Eva Duarte de Perón son narrados por los guías turísticos como elementos de entretenimiento, que lejos de horrorizar al oyente, lo  convierten en una historia que eleva el valor artístico de la bóveda de quién fuera una de las principales mujeres de la historia política del siglo XX.


De esta manera, Sarmiento y Rosas, con la contradicción en sí misma que significa que Rosas permanezca en un cementerio designado para las clases altas, forman parte de una de las principales antinomias que más allá de ser tratadas superfluamente por los visitantes, son puestas en escena como un teatro de la historia argentina.

Hay una doble significación que se representa al espectador. Por un lado la fantasía de la representación de un cuerpo que permanece oculto. Un cuerpo que se vuelve imposible de visualización, pero que gana en significado por la bóveda que lo contiene, y por el otro la expectación que provoca un devenir del cuerpo en objeto artístico.

El cadáver/entretenimiento es una ruptura que vacía un significado y lo reemplaza por otro. El signo de la muerte hecho social/cultural deriva a un tipo escultural del mismo. El hombre que fue, abandona al que ha sido inclusive en la muerte y toma entidad de obra de arte. Se convierte en un mito, se purifica. El cuerpo deja atrás todo rastro del hombre que ha sido, y se resignifica  elevándose al lugar de mitología


La historia en tanto discurrir analizable pierde su entidad. Se convierte junto con el cadáver y adquiere su nueva significación: la historia-espectáculo. El valor inicial desaparece y toma una nueva forma de significar. Se convierte en una posibilidad de la literatura que explota sus potencialidades en el cuento, narración del personaje.

La muerte es arte. Las esculturas que decoran el cementerio y las bóvedas son hechos artísticos excepcionales, especialmente diseñadas para el lugar y de un valor importantísimo. Ellas son apreciadas por su valor en sí y no por el lugar/ función que cumplen en el cementerio. La muerte se espectaculariza otra vez. Se vuelve también un hecho artístico cuando en un responso, los visitantes participan observando el evento como una escena teatralizada del dolor. Observar, participar, fotografiar, convierten al visitante en espectador de una historia. Escuchar sobre la vida de Álvaro Alsogaray, despojándolo de cualquier valoración de su intervención en la economía argentina, y admirar su lugar de entierro convierte en teatro a la vida del muerto, a actor al cadáver y a espectador al visitante.


La espectacularización de la muerte cumple las expectativas de la industria cultural. La muerte objeto de espectáculo, en tanto función show  nos mantiene entretenidos. Ahí donde no hay posibilidad de entretenimiento, el valor dolor muere, y renace en dispersión. El espectáculo despoja el cementerio de toda estética de la muerte en el sentido tradicional, y lo dota de una estética artística para entretener al visitante.

La industria cultural logra en el cementerio de la Recoleta revertir un hecho cultural propio de la sociedad. Lo convierte a su vez en un entretenimiento, y lo espectaculariza al punto de transformar las historias más terribles, a los asesinos más insensibles como Ramón Falcón, en hechos culturales, cadáveres actores, vidas espectáculos.








[1] Algunas posturas  que la muerte es una exclusión de la cultura, ya que significa un fin último. No lo entiendo así, existe toda una postura de nuestra idiosincrasia ante la muerte.
[2] Martín Rodriguez murió en Montevideo en 1845, fue héroe en las invasiones inglesas y un gran militar en la guerra de la independencia.
[3] Orden  de sacerdotes que siguen los preceptos de San Agustín
[4] Adorno habló de este concepto como la creación constante por parte del capitalismo de entretenimientos. En este caso, considero que la muerte se convierte en un entretenimiento. 

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