La
muerte es un hecho trágico, vívido por los deudos como un momento insoportable
en cualquiera de los casos que toque. Es que no existe el precepto tantas veces
mencionado: “murió en paz”. La muerte no es otra cosa que un hecho traumático,
invivible.
Nuestra
cultura, nuestra forma de vivir la muerte la convierte en un hecho cultural
asociado con la congoja. Ante la muerte no existe otra respuesta que el silencio,
el llanto como una impostura. El velatorio del cadáver, que se expone ante los
dolientes durante 24 horas para luego ser exhumado en una ceremonia, ante la
bendición del representante religioso es una de las formas del Adiós más
intolerables
Reconocer
a la muerte como un hecho cultural[1] es reconocer que puede
haber otras formas de vivirla. Por ejemplo, para tomar un lugar cercano a
nuestra cultura, en Estados Unidos, la ceremonia de la muerte se vive como un
hecho vinculado más a la memoria y a la reunión, que a la despedida dolorosa.
Jorge
Luis Borges ha escrito que morirse es una costumbre que suele tener la gente.
¿Qué pasa si esa costumbre pudiera convertirse en un espectáculo? ¿Qué
vinculación puede tener la muerte como hecho cultural trágico con la función
espectáculo? ¿Qué reglas pueden devenir lo trágico a espectáculo?
En
la Recoleta funciona uno de los cementerios más viejos de Ciudad de Buenos
Aires, creado en 1822 durante la Gobernación de Martín Rodriguez[2], en el predio donde
funcionaba el huerto de la disuelta orden de Los Recoletos[3]. En la puerta del
cementerio, del lado de afuera, se lee una la frase en latín Resquiescant in pace, que significa Descansen en paz, del lado de adentro se
lee otra frase en latín: Expectamun
dominum, que se traduce como Esperamos
al señor.
En
este cementerio la muerte es una espectáculo, el rito de la finalización de la
vida funciona como uno de los engranajes de una industria cultural[4] que todo lo abarca. En
este caso, las bóvedas, las tumbas, no son un lugar íntimo reservado únicamente
para los deudos o familiares de los occisos.
Hay un rito distinto que parece dominar a la Recoleta, que atenta contra
cualquier intimidad posible. Hay una impostura de espectacularidad que
convierte a los muertos en objetos de visualización, de deseo de
entretenimiento. El dolor desaparece dándole lugar al goce que causa del
consumo-diversión.
La
posibilidad de conocer a los cadáveres de quienes fueron la historia del país,
de primera mano, le da al espectador un plus por encima de cualquier cementerio
de similar arquitectura. Aquí, Dorrego y
Lavalle muertos, a quince o veinte metros de distancia, constituyen uno de los
pares opositivos que en el lugar se disfrutan por parte del espectador como una
atracción. Dos enemigos que en vida, llevaron su enfrentamiento al extremo,
tanto que Lavalle fusiló a Dorrego, conviven, si se permite este término, como
una de las principales gravitaciones del lugar.
La
muerte espectáculo objetiviza al cadáver. El cuerpo se resignifica. El valor
del mismo se reconstruye para llegar a un estadio diferente. Ya no es el cuerpo
vacío, muerto, que espera la visita del otro doliente. Ahora el cadáver toma
una significación cultural. El muerto es objeto de espectacularización. Se
transforma a sí mismo en hecho artístico.
Los vejámenes que sufrió el cuerpo de Eva
Duarte de Perón son narrados por los guías turísticos como elementos de
entretenimiento, que lejos de horrorizar al oyente, lo convierten en una historia que eleva el valor
artístico de la bóveda de quién fuera una de las principales mujeres de la
historia política del siglo XX.
De
esta manera, Sarmiento y Rosas, con la contradicción en sí misma que significa
que Rosas permanezca en un cementerio designado para las clases altas, forman
parte de una de las principales antinomias que más allá de ser tratadas
superfluamente por los visitantes, son puestas en escena como un teatro de la
historia argentina.
Hay
una doble significación que se representa al espectador. Por un lado la
fantasía de la representación de un cuerpo que permanece oculto. Un cuerpo que
se vuelve imposible de visualización, pero que gana en significado por la
bóveda que lo contiene, y por el otro la expectación que provoca un devenir del
cuerpo en objeto artístico.
El
cadáver/entretenimiento es una ruptura que vacía un significado y lo reemplaza
por otro. El signo de la muerte hecho social/cultural deriva a un tipo
escultural del mismo. El hombre que fue, abandona al que ha sido inclusive en
la muerte y toma entidad de obra de arte. Se convierte en un mito, se purifica.
El cuerpo deja atrás todo rastro del hombre que ha sido, y se resignifica elevándose al lugar de mitología
La
historia en tanto discurrir analizable pierde su entidad. Se convierte junto
con el cadáver y adquiere su nueva significación: la historia-espectáculo. El
valor inicial desaparece y toma una nueva forma de significar. Se convierte en
una posibilidad de la literatura que explota sus potencialidades en el cuento,
narración del personaje.
La
muerte es arte. Las esculturas que decoran el cementerio y las bóvedas son
hechos artísticos excepcionales, especialmente diseñadas para el lugar y de un
valor importantísimo. Ellas son apreciadas por su valor en sí y no por el
lugar/ función que cumplen en el cementerio. La muerte se espectaculariza otra
vez. Se vuelve también un hecho artístico cuando en un responso, los visitantes
participan observando el evento como una escena teatralizada del dolor. Observar,
participar, fotografiar, convierten al visitante en espectador de una historia.
Escuchar sobre la vida de Álvaro Alsogaray, despojándolo de cualquier valoración
de su intervención en la economía argentina, y admirar su lugar de entierro
convierte en teatro a la vida del muerto, a actor al cadáver y a espectador al
visitante.
La
espectacularización de la muerte cumple las expectativas de la industria cultural.
La muerte objeto de espectáculo, en tanto función show nos mantiene entretenidos. Ahí donde no hay
posibilidad de entretenimiento, el valor dolor muere, y renace en dispersión.
El espectáculo despoja el cementerio de toda estética de la muerte en el sentido
tradicional, y lo dota de una estética artística para entretener al visitante.
La
industria cultural logra en el cementerio de la Recoleta revertir un hecho
cultural propio de la sociedad. Lo convierte a su vez en un entretenimiento, y
lo espectaculariza al punto de transformar las historias más terribles, a los
asesinos más insensibles como Ramón Falcón, en hechos culturales, cadáveres
actores, vidas espectáculos.
[1]
Algunas posturas que la muerte es una
exclusión de la cultura, ya que significa un fin último. No lo entiendo así,
existe toda una postura de nuestra idiosincrasia ante la muerte.
[2]
Martín Rodriguez murió en Montevideo en 1845, fue héroe en las invasiones
inglesas y un gran militar en la guerra de la independencia.
[3]
Orden de sacerdotes que siguen los
preceptos de San Agustín
[4]
Adorno habló de este concepto como la creación constante por parte del
capitalismo de entretenimientos. En este caso, considero que la muerte se
convierte en un entretenimiento.
Excelente post.
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