martes, 29 de octubre de 2013

Come on baby, light my fire. En llamas: entre la individualidad y la comunidad

La segunda parte de la saga Los juegos del hambre propone una interesante disputa al nivel del personaje principal y narradora, Katniss, quien se debatirá entre la elección de su mundo individual privado o la elección de una lucha pública colectiva junto a los distritos marginados por el Capitolio de Panem.



Hacia una rebelión
Cansada de ser un peón del juego mediático monopólico del presidente Snow, la reciente ganadora de Los juegos del Hambre deberá tomar una decisión: huir con su familia o quedarse a pelear con sus pares marginados, morir sola escapando o morir luchando por una causa. La condena es la misma. Cuando opta por lo segundo, luego de atestiguar la cruel tortura sufrida por su mejor amigo en manos de las fuerzas del Estado, comienza a descubrir de a poco que todo sistema, por más poderoso que parezca, por más orquestado que se encuentre, por más verticalista que sea, tiene su grieta. Los alambrados nunca están completamente electrificados, los agentes de paz no siguen todos el mismo régimen de tortura y el mayor exhibicionismo del poder del Capitolio, Los Juegos mismos no son sistemas perfectos. Al respecto (y para no spoilear mucho la trama) nos referiremos a un hecho particular: el relato acerca de cómo Haymitch, mentor de Katniss y Peeta, ganó los juegos varios años atrás.

           Haymitch va derecho a su barranco y, justo cuando llega al borde, ella lanza el hacha. Él se deja caer en el suelo y el hacha sale volando hacia el abismo. […] Lo que ella no sabe y él sí es que el hacha volverá. Cuando lo hace, sale volando del borde del barranco y se clava en la cabeza de la chica. (Collins, 2013:212).

La victoria de Haymitch está basada en un error, un bug, en el diseño virtual de la arena. Lo estético, lo visible, lo bello: el espacio de los juegos del hambre presenta grietas. El mentor del distrito 12 no ganó sólo por su habilidad asesina, por ser el mejor tributo, ganó por un error del sistema impuesto por el Capitolio. Será el inicio de una grieta y de una germinación de la rebelión.

Hacia algo nuevo dentro de un género literario comercial

Así como Haymitch prueba las grietas del sistema opresivo del Capitolio, esta arrobera cree que la autora, Suzanne Collins, hizo algo parecido con el género en el que (¿la editorial?, ¿el marketing?, ¿el mercado?, ¿todo?) inscribe esta obra. Charloteando con una querida lectora de AC, recibimos su indignación frente a la simplona categorización del libro en el género juvenil. Razón tiene. Pero lo más importante es que puso a esta arrobera a pensar (¡milagro!): ¿En qué estante de mi biblioteca (real o virtual, si queremos hacernos los cancheros) colocaría esta copia? Mi biblioteca (me refiero al mueble heredado de mi abuela) no está ordenada alfabéticamente (por ahora) y tiene (entre otros) un sector “anglófonos”. Allí definitivamente lo ubicaría. ¿Y después? ¿Qué grieta abro entre los libros? ¿Entre cuáles lo pongo? Respondiéndole a ese comentario mencionado se me ocurrió Ray Bradbury y Patti Smith. Bradbury por el tipo de relato distópico y Patti Smith por el tipo de relato femenino/autobiográfico. Ahora bien, ¿no es esto último pero a nivel “ficticio” (de mentiritas) el tipo de relato juvenil en estos días? Twilight sí, Fifty Shades (su versión erotic), sí ¿Pero qué pasa con otros como Ciudad de Hueso y Harry Potter narrados en tercera? Lo femenino, y la primera persona no son elementos constitutivos de la “saga juvenil” (aclaro esto, porque lo leí por ahí y me pareció reductivo y banal). Mi elección por ponerlo entre Fahrenheit 451 y Just Kids comienza a alejar al libro del relato juvenil (si es que existe, si es que esa denominación no es más que una forma de lanzarlo al mercado inmediato). Lo único que el libro comparte con el relato juvenil es que la protagonista es joven y está por momentos sumergida en un triángulo amoroso como en Twilight, salvo que acá al menos está bien escrito (sí, ya fue, lo dije). Tomar el relato juvenil y agrietarlo (y encima gusta). Esta obra es una buena manera de irrumpir (y romper) el sector en el que algunas librerías la colocan al lado de Crepúsculo. 

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