De vuelta de su viaje, E.
me cuenta:
It was a small world
after all y éramos todos muy felices porque eran los 90 de nuevo
y Su reino había venido a nosotros. Un perro naranja se sacaba fotos
conmigo y mis hermanos, un pato con moño le firmaba autógrafos a mi
papá, y dos ardillas corrían alrededor nuestro hablando en una
lengua aceleradísima, como la de los dibujitos animados que pasan
por Cablín. Mi mamá se reía, cosa que casi nunca hace (a menos que
se tome la pastilla rosa que guarda en la mesita de luz), y tiraba al
aire papel picado que si lo mirabas de cerca eran billetes verdes con
la cara de un señor patilludo. Íbamos caminando y el piso se
prendía con cada paso que dábamos, un paso y lucecitas rojas, y
otro paso y lucecitas azules, y lucecitas blancas, y por la calle
desfilaban una india y un pirata y un joven con turbante y un tigre y
muchas mujeres blancas y capullos de flor y enanos con hachas y
sierras eléctricas. Los carros del desfile eran tirados por cuatro
caballos de un blanco inverosímil, y la gente que los veía pasar
aplaudía y gritaba y se comía una fantasyland cheeseburger
con salsa barbacoa mientras
cantábamos el himno y le hacíamos la reverencia al rey y a la reina
y a la fila de princesas que serían reinas mañana. Como el
piso, el cielo también se iluminaba con explosiones de colores, y
era difícil determinar si uno estaba caminando por la tierra o por
las nubes.
Pero he aquí lo que
sucedió. El cortejo estaba por llegar al palacio donde ya habían
danzado las teteras y los juguetes y las alfombras, y parecía que en
cualquier momento iban a sacar el Cuerpo ungido del freezer
para que saludara a las masas que lo aclamaban cuando empezamos a
sentir un olor inaceptable en el aire. Todos dejamos de aplaudir y de
gritar y de comer y apuntamos la nariz a una dirección indefinida,
sin dar crédito a lo que nuestras fosas nasales estaban registrando.
Intentamos disimularlo (yo, que tanto había ensayado para mi
comunión, más que nadie) pero no había duda. Nosotros conocíamos
bien el olor. Los que se hacían los desentendidos seguramente lo
conocían mejor. Era, naturalmente, bosta fresca.
Se hizo entonces un
silencio tremendo. Los carros se detuvieron. Por un instante pensé
que había llegado el fin de la Historia, y que los cimientos del
reino iban a temblar con la ira del dios con cabeza de rata y cuerpo
de hombre que vendría a juzgarnos y a tragarnos a todos nosotros,
pecadores extranjeros, para devolvernos al barro del que nos habíamos
escapado de pura casualidad. Imaginé que el dios saldría de las
entrañas de la Tierra y que me devoraría a mí primero, a mí, la
no bautizada, miembro culpable por miembro culpable, con una
voracidad furiosa, masticándome, deglutiéndome, excretándome,
dejando sin probar sólo lo peor de mí a modo de castigo eterno. Me
imaginé teniendo que arrastrarme por el piso, lucecitas rojas,
azules y blancas, lamiendo la bosta de los caballos para que el
desfile continuara hoy y mañana también, por los siglos de los
siglos, amén. Pero nada de eso pasó. En cambio, ocurrió un
milagro, y fui salvada. Mi madre, previendo lo que vendría, me tapó
los ojos y me empujó para que avanzara. En la oscuridad de sus
palmas, entre sus dedos, vislumbré que los flashes de las cámaras
volvían a titilar, y que un caballo y otro caballo y dos caballos
caían al suelo y que las lucecitas eran rojas nada más. Quise
llorar, pero supe que no podría ser de otra forma porque de otra
forma habría sido yo, y escuché entonces que la gente volvía a
gritar y a aplaudir. Comprendí así que el dios me aceptaba, que
contaba con su favor, y que como prueba de ello llevaría por siempre
la marca de su generosidad hacia mí y de su ira hacia otros en mi
pecho, cerca de un corazón que, como el de sus apóstoles, nunca
encontraría reposo sino en la cinta magnética de una tarjeta de
crédito.
Al rato estábamos en
otro lugar, más adelante, más lejos, y mi padre nos decía “No
miren atrás”, aunque era evidente que ya no había nada que mirar.
Yo le hacía caso igualmente porque tenía cinco años y el mundo era
un lugar enorme donde de repente me sentaba a fumar un porro con vos
en la terraza y me preguntabas si alguna vez había viajado a otro
país y yo me quedaba callada porque me da vergüenza decirte que sí
y mostrarte la cicatriz que dejó en mi cuerpo el dios con cabeza de
rata y cuerpo de hombre para que todos sepan que fui elegida mientras
las lucecitas se apagaban a mis pies y sólo quedaban las de color
rojo.

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