El museo. Alienación.
Pasamos el umbral al final de los
escalones. Creo reconocer el lugar: techos altos, poca luz, espacio abierto
pero oscuro. En las paredes juegos de luces iluminan los cuerpos hechos a
pincel. Cambiaron las estatuas. Veo que falta la réplica del David que en mi
última visita estaba monumentalizado en la recepción. El lugar parece más
oscuro, no veo gente pero siento los cuerpos caminando alrededor, no distinguiría las paredes si no fuera por
el brillo menguante sobre los cuadros. Las mujeres desnudas se destacan en
forma de manchones blancos estampados sobre el cielo negro del museo. Me voy
acercando a las imágenes. “El primer duelo” se fija en la memoria de una forma
particular. Primero evoca una especie de
trinidad profana. Yace tendido el cuerpo muerto de un hombre, y los de
una mujer y un hombre vivos, la mujer tapándose el rostro, el hombre tocándose
el pecho con una mano, en un gesto de perdón pero también de orgullo. Padre,
madre y muerto, el triángulo pre edípico de la fidelidad trunca, de la
monogamia forzosa de la mujer. Luego, es decir, al mismo tiempo, se vuelve a
estancar en la memoria el erotismo de la pintura. Toda la sensualidad femenina
que ha sido censurada en la
representación de la tragedia se traslada al cuerpo inerte del hombre por el
simple contraste de su desnudez con la figura completamente vestida, tapada,
oculta de la mujer. La vida se ha llevado toda su sexualidad y sólo queda la figura exhibiendo en su sensual forma la
potencia que no fue. El arco, los brazos caídos exponen esta impotencia. Como
anverso, otra vez, al mismo tiempo, en el primer impacto, el color vivo del
ganador del duelo golpea con toda su fuerza la memoria. Lleno de vida y capaz
de darla, se sobrepone a la palidez de las otras figuras. La trinidad forma un
degradé desde la piel rojiza, irrigada en sangre, al blanco de muerte. El
horror de la mujer es apenas un tono más rosado que el color mortuorio
del amante. Pienso que esos manchones blancos sólo pueden aparecer en lienzos
europeos o que intentan serlo. Una mujer, empleada de seguridad del museo que
había estado mirándome con fijeza se acerca a retarme: “no se puede acercar
tanto a los cuadros”. Sin darme cuenta estaba casi tocándolo con la cara. Podía
oler la mezcla de óleo seco y desinfectante. Levanté las cejas y sonreí lo más
inocente que pude. Mi amiga se quejó del afán persecutivo de los empleados.
Tiene razón, pero estar 10 horas parado trabajando en un museo, o en cualquier
lugar es alienante. Uno, o se vuelve negligente o se vuelve persecuta. Son dos
caras de la misma moneda. Minutos después descubriríamos que más lo segundo que
lo primero.
En seguida captura mi atención el cuadro con
la cautiva, otra manchita, que yace desmayada en los brazos del indio. El color
de ellos, siempre plurales, se confunde con el de los caballos y con el de la
tierra. En la oscuridad irrespirable del museo hasta parece flotar la cautiva
en el aire. La sensación de oscuridad sin límite me marea. Me pregunto si las
mujeres se percibirían a sí mismas tan pálidas como en las pinturas. La palidez
me hace pensar demasiado en el desmayo. Les falta el aire. Me voy sintiendo
peor, pienso que mis preguntas no tienen sentido, no soy un especialista,
seguro hay respuestas para eso –todo eso- que desconozco, ni siquiera sé porqué
estoy escribiendo. Mejor tiro la lapicera al suelo y me dedico a sacar fotos.
No necesito notas, podría escribir lo mismo sin visitar el museo, tomando un
inventario y buscando las fotos en internet. O no. Para hablar sin saber, es
mejor quedarse callado. Mi compulsión a la escritura siempre me traiciona y me
hace decir boludeces. Mejor dejar que las imágenes hablen por sí solas. Después
de todo nadie puede hablar más allá de su clase ni de su área sin transformarse
en algo que no es, o al revés queriendo transformarse exponer una parafernalia
de su imposibilidad. Antes que el museo me haga hablar prefiero que el museo
hable de mí o que me hable con sus imágenes. Al menos el dedo no objetivo de la
cámara oculta mejor estos problemas.
Sala
por sala fui sacando fotos con el celular. Si me viera un crítico me daría
vergüenza, un fotógrafo me humillaría, pero es sábado, nadie en el mundo del
arte trabaja los sábados, excepto los
empleados del museo. Mala memoria, mal ojo, a quién le importa, mi nueva
preocupación consistía en el orden de las salas, las fotos de los cuadros y las
fotos de los epígrafes. ¿Debía hacer un mapa virtual que respetase el orden
geo-cronológico de las salas? ¿Debía fotografiar los cuadros que me interesaran
o hacer un inventario acorde a la relevancia de los autores? El museo me
expulsaba cada vez más con la idea de volver el día que me licenciara en Bellas
Artes. Mi renovada atención (o mi voluntad de desconcentración) la capturaron
los epígrafes. Recorrí todas las salas otra vez pero sólo leyendo los
cuadraditos de acrílico. Me sentí engañada. Una gran porción de obras habían
sido donadas por “reconocidas” (no por mí) familias patricias a principios de
siglo. La sala Guerrico es en sí un arquetipo de este museo de donaciones. Un
monumento a la vieja nobleza argentina cuyos herederos supieron inmortalizar el
gusto de sus ascendientes donando cuadros que antes adornaban las paredes de
caserones y estancias de Buenos Aires. Pareciera que los muertos de la Argentina siglo XIX se
dividen entre los que permanecen para siempre en el cementerio de la Recoleta y
aquellos cuya vida se prolonga unos pasos más hasta el Museo Nacional a
quedarse inmortalizados en un gran salón de té mortuorio. Irían caminando los
Shaw, sentados los Torquinst, los Anchorena contemplando sus viejas obras junto
al señor Aristóbulo del Valle, eternizado por el coronel en las páginas de los
ranqueles, los Leloir pidiendo café, y, en el centro de todos ellos la Sra.
Santamarina, donante de más de 3 obras de su colección, que como una Madame
Stäel porteña pone a los Uriburu, los Argerich, a todos a bailar entre los
cuadros del más allá. El museo heredado nos deja cristalizadas las propiedades
de otra época, nos habla del valor perdido de las obras, como si fuera un
geriátrico al que van a parar los cuadros que todavía no encuentran su fin. Esto
ya lo podíamos imaginar desde Duchamp en adelante, pero ahora las cosas no son
tan distintas. A unos pocos metros de la misma avenida se encuentra la disco
del arte actual, el museo privado de la Madame Stäel viva que puede darse el
gusto de tener una colección envidiable de arte latinoamericano, subsumido al
segundo piso por las obras de las salas
de estación, ocupada por artistas vivos en y por el mercado, mezcla de arte y
diseño industrial, donde todos van a
obtener sus fotos para colgar en las redes sociales. Frente a este otro museo,
el privado, el museo adquirido del
Nacional me llena de orgullo. Conviviendo con los cuadros de familia están los
otros, cuyo epígrafe mantiene el anonimato de la palabra “adquisición”,
escondiendo humildemente las gestiones exitosas de los directores del museo. Entre
ellos me perdí en la sala especial dedicada a Goya. La ironía de los Caprichos
ya había ganado mi corazón en formato virtual. Tenerlos ahí en un museo
argentino casi me hace lagrimear. Reconocí a mi familia en uno de ellos. Y en
otro me vi a mi misma sufriendo por tantos pensamientos en falso. Las obras a
color, los cuadros eran de la serie sobre la guerra. No sé que valor tienen,
seguro habrá tres o cuatro de ellas en muchos museos del mundo, mientras que
las grandes obras, entre ellas mi adorado Saturno devorando a sus hijos, seguro
permanecen en “los museos” capitales que nunca voy a visitar. No me importa.
Goya pasó a la historia por su inteligencia, además pintaba cuadros, que otros
los compren no hace la diferencia de quién es Goya. Cuando estamos frente a una
obra así, de una fineza mental que nos supera, es imposible no sentirnos
culpables. Mientras otros vivían la guerra en el día a día él la burlaba
pintándola. Nosotros vemos nuestras guerras en la tele todos los días como si
fueran un cuento maravilloso que sucede en otro plano de existencia. Si cayera
hoy mismo una bomba en el museo no lo creería hasta sentarme en mi sillón y
verlo en pantalla. Y aún así los medios pasarían años diciendo que todo ha sido
una puesta en escena de algún gobierno para hacer –otra- guerra no televisada. ¿Creería
Goya en las versiones de las guerras imperiales? ¿Esperaría la versión del rey
para pintar la guerra? Fue un hombre más allá de su tiempo, no por lo que vino
después, sino por lo que estaba viniendo en ese momento, por pintar una
realidad silenciosa que escapa a las cronologías pautadas por el calendario de
los imperios, la realidad del hombre, la de Francisco mismo. Quizás por eso
Goya dibujara, también, de noche los grabados en miniatura sobre la guerra que
no entraba en los cuadros del trabajo de día. Me pregunto quién será el hombre
contemporáneo que esté pintando a contraturno las obras de más allá de nuestro
tiempo. Vuelvo a mirar la escena de guerra con estremecimiento. Siento un frío
escabroso. El vértigo de saber que no sería parte de eso me recorrió el cuerpo.
Alguien
me toca el brazo. No lo reconozco pero el brillo oscuro en los ojos me hace
acordar a la estatua que falta. Le agarro la mano y confirmo la consistencia
del bronce. Lo vuelvo a mirar para ver qué hay de él de réplica. Es absurdo,
nunca vi el original en vivo, para mí este es más original que el de las fotos.
Se me escapa el David y lo persigo. Un hombre grita seguridad, seguridad y me
hace perder de vista la estatua. Me acerco al tumulto disperso de gente que
mira inmóvil a un hombre en una silla. Ya había estado gritando pero no se
entendía bien lo que hablaba. Tenía un bastón y se estaba ahogando. La gente no
se acercó por su aspecto, parecía un linyera abandonado en el museo. Le
pregunté si necesitaba agua, me dijo que sí, le dije al de seguridad pero ya
habían venido otros. Algo en su mirada me hacía acordar a Oscar Blanco, un
tanto deteriorado. De tanto mirarlo pensando en el parecido se me borró la cara
del linyera. En unos años ni siquiera me voy a acordar si el hombre se parecía a Oscar o era. Quizás parezca
indistinto a la memoria colectiva, pero la memoria de la crítica tiene
copyright y no olvida. Algo me va a ayudar a diferenciarlos, Oscar los hubiera
recagado a puteadas ante el interrogatorio forzoso. Y después se hubiera
recagadoderisa, como un romántico nihilista no declarado. Que cómo llegó, que si estaba solo, que a
quién llamar para que se lo llevasen. El hombre necesitaba seguridad y le cayó seguridad en contra. Vino solo,
tenía poca movilidad. Echarlo del museo hubiera sido abandono de persona. Ganas
no le faltaba al personal del arte. Después del vaso de agua el hombre se
incorporó y continuó su visita, no sin una sombra de tres empleados escoltando
sus pasos. Era el momento ideal para acercarse a los cuadros. Esta idea me dio
cosquillas, apuré el paso.
Nos
fuimos al otro extremo de las salas, la de obras nacionales, empapelada con los
cuadros de Prilidiano Pueyrredón y los más detallistas de Cándido López. Sin
duda José Mármol fue más benévolo con la imagen de Manuelita que el señor
Prilidiano. Y eso que este es el retrato más logrado. Parecía un hombre. El mismo Juan Manuel en cualquier retrato
tiene cara más femenina. El vestido rojo punzó es impactante, pero si el
retrato hubiera sido pintado en tiempos de Rosas al pintor no le hubiera costado
menos que la horca. Dicen que se volvió a exiliar después de pintarlo. Los
artistas son tan crueles con las mujeres vestidas como los unitarios con los
federales, ni recuerdos dejaron. Imaginen la coalición de las dos cosas juntas.
El tesoro deseado una vez obtenido es moneda corriente. La belleza de Manuelita
se evaporó ni bien derrocaron al padre. Ahí
estaba detenida en la historia la Manuelita salida de una feria. Eso sí, con su
vestido punzó, disfrazada de clase alta, exhibida en el museo como una
conquista del buen gusto unitario. Muy
cerca de ésta, otra obra de Prilidiano atrapó mi egotismo. Me pareció verme a
mí misma tomando un baño. Miré más de cerca y sentí de pronto una línea de agua
haciéndome cosquillas a la altura de las
tetas. De verme tan exhibida frente al público me hubiera sumergido hasta el
cuello. Pero claramente no estaba mirando bien de frente. Me acerqué al cuadro
y lo toqué. Unas gotas de agua se derramaron en mis dedos. Decidí entrar por la
parte más húmeda.
Del
otro lado un desfile de mujeres en bolas me deslumbra. Era como el detrás de
escena, la sala de maquillaje y peluquería de un evento internacional, pero a
diferencia de las reales, digo, las de la tele, todas las mujeres –palidísimas, tenían
dimensiones informes. El pincel no llegaría a capturar la celulitis, pero sí
las cinturas voluminosas, los pezones desviados, las cabezas
desproporcionalmente pequeñas de mujeres que sin pisar la pasarela posaron para
la historia. Sólo las señoras retratadas del museo adquirido llevaban ropa, y
la exótica Emperatriz Theodora que hipnotizaba con su realismo 3D. El resto, la
Venus lista para bañarse, la ninfa voluminosa, la Psiquis en la fuente, la
criada recién despierta, la mujer desnuda dormida, la torturada reposante de
Schiaffino, la Diana sorprendida y sus secuaces, un par de estatuas, todas, todas, en bolas dando vueltas por las salas.
El museo era una playa nudista a cielo cerrado. De las paredes colgaban espejos
donde las modelos se miraban e imitaban las formas que el pintor les pedía.
Rápidamente me dediqué a buscar el paradigma de la ninfa. No era tan fácil como
en el libro. Acá las mujeres estaban vivas, no eran pedazos de cuerpos, no
parecía haber signatura en la experiencia. Intente pensarlas como obras a ver
si así resultaba más fácil. Pero en tal caso la obra sería el museo mismo. Al
menos podía entretenerme comparándolas con mujeres reales. Podríamos pensar que
al no parecerse a las mujeres de la tele se podrían parecer a las mujeres de la
calle. Pero si algo destacaba a estas mujeres era todo aquello que las
diferenciaba de otras mujeres. Figuras
pálidas, de dos metros o más, caminaban por las salas indiferentes a las
miradas. Ni la ropa, ni la seducción eran femeninas. Estaban hechas por
hombres. La más hermosa, la “floreal” de Raphael Collin, estaba tirada en los
pastos fingiendo un orgasmo. No tendría más de quince años, pero esa boca
apenas abierta sabría de lo que hablo. Yo me había salido de mi bañera antigua
y estaba mojando el piso. Buscaba algún trapo que ponerme pero no había nada.
Pasó un travesti vestido de rojo, con una especie de campana navideña en la
cintura y se lo intenté arrancar. Cuando la voz estentórea me grito salvaje, salvajeeee reconocí a Manuelita. La imaginé pegando moños rojos en
el pelo de las mujeres, pero aquí la historia era otra. Una y otra vez ensayaba
la postura de fingida naturaleza apoyando apenas una mano en una mesita. Para
el resto del mundo el detalle era insignificante. Para ella era el gesto sutil
que indicaba que estaba dispuesta a pedir ayuda, que no era como su padre,
erguido sólo en sí mismo, ella necesitaba, o quería necesitar un apoyo para
sostenerse. Así, a los tropiezos ingresaba Manuelita en la sociedad. Al rato de
entretenerme con este acto repetitivo escuché un sonido familiar. Era mi voz
puteando y el posterior sonido de la caída de la lapicera con la que estaba
escribiendo esta crónica. Me di vuelta casi sin respirar. Allí estaba Anónima
en bolas agarrando la birome, poniéndosela en un cinturón que simulaba la forma
del miembro masculino. Sabía que Anónima no debía leer ese libro, tan
masculino, tan neoliberal. Me vio y colocó la lapicera en el lugar esperado.
Empezó a caminar hacia acá. Un instinto sobrehumano apuró mi huida. Le arranqué
la cola del vestido a Manuela mientras me gritaba rajá boluda. Sin duda ella
era más fuerte. Me metí en la sala verdosa
de los impresionistas, corrí a una vieja frente al cuadro, moví un
Renoir como si fuera un puerta y me metí adentro.
El
traspaso esta vez fue más forzoso. Me empujé con los codos para soltarme de la
cintura y caer del otro lado del cuadro. Ahora tenía un casco para ver en la
oscuridad que me indicaba cuantas vidas tenía. Se almacenaban a la izquierda de la
pantalla-visor en forma de libros. Como arma disponía de una lapicera parecida
a la de Anónima. Tenía una misión que cumplir: armar el paradigma de la ninfa,
salvar una nena que era el eslabón perdido de la ninfa contemporánea y
sobrevivir a los ataques de Anónima, la crítica de arte. Reconocí en seguida el
mapa. Veo al David que faltaba en la entrada. Lo tomo del brazo para confirmar
si es de bronce y no de piedra. Al darse vuelta sonríe como si fuera a retarlo.
Creo reconocer en su gesto la cara de réplica, pero no podría asegurarlo, nunca
vi el original. Ya se había soltado cuando trataba de imaginarlo. Cuando se fue
me recargó una vida. Me doy cuenta que ya estuve en esta sala, estaba perdiendo
tiempo. Guardé el arma y cambié de sala. La de los impresionistas era ahora un
cuarto color verde donde había una mesa, una tijera, pegamento y varias
figuritas iguales. Me acerqué sigilosamente. De cerca en la figurita creí ver
una foto de mi espalda, más oscura que el resto de las mujeres, tomando sol en
una playa. Eran réplicas de la Mujer en el Mar de Gauguin, fotocopiadas y
pintadas como por un infante. Cuando tomé una de las figuritas cambié de mapa.
Una mujer real se me apareció de espalda, también desnuda. Creí reconocerme y
la di vuelta para ver si era Anónima. Tomé los hombros y sentí la carne
expuesta al sol, el hueso flexible. La di vuelta y encontré la misma espalda.
La di vuelta, otra vez la espalda. En la playa otra espalda igual pero de pie
caminaba en la arena más amarilla que de costumbre. Venía de frente. Corrí e
intenté encontrar una cara. No. No. No. Todo era espaldas. Decenas y decenas de
espaldas morenas con rodete negro deambulaban en la playa. El mar parecía
picado por olas geométricas de un azul profundo. Desesperada me metí en él a
ver si encontraba una isla. El agua estaba bien hecha, parecía una foto móvil. A
los pocos metros de la playa se terminaba el mapa y mi personaje se chocaba
contra el cuadrado virtual sin poder avanzar. Me sumergí en el agua y empecé a
encontrar más figuritas del Gauguin. Creí que era un pista y no me equivoqué.
En el fondo del mar en una casa de vidrio había una nena. Era Anónima misma, a
los 5 años, justo antes de ser Anónima. Estaba cortando figuritas y pintándolas
de color. Al lado Graciela Speranza oficiaba de psicopedagoga. La baja
tolerancia a la frustración ya se notaba en la elección de los juegos. Speranza
anotaba algo sobre el método de cortar y
pegar. La nena parecía autista y no notó
mi presencia o eso creí. Sin levantar la vista me señaló hacia la derecha con
la tijera. Nadé hasta allá y encontré una especie de cofre escondido tras las
algas. Entre los objetos recolectados de mi personaje encontré una llave. Abrí
el cofre. Caí dentro.
La
gravedad era más pesada. Mi existencia bidimensional había cesado y ahora me
dolía el cuerpo. Estaba colgando del brazo de una especie de soga. No veía
nada. Escuché la risa de Anónima desde abajo y empecé a trepar. De a uno
sonaban los parmiles prendiéndose y lastimándome los ojos con la luz. Al ver de
nuevo entendí el gesto displicente de la niña. Había hecho un carroussel
gigante suspendido en el vacío. En vez de sillas voladoras había miles y miles
de sogas con figuritas de la espalda del Gauguin colgando del techo de lona
dorada. Brillaban los destellos de la arena en la oscuridad. Una nena gigante
seguía sumando figuritas recién pintadas. Las trenzaba con hilos. Era la única
espectadora. La figuras tenían distintos tamaños, algunas eran más grandes que
mi cuerpo. Di vuelta una y, como era de esperarse, estaban impresas y pintadas
espaldas de los dos lados. Si Speranza viera la obra total correría
horrorizada. La nena había concentrado los restos materiales de toda su
experiencia ahí mismo. cada tarjetita contenía los segundos en que la mano
cortaba el papel, elegía los colores, pintaba. Todos los pensamientos
imperceptibles para su memoria habían quedado registrados en el papel. Las
tarjetas giraban al ritmo de la música. La música sonaba en su mente mientras
armaba el juguete. Además lo contemplaba. Miles de ellas de espalda. Por eso
quizás me puso a mí, a sí misma en ese lugar, atrapada con Anónima. De sólo
pensarla vino el miedo de nuevo. Nada de
todo este teatro era más real que ella. Siempre llevamos el miedo como una
cédula intransferible de identidad, de una identidad perversa. Anónima se reía y me disparaba con lapiceras.
No quería darme vuelta por no encontrar un insecto enorme aguijoneándome. No sé
bien a qué temía. Es como aquello que falta, no puede precisarse. Pero a
diferencia de la falta el miedo echa más sujeto en el sujeto. Digamos que
estaba cagada en las patas. Y ése era el único instante en que yo era yo y no
ella. No importa cuánto tuviera que trepar, no
pensaba escribirle una hoja. Giraban las figuritas al son de la música de
calesita de película íbamos saltando de soga en soga. Finalmente, ya exhausta, siento una mano
agarrándome el pie desde abajo. Anónima me tiró al vacío, me tiró de los pelos
y me abrazó por atrás. Cogimos en el aire al ritmo de la música del carrousel
tecno . Pensé lo que pienso siempre en esos momentos. Si existiera, la falta
sería igual a sí misma, en mí, en todas las mujeres. El miedo es diferente, es
siempre igual a lo otro, pero acá, en esta mujer. Imaginé, sentí mi cuerpo
expulsando un órgano entre los labios latiendo. Cuando intentaba sacarlo con
las manos sentía que entraba y se expandía. Más adentro era más y más cuerpo
afuera. Al cerrar las piernas el cuerpo se hacía más grande. La falta de
gravedad me confundía. La mujer que salía o entraba de mis piernas era Anónima.
Seguíamos cayendo sin que los cuerpos pudieran sentir ninguna dirección.
Estábamos de espalda a todas. Esperábamos el golpe a medida que nos olvidábamos
de él. Nos desmayamos.
Me
despierto en un campo, con la sensación de recuerdo en las piernas, pensando en
si la obra total debía contener su propia crítica o cerrarse sobre sí misma y
volverse inexpresable. Pensamientos de entresueño, al principio no veo nada, el
sol me quema los ojos y el verde pálido de la escena parece estar borroneado.
Veo un molino en la distancia e intento incorporarme. Camino, camino, camino.
Creo haber pasado 10 minutos mirando la misma cara del molino sin haber
avanzado un paso. Debería haber dado más de un círculo alrededor. Imagino que
el aire también vuelve siempre al mismo lugar y me empiezo a sentir asfixiada. Parándome
de costado, miro la puerta del lugar de reojo y decido caminar en esa posición.
En 20 pasos estoy al pie del molino. La atmósfera seca de color verde y amarillo fétidos me da ganas
de refugiarme dentro. Subo corriendo y entro. Las paredes de madera floja dejan
entrar el sol por las hendijas, brillan las partículas con olor a humedad. En
una mesa que parece de casino dos sujetos ponen fichas en una tabla de números.
Más de cerca me son conocidos. Parecen no notar mi presencia. Don Miguel le
dice a José Luis: le apuesto mi apellido a que soy capaz de escribir una novela
que contenga todas las novelitas existentes y además se burle de ellas en menos
de mil hojas. José Luis con una mueca le responde: no creo Don Miguel que mi
apellido tenga algo que envidiarle al suyo y hasta pongo en duda que usted lo
guarde con celo, con esa treta de viejo falsificador difícilmente engañe a
alguien de mi trayectoria. Sin embargo, acepto y redoblo su apuesta. Mi método
es más económico. Pongo en canje mi
gallardía por mostrarle que no necesito escribir una obra tan extensa sino que
de su misma novelita me reiré de toda la literatura en lo que cabe un cuento
sin si quiera variar una de sus palabras. La única condición es que usted debe
escribir su obra quinientos años antes que la mía y le aseguro que no pasarán
otros quinientos años antes de que su magna novela sólo sea recordada para
explicar mi breve cuento. Don Miguel con cara de haberse escandalizado por la
insolencia de José Luis accede: cerremos el pacto aquí mismo, le aseguro que mi
protagonista no tendrá nada que envidiarle a su gallardía.-
Mi
corazón palpita confundido. Todo lo que había leído tenía un sentido extraño.
Pienso que de la manera en que estaba formulada la apuesta ninguno de los dos
perdería. Algo andaba mal, alguien debió suponer que esos personajes me
distraerían, el molino debe ser otra trampa, me subo a la mesa e intento
arrancarle la máscara a Borges. No se despega. Le meto los dedos en los ojos y
caigo adentro. Espero ver a Shakespeare pero no. Hay un hombre con una manta
roja brillante puesta como poncho, parece un sombrero mexicano lleno de colores
con hilos dorados. Tiene puesto una galera alta de fines de siglo XIX. Da
vueltas alrededor de una sala con forma de carpa militar, ensaya una frase y se
sienta en el piso con las piernas cruzadas. Repite una y otra vez dos oraciones
y en seguida se sienta tratando de naturalizar el movimiento sin que se mueva
la galera. “Sarmiento no existe; pertenece a la historia. Juzgarlo es nuestro
derecho.” Se sienta, mueve la galera, se
fastidia y vuelve a empezar cambiando el tono. “Sarmiento no existe; (carraspea)
pertenece a la historia. Juzgarlo es nuestro derecho”. Detrás
de una de las telas de la carpa veo escondido a quién parece ser un Borges niño
tomando nota. Me ve asustado y escapa,
dejando caer la lapicera. Al intentar levantarla casi saco de lugar mi hombro.
La miro y me doy cuenta que es igual a la de Anónima, pero mil veces más pesada. La dejo en el piso e intento no
mirarla. Algo anda mal. La pluma va
aumentando de tamaño hasta aplastarme contra las paredes. No puedo respirar. Me
trepo al extravagante personaje que ha quedado entre la pluma y la carpa, subo
por su sombrero convertido en una
escalera hasta techo del lugar. Empujo la tela tratando de romperla y escapar.
Necesito algo cortante. Rompo mis lentes y abro un tajo. Salto y la gravedad
nos da la vuelta, estoy cayendo con fuerza, de cabeza impacto en la tela. Mi
cara siente el óleo seco quebrándose. El cuadro se abre en dos separando las
piernas de la bañista de bretaña. Escucho anónima riendo del aterrizaje. Los
turistas gimen horrorizados al unísono, toman fotos. No veo nada. Trato de
hacer foco y buscar un pedazo de lente. Los brazos de la seguridad me llevan
del museo porque un Gauguin original me ha parido intentando escapar de mí misma. Me tranquilizo
pensando que le debe pasar igual a todas las mujeres que visitan el museo.









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