domingo, 13 de octubre de 2013

Voces


Ilustración : Ma. Cecilia Villafañe


“La muerte no llega con la vejez, sino con el olvido”
Gabriel García Márquez

Cada vez que me pregunto cómo llegué a este lugar, recuerdo que estaba sentado en una de las plazoletas que cortan al medio la 9 de Julio, que fumaba y que veía pasar a la ciudad como algo ajeno. La velocidad de los autos, los colectivos llenos de gente. Atestados de personas que pugnan por llegar a sus oficinitas, a sus pequeñas vidas llenas de papeles, de gritos por teléfono. Nunca comprendí el porqué de una vida tan apresurada, sí al final, cuando les dan el retiro, las muchas gracias por los servicios prestados no queda absolutamente nada. Nada más que una vida que se diluye entre esperas de subte. Lo mejor de nuestras vidas se va en eso. Recuerdo (ahora que puedo pensar en imágenes) que cuando comprendí eso, ya era este y era peligroso y encerrable.

Esta historia, es la historia de una permanencia

El tono de los teléfonos, a contramano del pensamiento de los otros, siempre me pareció dulce. Amaba escucharlo, y más levantar el tubo y descubrir al otro por la melodía que transmite. Desde muy chico desarrollé un gran sentido de memorización de la voz. Antes de que la persona del otro lado se identificase yo adivinaba su nombre. Bastaba una vez, solo una vez de charlar con alguien para que yo identificase su registro, lo archivase en mi memoria y lo llevase conmigo para cuando lo escuchase, lo reconociese naturalmente
.
La infancia es normalización. Nuestro cuerpo es dócil, sensible. Suceden cosas en ella, cosas que  deben reprobarse. La infancia es la censura.

De ella puedo recordar alguna cosa, nada más. La voz de mi madre, la tierna voz de mi madre convirtiéndose en alarido desesperado para retarme cuando hacía algo que le desagradaba. Ese grito, esa impostura que tiene el límite de presentarse siempre como una marca de fortaleza. El límite es un aullido en mi infancia. No hubo palabras que pudiese recordar, solo sonidos. La voz de madre deformando mi nombre, deformando el lenguaje, una y otra vez. La voz de mí madre que se repite  y deforma como único hecho posible de mí niñez. Solo eso puedo decir de mi infancia, solo recuerdo el aullido, como un círculo que se cierra sobre mis primeros años.

Celeste murió en la primavera de 1997. Nunca me apenó su muerte. Compartimos juntos quince años y sin embargo no puedo decir nada de ella. El único recuerdo que tengo presente es la primera vez que hablamos por teléfono. Me sorprendió su voz opaca, disímil, con un ceceo un poco molesto para el diálogo. Lamenté al morir no volver a escucharla, ya que su rostro hoy se me hace imposible. Nunca fui bueno para los rostros, ni siquiera de los más cercanos. Vi a Celeste despertar a mi lado durante quince años y todos ellos me fueron indiferentes. No guardo una sola imagen de ella dormida, despierta, tomando el té, fumando, riendo. Si tuviera que describirla no podría.


No retengo de ella ni una sola seña particular. Solo su voz en el teléfono, molesta, opaca, insoportable, repitiendo mi nombre y una dirección. Nada más que eso. Como una cinta que se repite una y otra vez hasta la impaciencia, hasta tomar la calle, hasta apagar el interruptor de mi vida y encender un piloto automático que me convierte en hombre-máquina deambulando por la vida. Un hombre que busca librarse de su propio fantasma. Un hombre que arrastra su final como recuerdo imposible de una melodía horrenda.

Escuchar a tu mujer muerta diciendo siempre lo mismo no es la locura. Tampoco es la culpa. Es otra cosa más importante: es la imposibilidad de escuchar otras, de retener otras, de sentir la tonalidad de otras. Conocer una voz es conocer al mundo. La repetición de la misma voz es la muerte. Morir es escuchar siempre lo mismo. La negación del mundo, es la negación de las voces.

Todas las voces una voz. En un quiosco, en una mesa de restorán, en una esquina. En un chico que va cantando una canción de moda. En un joven que me pide una moneda, en el conductor del colectivo. Todas las voces, esa voz. Mi mujer muerta como un único relato existente en todas las cosas que ya jamás experimentará. Todo ese mundo que le es ajeno, se lo apropia su voz, su única permanencia sobre la tierra.

Nunca comprendí que maté a un hombre. En el juicio, en mi defensa declaré que estaba matando a la única persistencia de mi mujer muerta sobre el mundo. Una insistencia que hacía inasible mi propia existencia.

En este lugar, donde no hay voces, el silencio me es un presente precioso. Las imágenes de mi memoria son solo las ráfagas que logro identificar con imágenes difusas, que se representan como un gran cuadro inconcluso. Hay paredes que encierran a la vida de nosotros, y la gente que viste de blanco jamás me habla. Solo realizan dos señas que significan la comida y el patio. Hay árboles y de vez en vez un pájaro se posa sobre la ventana y canta, recordándome la posibilidad del mundo. Cada vez que recuerdo cómo llegué acá, recuerdo una plazoleta que corta la 9 de Julio, un cuerpo en el suelo, la sangre en mis manos, roja, espesa, pegajosa. La voz de mi mujer muerta repitiéndose una y otra vez, cada vez más suave, cada vez más fina,  alejándose hasta disolverse con la sangre en mis manos.

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