“Gone
Girl”, “Perdida” en su traducción al español es la adaptación al formato
audiovisual que nos propone David Fincher, de la novela del mismo nombre de
Gillian Flynn. El libro es uno de esos éxitos editoriales que enseguida se
convierten en un título más peligroso: best seller.
Preciso
es adelantar que, siendo quien suscribe a esta nota, un lector prejuicioso, el
mote adquirido de “best seller” generó en la previa a la presentación de la
película una gran reserva, como también sucede ante el formato papel de la ya
mencionada novela.
No
sucede muchas veces, y menos habitual es que un éxito de ventas se corresponda
en calidad. Se sabe que en la industria cultural, entendida esta desde la
óptica del genial Walter Benjamin, vender y reproducir no es sinónimo de
calidad, sino de posibilidad.
Pero
“Gone Girl” supera todas las barreras previas que se establecen en el
encuentro. Es una historia impresionante, que lejos de caer en los cliches de
un género policial-pasional habitual, los trasciende e innova enfrentando los
presupuestos habituales de este tipo de cine.
Una
película perturbadora.
Es difícil delimitar el tema de “Gone
Girl” porque escapa a la lógica actual del cine estadounidense. Este, mucho más
preocupado por la posibilidad del crecimiento de una sociedad de control,
expresado en los filmes como “Maze Runner”; “The Hunger Games” y “Divergent” se
ha vuelto repetitivo y hasta adivinable. Por eso, el tema de “Gone Girl” es
pertubador. No habla de una relación de pareja, del control, o del simple
cinismo de la venganza.
Va más allá. Enfrenta el límite
entre la posibilidad de venganza y la impresionante imagen de una mujer capaz
de superar todo límite para destruir a su esposo. En ese punto, y desde esa línea narrativa la
película y el libro se construyen a sí mismos como originales, aventurándose a
la posibilidad de
construir una historia genuina.
Ahora bien. ¿Cómo estructurar
aquello que es imposible de narrar desde una sola línea argumental?. El
director y la autora lo resuelven narrando todo sin esconder nada a la
audiencia. Lo más asombroso e inquietante es que todo está accesible para el
espectador, y que este construye la historia sin tener que rearmar ningún
punto.
Lo que podría ser un problema, es
decir, el bolo argumental digerido al público se convierte en lo que más intima
a este a quedarse expectante, esperando el giro final de la historia.
Dos
tiempos una historia.
La resolución de argumentar la
historia desde dos tiempos, el de la Amy, y el de Nick Dunne le entrega al
director el poder, y sobre todo la libertad, de trabajar sin la presión de que
queden puntos al azar, y zonas oscuras en el film. David Fincher aprovecha su
propia oportunidad y construye una salida elegante y acertada al problema que
presenta el tema de “Gone Girl”.
La utilización del giro temporal
retomando la historia, haciendo “Flashbacks”, y retomando puntos no aclarados
en primera instancia, choca contra la duración de la película que se encuentra
en el límite de lo habitual. Sí no se realiza una buena técnica para este tipo
de giros, la duración puede ser un problema. En este film de 2 horas 35
minutos, el tiempo y los tiempos no son un inconveniente, sino el mejor recurso
de la historia. El elemento que la convierte en atrapante hasta al final.
¿El
tema?
Como se dijo, determinar el tema es
complejo. No puede hablarse de un drama pasional, tampoco de un policial
tradicional. Quizás conviene decir para aventurar una sinopsis de “Gone Girl”,
que la película se atreve a explorar los límites de la naturaleza de las
relaciones humanas.
Un límite que puede enfrentarnos a
la pregunta sobre sí realmente conocemos a la persona que tenemos al lado. “Gone
Girl” nos interpela al punto de decirnos: ¿Sabes de qué es capaz tu pareja sí
traicionas su confianza?
Peor aún, quizás la advertencia nos
enfrenta a nuestra propia imposibilidad de explorar nuestros límites.
Leandro Biaggio


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