miércoles, 8 de octubre de 2014

La séptima desde el paraíso


Voy subiendo las escaleras de a poco. En cazuela pierdo un poco el aliento, en galería y tertulia ya hago una pausa y finalmente, pateando un par de escalones más para arriba, llego al paraíso. El ascenso es toda una Divina Comedia. No sé si veré mucho, pero estoy cerca de la enorme araña del teatro Colón y eso me hace creer que estoy cerca del cielo.
El concierto empieza con un noneto para vientos y contrabajo de la compositora polaca Bettina Skrzypczak. Es una obra contemporánea, lo cual quiere decir que hay poco de dónde agarrarse. Literalmente, porque en mi paraíso es apenas una baranda lo que me separa del vacío. La altura a la que me encuentro y las sonoridades que comienza a producir el noneto me dan vértigo. Sobre todo me perturban los frullatos y las disonancias violentas. El clima que resulta de esos choques es el de un sueño de esos que no alcanzan a ser pesadillas pero que amenazan con volverse una en cualquier momento. Realmente creo que me puedo caer al abismo de la platea si no tengo cuidado. Los instrumentos hablan entre sí, se intercambian algunos motivos, los reformulan, los transforman. La atmósfera generada es un verdadero logro: las cosas parecen menos reales después de la ruptura de las convenciones armónicas a las que el oído está más acostumbrado. La sensación final es la de una completa incertidumbre respecto de qué es lo que podrá venir después. Comprendo que, en mi Divina Comedia personal, he entrado y salido del infierno.
Después del respetuoso aplauso, sin embargo, viene algo más reconfortante. Se trata del concierto de Saint-Saëns para cello y orquesta en La menor. La solista es nada menos que Sol Gabetta. Y aquí empieza mi ascenso. Acompañado por la orquesta de cámara de Basilea, impresiona el rango de las dinámicas que salen de ese cello y de esa orquesta. Efectivamente, los pianisimos de Sol Gabetta son inaudibles y a la vez perfectamente distinguibles y claros en los trinos y en las resoluciones. Asimismo, sus fortissimos logran sobresalir a pesar de que ella es una y en la orquesta son treinta. Por su parte, la orquesta sabe imitar los pianisimos de la solista y reducir el caudal sonoro a apenas un murmullo, igualmente distinguible y claro para alguien que está ya por las alturas del purgatorio, pisando el paraíso.
Luego de la ovación vienen los bises. El segundo, en particular, es hipnótico. Se trata de una obra para cello solo. Echando mano a ármonicos, pasando por glissandos, capo tastos y dobles cuerdas, Sol Gabetta confirma su talento no sólo tocando, sino también cantando la melodía, acompañada por su cello. Pero sobre todo confirma su capacidad para fabricar la ilusión de que no hay nadie más en el teatro, tal vez ni siquiera en el mundo, y ella está sola en este planeta, como el último ser humano sobre la Tierra, haciendo una música sólo para ella. El efecto se reafirma, por lo menos para mí, a partir del hecho de que no sé de quién es esa obra. Desconocida y misteriosa, me da la impresión de quedar prendida del tiempo irreversible, de la experiencia única de haber estado en el teatro Colón el lunes 6 de octubre del 2014 a las nueve de la noche. La idea de que quizás nunca más pueda volver a escuchar esa obra me conmueve. (Al momento de escribir esta reseña, no obstante, descubro que se trata de una pieza del compositor letón Peteris Vasks. No me animo a volver a escucharla por miedo a que el recuerdo de la vivencia se torne menos perfecto.) En suma, el aplauso final, como se comprenderá, es interminable.
Para cerrar, la orquesta de Basilea interpreta la séptima sinfonía de Beethoven. Si no lo sabía antes, con el segundo movimiento y el motivo obsesivo que se replica una y otra vez a lo largo de todo el Allegretto, sé con seguridad que estoy en el paraíso, arriba de todo, dando fe de cómo apenas treinta personas pueden lograr con un par de instrumentos y un movimiento de los dedos que el cielo esté un poco más cerca de mí. 


No hay comentarios.:

Publicar un comentario