Voy subiendo las escaleras de a poco. En cazuela pierdo un poco el
aliento, en galería y tertulia ya hago una pausa y finalmente,
pateando un par de escalones más para arriba, llego al paraíso. El
ascenso es toda una Divina Comedia. No sé si veré mucho,
pero estoy cerca de la enorme araña del teatro Colón y eso me hace
creer que estoy cerca del cielo.
El concierto empieza con un noneto para vientos y contrabajo de la
compositora polaca Bettina Skrzypczak. Es una obra contemporánea, lo
cual quiere decir que hay poco de dónde agarrarse. Literalmente,
porque en mi paraíso es apenas una baranda lo que me separa del
vacío. La altura a la que me encuentro y las sonoridades que
comienza a producir el noneto me dan vértigo. Sobre todo me
perturban los frullatos y las
disonancias violentas. El clima que resulta de esos choques es el de
un sueño de esos que no alcanzan a ser pesadillas pero que amenazan
con volverse una en cualquier momento. Realmente creo que me puedo
caer al abismo de la platea si no tengo cuidado. Los instrumentos
hablan entre sí, se intercambian algunos motivos, los reformulan,
los transforman. La atmósfera generada es un verdadero logro: las
cosas parecen menos reales después de la ruptura de las convenciones
armónicas a las que el oído está más acostumbrado. La sensación
final es la de una completa incertidumbre respecto de qué es lo que
podrá venir después. Comprendo que, en mi Divina Comedia
personal, he entrado y salido
del infierno.
Después del respetuoso aplauso, sin
embargo, viene algo más reconfortante. Se trata del concierto de
Saint-Saëns para cello y orquesta en La menor. La solista es nada
menos que Sol Gabetta. Y aquí empieza mi ascenso. Acompañado por la
orquesta de cámara de Basilea, impresiona el rango de las dinámicas
que salen de ese cello y de esa orquesta. Efectivamente, los
pianisimos de Sol
Gabetta son inaudibles y a la vez perfectamente distinguibles y
claros en los trinos y en las resoluciones. Asimismo, sus fortissimos
logran sobresalir a pesar de que
ella es una y en la orquesta son treinta. Por su parte, la orquesta
sabe imitar los pianisimos de
la solista y reducir el caudal sonoro a apenas un murmullo,
igualmente distinguible y claro para alguien que está ya por las
alturas del purgatorio, pisando el paraíso.
Luego de la ovación vienen los
bises. El segundo, en particular, es hipnótico. Se trata de una obra
para cello solo. Echando mano a ármonicos, pasando por glissandos,
capo tastos y dobles
cuerdas, Sol Gabetta
confirma su talento no sólo tocando, sino también cantando la
melodía, acompañada por su cello. Pero sobre todo confirma su
capacidad para fabricar la ilusión de que no hay nadie más en el
teatro, tal vez ni siquiera en el mundo, y ella está sola en este
planeta, como el último ser humano sobre la Tierra, haciendo una
música sólo para ella. El efecto se reafirma, por lo menos para mí,
a partir del hecho de que no sé de quién es esa obra. Desconocida y
misteriosa, me da la impresión de quedar prendida del tiempo
irreversible, de la experiencia única de haber estado en el teatro
Colón el lunes 6 de octubre del 2014 a las nueve de la noche. La
idea de que quizás nunca más pueda volver a escuchar esa obra me
conmueve. (Al momento de escribir esta reseña, no obstante, descubro
que se trata de una pieza del compositor letón Peteris Vasks. No me
animo a volver a escucharla por miedo a que el recuerdo de la
vivencia se torne menos perfecto.) En suma, el aplauso final, como
se comprenderá, es interminable.

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