miércoles, 15 de octubre de 2014

Bajando a la tierra con Giselle


Desde que recuerdo, las únicas ubicaciones desde las que tuve la oportunidad de ver un espectáculo en el Colón fueron siempre por allá arriba, en la galería o en el paraíso, cerca de la cúpula celeste del teatro. Lo más cerca del escenario que estuve fue cuando estuve sobre el escenario tocando con la orquesta estudiantil a la que pertenecía, experiencia por demás inolvidable y bastante aterradora (después de todo, pocas cosas son más intimidantes que tocar en esa sala mitológica), a propósito de la cual mi compañero de atril puede dar fe de lo traumática que fue la situación. Pero volviendo al tema, en suma, nunca tuve la oportunidad de ser espectadora de cerca, así que cuando me dijeron que tenían una entrada en la platea (!) para ver el ballet Giselle y a Paloma Herrera bailándolo (!), no tuve que pensar mucho para aceptar resignar mi pequeño lugar en el paraíso para descender a una ubicación más terrestre.
El descenso, sin embargo, tuvo su costo. Una vez acomodada en mi asiento, hojeando el programa, me percaté de que Paloma Herrera no iba a bailar en la fecha a la que había asistido. En parte fue una desilusión, pero lo cierto es que no entiendo demasiado de danza (honestamente, cualquier persona capaz de coordinar brazos y piernas a un ritmo determinado me parece admirable), así que me contenté pensando que en mi ignorancia no notaría la diferencia. A cambio, podría ver bien la escenografía y, con suerte, distinguir las caras de los bailarines y sus expresiones (mientras que desde arriba apenas habría podido ver algún tutú).
Efectivamente, cuando la música empezó a sonar y el telón se corrió me sorprendió una escenografía cuidada hasta el último detalle, distribuida en distintos planos para dar la ilusión de perspectiva. El vestuario, también muy cuidado, armonizaba por su parte con los colores de las luces y de los objetos en escena. Esta tangibilidad de las cosas materiales, en conjunto con los movimientos de los bailarines, tornaron desde el principio mi experiencia estética en una experiencia particularmente física, distinta de la que podría haber tenido en un concierto, y similar hasta cierto punto a la que podría tener frente a una ópera, con la importante diferencia de que en el ballet es literalmente el cuerpo en su dimensión más “dionisíaca” (los gestos, los desplazamientos, las expresiones faciales, las posturas) lo que habla, mientras en la ópera uno siempre puede aferrarse a las palabras como para des-abstraer el fenómeno artístico y devolverlo a una instancia más racional.
El ballet, en síntesis, me generó una fascinación hipnótica, en especial en el segundo acto con la danza de las Willis y la de Hilarión y Albrecht. Algo en la idea de bailar hasta desplomarse me resultó francamente conmovedor, y aun en mi ignorancia me atrevo a decir que Gerardo Wyss (Albrecht) pudo combinar muy bien la destreza y el rigor que demandan los saltos (el hombre realmente pasa más tiempo en el aire que en las tablas del escenario) y el gesto de dejarse llevar por el propio peso del cuerpo y caer al piso.
En cuanto a la música, habiendo escuchado en vivo El cascanueces y El carnaval de los animales, teniendo en mente El lago de los cisnes o La Bella Durmiente, no puedo decir que la obra sea muy llamativa, no porque la orquesta la haya interpretado mal, sino simplemente porque la composición en sí no tiene la chispa indefinible de otras que hacen que uno salga del teatro tarareando o piante un lagrimón (ver: el “Pas de deux” de El Cascanueces o la escena que abre El lago de los cisnes). Tiene, sí, algunos momentos de esplendor (por ejemplo, cuando se anuncia la entrada de Hilarión, el “malo” de la historia), pero fuera de ellos a la obra le falta, a gusto de quien suscribe, ese componente de magia que debe tener la música para volverse indispensable.  

No hay comentarios.:

Publicar un comentario