Desde que recuerdo, las únicas ubicaciones desde las que tuve la
oportunidad de ver un espectáculo en el Colón fueron siempre por
allá arriba, en la galería o en el paraíso, cerca de la cúpula
celeste del teatro. Lo más cerca del escenario que estuve fue
cuando estuve sobre el escenario tocando con la orquesta
estudiantil a la que pertenecía, experiencia por demás inolvidable
y bastante aterradora (después de todo, pocas cosas son más
intimidantes que tocar en esa sala mitológica), a propósito de la
cual mi compañero de atril puede dar fe de lo traumática que fue la
situación. Pero volviendo al tema, en suma, nunca tuve la
oportunidad de ser espectadora de cerca, así que cuando me dijeron
que tenían una entrada en la platea (!) para ver el ballet Giselle
y a Paloma Herrera bailándolo (!), no tuve que pensar mucho para
aceptar resignar mi pequeño lugar en el paraíso para descender a
una ubicación más terrestre.
El descenso, sin embargo, tuvo su costo. Una vez acomodada en mi
asiento, hojeando el programa, me percaté de que Paloma Herrera no
iba a bailar en la fecha a la que había asistido. En parte fue una
desilusión, pero lo cierto es que no entiendo demasiado de danza
(honestamente, cualquier persona capaz de coordinar brazos y piernas
a un ritmo determinado me parece admirable), así que me contenté
pensando que en mi ignorancia no notaría la diferencia. A cambio,
podría ver bien la escenografía y, con suerte, distinguir las caras
de los bailarines y sus expresiones (mientras que desde arriba apenas
habría podido ver algún tutú).
Efectivamente, cuando la música empezó a sonar y el telón se
corrió me sorprendió una escenografía cuidada hasta el último
detalle, distribuida en distintos planos para dar la ilusión de
perspectiva. El vestuario, también muy cuidado, armonizaba por su
parte con los colores de las luces y de los objetos en escena. Esta
tangibilidad de las cosas materiales, en conjunto con los movimientos
de los bailarines, tornaron desde el principio mi experiencia
estética en una experiencia particularmente física, distinta de la
que podría haber tenido en un concierto, y similar hasta cierto
punto a la que podría tener frente a una ópera, con la importante
diferencia de que en el ballet es literalmente el cuerpo en su
dimensión más “dionisíaca” (los gestos, los desplazamientos,
las expresiones faciales, las posturas) lo que habla, mientras en la
ópera uno siempre puede aferrarse a las palabras como para
des-abstraer el fenómeno artístico y devolverlo a una instancia más
racional.
El ballet, en síntesis, me generó una fascinación hipnótica, en
especial en el segundo acto con la danza de las Willis y la de
Hilarión y Albrecht. Algo en la idea de bailar hasta desplomarse me
resultó francamente conmovedor, y aun en mi ignorancia me atrevo a
decir que Gerardo Wyss (Albrecht) pudo combinar muy bien la destreza
y el rigor que demandan los saltos (el hombre realmente pasa más
tiempo en el aire que en las tablas del escenario) y el gesto de
dejarse llevar por el propio peso del cuerpo y caer al piso.
En cuanto a la música, habiendo escuchado en vivo El cascanueces
y El carnaval de los animales, teniendo en mente El lago de
los cisnes o La Bella Durmiente, no puedo decir que la
obra sea muy llamativa, no porque la orquesta la haya interpretado
mal, sino simplemente porque la composición en sí no tiene la
chispa indefinible de otras que hacen que uno salga del teatro
tarareando o piante un lagrimón (ver: el “Pas de deux” de El
Cascanueces o la escena que abre El lago de los cisnes).
Tiene, sí, algunos momentos de esplendor (por ejemplo, cuando se
anuncia la entrada de Hilarión, el “malo” de la historia), pero
fuera de ellos a la obra le falta, a gusto de quien suscribe, ese
componente de magia que debe tener la música para volverse indispensable.

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