jueves, 16 de octubre de 2014

Jerusalén 0 AC

“También tomó pan y, después de dar las gracias, lo partió, se lo dio a ellos y dijo: -Este pan es mi cuerpo, entregado por ustedes; hagan esto en memoria de mí.
De la misma manera tomó la copa después de la cena, y dijo: -Esta copa es el nuevo
pacto de mi sangre, que es derramada por ustedes”
Juan 22:7-20

La noche en que Jesús decidió morir la tranquilidad de Jerusalén era inusitada. Durante años el poblado había sufrido los saqueos de ambos bandos, primero fueron los romanos, que sedientos de venganza contra los judíos en rebelión, no distinguían a sus enemigos en armas de aquellas personas que vivían con la tranquilidad de los pastores en esas tierras. Luego, fueron los guerrilleros de la liberación que intentaron sumar adeptos a través del convencimiento en primer lugar, y luego a través de la violencia.  Pero esa noche, en la cual los últimos trece guerreros se escondieron en una construcción en ruinas de las entradas al pueblo, la tranquilidad parecía un espejismo que hacía más hermosa a esas tierras áridas, y desprovistas de grandes construcciones.
Jesús, o el Cristo, como lo llamaban sus seguidores, había nacido en Belén, unos treinta años antes de la noche en la cual tomó la decisión de morir. Al caer la tarde, había visto como, literalmente, un ejército mejor preparado y bastante bien prevenido masacraba a cien de sus hombres en una de las peores batallas que le había tocado comandar. Él y doce hombres más habían logrado replegarse sobre las montes, aprovechando la caída del sol, escaparon sin demasiado destino fijo, más que la persistencia de seguir vivo, al menos por el resto de esa tarde y de ese día.
-¿Ideas?, inquirió el Cristo ante la mirada abatida de esos guerreros. La cosa no era para menos. Doce hombres nada podían contra el ejército mejor preparado del mundo. Doce hombres no eran nada ante los romanos.
Jesús sintió en su boca la amargura de la causa pérdida. Repasó con la mirada los gestos de los doce hombres y no vio más que desolación, tristeza y la certeza de una muerte a la vuelta de la esquina.
Todos iban a morir. Quizás alguno lograra un indulto a manos de la petición popular. Pero en lo que  tocaba a él, el juicio sería rápido y resolutivo. Enfrentaría la cruz y los clavos, lo golpearían hasta desangrarlo y lo dejarían morir al sol como ejemplo para el resto de los judíos que quisiesen enfrentar al régimen romano. Siete años de lucha para nada, de victorias, de avances, para morir en una cruz y pasar al olvido que supone el miedo.
Ahora el silencio era insoportable. Los doce hombres miraban al Cristo y este les devolvía la mirada como hablando un idioma jamás hablado. Un idioma de los dioses, una lengua que repetía la palabra “desolación” hasta martillar la conciencia de esos trece hombres que comían apenas, el pan que les había quedado de la última avanzada desde Belén.

Desde su salida de Tel Aviv, la táctica de la guerra de guerrillas, había entregado éxitos rápidos y efectivos al movimiento de liberación judío. Golpear rápido, en pequeños grupos, atacando como las hormigas, los guerreros de la liberación se habían ganado el respeto y el miedo de sus adversarios. La ferocidad y salvajía que mostraban los guerrilleros amedrentaba hasta al más temerario de los romanos. Es que, los judíos al mando de Jesús tenían instrucciones precisas e irrenunciables: atacar, destruir, aniquilar todo lo que lleve el símbolo romano del otro lado de sus propias líneas.

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Una mañana, al salir de Netanya un gran ruido despertó a Jesús que dormía en una tienda de campaña montada al costado del camino. Comprendió entonces que algo estaba fallando. Una horda de legionarios romanos avanzaban sobre los guerreros de la liberación a sangre y fuego. Drásticamente habían cambiado las cosas por primera vez y para siempre.
Una a una, las derrotas se iban sucediendo. Los romanos parecían saber con antelación cada movimiento de ese grupo de guerreros que disminuía a paso firme y seguro en sus fuerzas con el paso de cada batalla. 
Sí los guerreros se replegaban sobre las montes de Judea, una legión anticipaba al paso de los hombres de Jesús, quienes, más por experiencia de lucha, que por fuerzas propias, lograban replegarse y escapar de los legionarios romanos.
Todo se fue sucediendo derrota tras derrota. Los guerreros de la liberación tenían planeada su entrada triunfal en Jerusalén para tomarla esa pascua judía, y establecer el gobierno de Israel para el pueblo judío, previa liberación de las cadenas y expulsión de los últimos soldados romanos, establecerían un gobierno de transición, liderado obviamente por el Cristo, a quién ya se le habían ocurrido unas cuantas medidas como futuro rey de los judíos, que de revolucionarias no tenían mucho, pero que cambiaban el orden establecido de obligación al imperio romano.
Los primeros meses, el alto mando de los guerreros de la liberación irían a la caza de detractores, enemigos, críticos o simplemente todo aquel judío que no estuviese muy seguro de la empresa de los guerreros de la liberación. Esto se llamaría decreto de sumarísima urgencia, el cual sería firmado por el propio Jesús y sería ejecutado por Judas Sicariote, quién debía su apodo principalmente al uso desmedido de la sica, un elemento punzante similar a una faca, para amedrentar o como le gustaba decir al Cristo, dejarle bien en claro a todo aquel que intentase tan solo decir a por b en el gobierno de los guerreros de la liberación, que las cosas no eran sometidas a la libre opinión popular. 
Pero a las puertas de Jerusalén, en la antesala de la pascua de los judíos, no llegó el ejército, fuerte, noble y triunfante que había imaginado Jesús para dar la estocada final. A las puertas de Jerusalén habían llegado los últimos trece hombres que quedan en pie del ejército de liberación. Algunos maltrechos, otros cargando su propia muerte como una cruz en la espalda, severamente abatidos y compungidos, al mando todavía de un hombre que había explorado los límites de su propia inteligencia para la guerra y que, aun jugando toda su vida en esa empresa, con menos de treinta años,  adivinaba para esa pascua, no ya el establecimiento de su reinado para el pueblo que juraba amar hasta la locura de ponerse en armas contra la legión más temible y poderosa del mundo, sino que sobre él, la certeza de morir en esa pascua como un delincuente, vituperado por su propio pueblo, que a fuerza de los saqueos que realizaban sus hombres ya lo odiaba en secreto y a viva voz, se le figuraba como pergamino firmado, cosa juzgada, historia muerta y olvidada para siempre en un manuscrito de historia antigua.

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Una cabeza separada de su cuerpo en perfecta armonía, sin el lujo de la sangre derramándose desde su extremo, con grandes ojos negros pendía de una pica. Jesús podía verse a sí mismo muerto mientras caminaba por las calles de Jerusalén. Veía a los judíos pobres, desterrados, con la ropa hecho harapos escupir su frente, gritarle insultos en latín, en hebreo, y en otros idiomas que no conocía. Luego se alejaba entre una nube negra y espesa, veía su cuerpo subir al cielo con una fuerza sobre natural y colocarse sobre una montaña. Una mujer de aspecto de prostituta se acercaba y le decía en un hebreo defectuoso pero entendible que todo estaría bien, luego echaba a reír de manera macabra, primero suavemente, luego  de forma cada más ruidosa y fuerte hasta que obligaba al Cristo a tapar sus oídos, y cerrar sus ojos. Al abrirlos nuevamente la mujer se había ido. El Cristo ahora no estaba sobre una montaña, el paisaje había cambiado de manera drástica, estaba en un desierto, inmenso, inasible. A su lado caminaban miles de ovejas sin destino, una de ellas tenía la miraba clavada en él. Una mirada tan fija que no podía ignorarse, la oveja desaparecía entre las otras escapando de manera rauda, Jesús la seguía pero la perdía de vista. Ahora el desierto se había abierto para él y su soledad. El día rápidamente se apagaba como una vela. El atardecer se desangraba en dos minutos dejando el color rojo del cielo chorrear desde el sol hasta volverse negro. Un gran viento levantaba arena hasta dejarlo casi ciego, y de las sombras que se escurrían del cielo un hombre, se iba formando lentamente. Primero vio su sonrisa, los dientes lechosos y firmes, luego unos ojos de color negro intenso que buscaban los suyos. Finalmente las manos, las piernas y el torso. Luego se cubría de la ropa que los romanos usaban para ir a la batalla y a pasos gigantes avanzaba hacia él.
 Impávido Jesús escuchó tres veces la frase: “mi nombre es legión porque somos muchos”, y luego la forma se diluyó en el infinito del desierto.

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Un estruendo como de un rayo despertó a Jesús del sueño que estaba teniendo. Observó con cierta melancolía la escena que lo rodeaba. Encerrados en un lugar inhabitable, los trece hombres eran el fantasma de los días de gloria que supieron abrigar. Lejos quedaban las victorias, y,  sobretodo la esperanza de ese comandante venido a jefe de una banda de delincuentes esperando por ser atrapados.
Avanzando en la oscuridad del refugio, entre los restos que caían desde el techo, y las precarias instalaciones vio los cuerpos de sus guerreros tendidos uno a uno. En total eran once hombres, o los restos de once hombres que yacían despreocupados, esperando un final que se acercaba como el amanecer en la noche.
Jesús sintió por fin una melancolía que le parecía insuperable. Verlos así, después de jornadas de gloria se le asimiló a un plan macabro de  dios. Y si este existía, por qué iba a desamparar a su pueblo a invasores extranjeros, impíos y no libraba al menos la suerte de estos a sus propios descendientes.
Sí es el pueblo de dios, el pueblo elegido, ¿por qué las penurias?, pensó Jesús, mientras repasaba su crianza con José y María, los años de pobreza, la muerte de sus amigos a manos de los romanos, las carencias. El caldo de cultivo de un odio que ahora se le hacía irremontable, y que desde dentro se había comido al hombre que quiso ser, o que soñó ser.
Así fue perdiéndose en sus pensamientos, entregándose a la melancolía, a la tristeza profunda de saber el destino. A punto de caer sobre sus pasos, vencido definitivamente, escuchó el ruido de una arboleda y vio la sombra de lo que parecía un soldado romano hablar con el único guerrero que faltaba en la escena: Judas.

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El grito de Jesús sobresaltó a los once guerreros que despertaron como llamados por el demonio.
-Un traidor, acusó  con tranquilidad Jesús
-Matadlo sí es así dijo Juan
Simón, Tomás y Santiago sostenían a Judas para que no escapase. De entre las ropas de este caían una a una las monedas de oro, que el comandante romano había otorgado para recompensar los datos que le transmitía el sicario del grupo.
-Con qué así fue que siempre nos detuvieron antes de tiempo, dijo Jesús con firmeza y una pasividad admirable.
El resto de los guerreros se disponía a encontrar un árbol donde colgar al traidor. La ley de los guerrilleros de la liberación lo disponía así. La pena de muerte era la horca, y esta había sido dictaminada en este caso por amplia mayoría, excepto por el Cristo, que permanecía inmóvil con los ojos fijos en su traidor.
-¿Solo por dinero? Preguntó a Judas cuando al paso lo interrumpió Simón
-Colguémoslo cuanto antes y huyamos, dijo empujando a Judas.
-No vamos a colgar nadie. Las palabras de Jesús no terminaban de helar la sangre de los once guerreros cuando añadió: -Tampoco nos vamos a ningún lado, esta misma noche entramos en Jerusalén.
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-Supongo Judas, que el encargo quedó por la mitad, ¿no?
-Supones bien
-Entonces deberías completarlo
Los ojos de Judas se pusieron en blanco. Sí algo no entendía el sicario era la compasión de Jesús en ese momento. Sí algo no caracterizaba al líder del ejército de liberación era precisamente comprender, perdonar o indultar a un detractor. Años al lado de Jesús le habían enseñado que este tenía por sangre un río helado que le permitía cometer los crímenes más atroces como quién dicta misa, o realiza las labores de pastoreo. Nada parecía afectarle a la hora de condenar a un descarriado. Jesús mataba por igual a familiares, amigos, conocidos o desconocidos completamente. Bastaba descubrir el delito, que la soga se aferraba al cuello del culpable, sin ningún derecho a réplica.
-¿Qué?, dijo Judas
-Lo que tengas que hacer, hazlo pronto, desafío Jesús mirando a todos los guerreros, y luego le dio la orden a Simón para que soltase a Judas. Este corrió presuroso y se esfumó en la neblina de la noche de fría y tranquila de Jerusalén. Esa noche en la cual el Cristo, en ese preciso momento, había decidido morir.

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Mejor que luchar por la libertad es morir por la libertad. Mejor que replegarse y esconderse para siempre de un ejército que ya lo había condenado a muerte, es entregarse y aceptar el destino como un hombre, mejor que ser un cobarde es pasar a la eternidad como una leyenda. Esa noche el Cristo había decidido morir para limpiar su nombre ante su pueblo.
Pensó con la claridad de los profetas, que un santo no es un ejemplo de moral, ni de conducta, sino de fe. Pensó que muriendo, entregándose al imperio romano, cayendo en la cruz, con los clavos en manos y pies daría una lección al mundo.
-Es mejor un mártir que sirva de ejemplo, un muerto que simbolice la lucha del pueblo judío, que un ex guerrillero vivo acusado del delito de asalto. Qué importa que yo muera si con mi muerte no se reprime la rabia sino se la multiplica, qué importa un nombre a los ojos de la historia.
Siempre he querido trascender, ser el rey de los judíos. Entreguemos pues al rey para que viva el rey. Hagamos de esta nación que nacerá, una nación con historia, con legado, con héroes a los cuales venerar, añorar, respetar. No importa sí lo que cuenten de mi sea verdadero o falso, basta que sea verídico, que lo adopten como fe aquellos que abracen la causa de la liberación y entonces, yo viviré en el primero de mis seguidores que empuñe un arma en mi nombre, que mate a otro para vivarme y revivirme en la sangre de  ofrenda que supone la sangre del enemigo.
Las palabras sonaron como piedras cayendo del cielo en los oídos de los guerreros.
Finalmente, Judas Tadeo, dijo alargando las vocales: -Y… ¿cuál es el plan?
-Esperar, respondió Jesús y se recostó como buscando el auxilio del sueño a un cuerpo exhausto, como vencido por su propio discurso.

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Una gran construcción de piedras con una cruz gigante en la puerta se anteponía al paso de Jesús. Dentro de ella no había nadie. Solo cruces y en todas un hombre con gesto de entrega y abnegación mirando al cielo. La sangre seca le brotaba de los labios, de las costillas, y de los pies y manos. El gesto de sufrimiento era solo comparable a la mirada que dedicaba al cielo. La sigla en Latín INRI se leía claramente en la corona de espinas que este hombre tenía sobre su cabeza. Jesús lo contemplaba como si fuera su hermano. El rostro familiar le hacía parecer que era de su familia. Alguien a quién había conocido mucho. Fuera de la construcción miles de hombres rezaban una oración en nombre del crucificado. Se decían fieles devotos de la iglesia universal del reino de dios. Se vindicaban seguidores del evangelio escrito por cuatro apósteles que había compartido la entrada triunfal del rey de los judíos en Jerusalén
El Cristo vio un manuscrito antiguo abierto sobre una mesa de madera rústica que estaba escrito en latín. Leyó Jesucristo con claridad. Solo ahí comprendió que el hombre de la cruz era él. El texto era una escena de parábolas, milagros y apariciones que parecían contadas por un embustero de las viejas compañías. Pasó las páginas con velocidad y vio su vida deformada por las palabras de cuatro de sus seguidores. No había armas, no había muertes. Había un legado de historia y fe. Sobre todas las cosas mucha fe.
Afuera la lluvia comenzaba a levantar un viento jamás visto. Los hombres rezaban con fuerza e imploraban por el rey de los judíos que vino a la tierra a morir por sus pecados. El cordero de dios, que quita los pecados del mundo y fue enviado por su padre a esta tierra a morir por los hombres.

Una inscripción en la tierra decía: “el hijo del hombre resucitó a los tres días y ascendió al reino de los…” la frase se cortaba al medio y seguía diez metros más adelante. Jesús corría hacia ella desesperado y cuando llegaba volvía a correrse diez metros.
-El hijo del hombre, dijo Jesús cuando un golpe de lanza lo despertó del sueño. Para ese entonces los once guerreros ya se habían esfumado entre los misterios del desierto y los montes de Jerusalén.
Un golpe en la cara le devolvió definitivamente la conciencia a Jesús. Era viernes, y un soldado romano con los ojos llenos de odio lo entregaba a las autoridades que definirían su destino de cadáver en menos de lo que dura un atardecer. La sentencia de muerte era ya un hecho inexpugnable.
-¿Quién eres? Preguntó uno de los  verdugos al lanzear al Cristo para intimarlo
Jesús, con los ojos blancos propios de la muerte, entregándose a la intimidad de la lanza en su pecho, respondió sin convicción: -El rey de los judíos.

Luego, escupió la última bocanada de aire que nutría sus pulmones y miró al cielo para morir, buscando quizás, el amparo de un dios en el que no creía.

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