Falstaff es, según puedo
leer en el programa, la última ópera compuesta por Verdi. Ignoro si
es casualidad o premeditación, pero me parece un gesto importante
que Verdi optara por tomar a este personaje shakespeareano para
cerrar su obra. Los fools
de Shakespeare siempre me generaron un interés particular por su
forma de manipular las palabras y de cambiar la realidad a partir de
ellas. Efectivamente, las palabras en boca de las figuras bufonescas
de Shakespeare son mágicas porque inciden directamente en el mundo y
lo modifican. Son máscaras. Son teatro. Así, los fools
como Falstaff siempre son los
que dicen las grandes verdades que nadie quiere escuchar, aunque se
escondan detrás de mentiras y engaños. Por eso suelen dejar un
gusto semiamargo al final de las comedias que los incluyen, una
sensación de que uno como espectador también ha sido engañado como
el resto de los personajes de la obra, la idea de que el mundo en su
totalidad no es más que un gran escenario.
Sin embargo, cuando me siento allá
arriba, en tertulia lateral, para ver poco o nada de los cantantes y
actores, creo que Falstaff no me va a engañar a mí. Estoy demasiado
arriba y demasiado escondida como para ser incluida en sus juegos, a
pesar de que el telón pintado del escenario del Colón insista
silenciosamente en esa idea del “gran teatro del mundo” de
Calderón de la Barca. En suma, tengo muy en claro de qué lado del
escenario estoy.
Las luces se apagan y la ópera
empieza. Sin obertura. Me llama la atención. No sé mucho de
óperas, pero todas a las que asistí tenían una obertura, de modo
que hasta ese momento tenía la convicción de que las oberturas eran
obligatorias en el género. Pero se ve que no. O tal vez Verdi hizo
una excepción. Cuando vuelva a casa voy a investigarlo.
Sin preámbulos, entonces, estamos
todos sustraídos al mundo de Falstaff. Su nombre es lo primero que
se dice, de hecho. Cuando Falstaff responde al llamado del Dr. Cajus
escucho otra cosa llamativa. Falstaff es un barítono. El cantante,
mejor dicho. Noto que ya me estoy empezando a confundir, y me
corrijo: el cantante que hace de Falstaff es barítono. Hasta ese
momento todas las óperas a las que asistí, además de tener una
obertura, tenían a un tenor como protagonista. Excepto Rigoletto.
También de Verdi. Rigoletto es barítono como Falstaff. Como
Falstaff también es un bufón (literalmente). Pero el aria más
conocida de Rigoletto (y
de todas las óperas en general, me atrevería a decir) la canta el
tenor. Me pregunto si acá pasará lo mismo.
Mientras tanto, la acción avanza y
con las comadres de Windsor empiezan a invertirse los roles. Falstaff
va a pasar de ser el “engañador” a ser el engañado. Meg, Alice
y Quickly van a tenderle una trampa. De repente hay una obra de
teatro adentro de la obra de teatro. Una puesta en abismo, motivo muy
shakespeareano. Me creo muy inteligente por saber esto. Más tarde
(en el párrafo siguiente de esta reseña), no obstante, me sentiré
menos inteligente.
Entretanto, yo no veo más que el
sobretitulado y eventualmente a algún cantante que entra o sale por
la izquierda del escenario. Me dedico a escuchar a la orquesta y a
las distintas voces. Ford (el marido “engañado” de Alice) y
Falstaff (el “amante” de Alice) son ambos barítonos. Es fácil
confundirlos si dejo de seguir el sobretitulado. Por otro lado, la
mezzosoprano que hace de Quickly llega a unos graves tan profundos
que a veces pienso que es un hombre. Hasta el intervalo, de hecho,
creo que Fenton (tenor) y Quickly son la misma persona. Entonces leo
el libreto y comprendo que he sido engañada por mi propio oído.
Para el inicio del segundo acto ya me estoy sintiendo bastante menos
inteligente.
En esta última parte, el engaño se
duplica. Ahora hay personajes disfrazados con máscaras. Nannetta no
es ya Nannetta, sino la reina de las hadas. Quickly es una bruja.
Alice es la ninfa de las selvas. Los criados son un coro de duendes y
hadas. Ford es Fontana, Bardolfo es una falsa reina de las hadas
haciéndose pasar por Nannetta para engañar al Dr. Cajus. Fenton se
coloca una capa para obtener el permiso de Ford a fin de poder
casarse con su hija, Nannetta, la verdadera reina de las hadas.
El final es, literalmente,
espectacular. Vueltos los personajes a sus identidades originales, el
bosque rota sobre su eje y muestra el artificio: es una maqueta. Los
cantantes se sacan sus disfraces y sus pelucas y nos cantan a
nosotros, público, de frente. Señalando a la platea, a los palcos,
al paraíso, nos dicen: “Todo en el mundo es burla./ El hombre ha
nacido burlón/ En su cerebro siempre duda su razón./ Todo en el
mundo es burla./ El hombre ha nacido burlón.../ ¡Todos embaucados!
/ Todo hombre se ríe de los demás mortales/ Pero quien ríe último
ríe mejor”.
Y otra vez he sido engañada.
Alevosamente. Aplaudo, maravillada, porque me doy cuenta de que
durante dos horas y media no sé muy bien de qué lado del telón
estuve.

muy muuuuuuy bueno!
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