Toda película de zombis puede fundamentarse con
la pregunta que abre el género: ¿Qué es un zombi? Casi como un enigma, los
protagonistas de cada nuevo film ponen
en la pantalla distintas propuestas argumentativas: enfermedad, radiación,
experimentos de laboratorio, genética...
La ciencia nunca estuvo tan preocupada por responder a las inquietudes de los
cinéfilos espectadores. Pero enseguida
el drama cede ante la acción de la segunda desesperante pregunta que hará mover
de su silla a todo personaje: ¿cómo se mata un zombi? Podríamos definir al género por este
desplazamiento entre definición de la identidad- ejecución de la muerte o, más
breve, diagnóstico-pena.
Sin
embargo, hay una serie de preguntas que deben pasar desapercibidas para
sostener el pacto de creencia con el género: ¿Quién mata a un zombi? ¿Por qué
se los mata? ¿Qué identidad tienen estos
“sujetos”? Estas preguntas nos alejan
del foco argumentativo que hace del género un éxito. En una sociedad donde el
hombre se cree capaz de ejercer y dominar todas las formas de la enfermedad y
la muerte, donde el control de las especies (y de la propia especie) se
encuentra regulado, sostenido y en vías de “sustentabilización”, aparece una plaga
humana cuya característica aterrorizante que la signa como “lo otro monstruoso”
es –simplemente- su imposibilidad de ser regulada, contenida, alejada,
exterminada.
La primera respuesta podría ser sencilla: un
zombi es un cuerpo. Lo único que lo vincula con la humanidad es la
participación de esta misma condición, la corporalidad pura y en acción. Los
distintos grados de conciencia varían de película en película, pero sin duda,
no hay zombi sin cuerpo. Afectado,
infectado pero efectivo en su pulsión insaciable, porque, sobre todo, es un
cuerpo de economía terrorífica. ¿De qué
se mantiene un zombi? ¿No muere de hambre? ¿Cuántas calorías consume para matar
seres humanos, es decir, -no zombis? ¿De
dónde saca sus fuerzas? ¿Cómo logra producir sonidos animales? ¿Cómo funcionan
sus dientes y su aparato digestivo?
Preguntas cuyas tímidas respuestas apenas se esbozan haciendo rendir al
género película tras película.
La monstruosidad
del muerto vivo no sólo se fundamenta en el mito de la infección, de la sangre
contaminada. El zombi asusta por su cuerpo cuya vitalidad es inagotable (e
indestructible). Si sólo fueran hombres, nos moveríamos dentro del rango de las
películas de acción de los 90: un Stallone invencible versus el resto. Pero lo
que lleva al género al límite del terror es la vida fuera del control económico de los
cuerpos. Económico y político, los zombis (a diferencia de los enemigos de
Stallone) no tienen identidad, son cuerpos despolitizados, terroristas sin
Estado, o peor aún, cuerpos cuya única política es su propia corporalidad que
amenaza (la corporalidad de) nuestros protagonistas “los vivos”. Pero en esta representación se agrega un
detalle, el sumuum del terror liberal: actúan “en masa”.
Hasta aquí
tenemos el espacio productivo del género, la alteridad fantástica que permite
el ensayo semiológico de las políticas sobre los cuerpos, la partición de lo
sensible puesta a rodar en la pantalla grande. Vamos ahora al caso particular
que nos interesa, Guerra Mundial Z. El título ya nos sitúa en un plano “político”
y a los pocos minutos, en la aún “tierna” escena del núcleo familiar la
sentencia en palabras de la nena lo ratifica “Ley Marcial”. [1]
Ley Marcial
decretada en un estado de acefalía, sin presidente ni políticos, la ciudad, el
mundo se auto-declara en estado de excepción.[2]
¿Cuál es la riqueza productiva del género en la distribución de las funciones
entre el Estado y los cuerpos? Es muy
claro, al igual que los terroristas cuya legalidad es suspendida puertas
adentro de las prisiones, el zombi es un cuerpo sin derechos, es un cuerpo fuera
de la ley. Pero además, a diferencia de la individualidad del terrorista, el
zombi se mueve en masa y puertas afuera, atravesando
la vulnerable ciudad-mundo. Masa en movimiento, representación en que
estética, ciencia y política se alinean al unísono para crear un monstruo. Masa-Monstruo cuyo exterminio automáticamente cae en manos del Gobierno,
y peor aún, en un estado de acefalía presidencial, de las Fuerzas Armadas
Estadounidenses. Fuerzas, queda claro, cuya omnipotencia no dudará en gastar
mil balas para matar a un -ya muerto, o a un “casi-vivo”. Es indistinto, lo que importa es que ese
–casi- está ahora en manos de las fuerzas estadounidenses, con la cara de la
ONU y el apoyo de la OMS.
El zombi es la nuda vida[3]
fuera de control que esta trilogía del orden y la higiene viene a reencauzar.
Su vida legal ha sido finiquitada a priori de la película mediante la
utilización de la entidad ficcional, de la in-identidad del “zombi”, hasta le
ha sido otorgado un nombre propio Zeke, su nueva ciudadanía mundial. El drama
consiste entonces en lograr exterminar lo que queda de la vida biológica del ex
ciudadano cuya muerte legal ya ha sido
instaurada como parte de su nueva ciudadanía Zeke. Todo esto bajo la máscara de
la podredumbre y el diagnóstico por portación de sangre.
Género
productivo si lo hay dado que permite
poner en escena masas y masas de cuerpos cuyo exterminio es cuestión de
fronteras y de fuerzas armadas. Pero masas representadas bajo una estética que
impide la identificación. Sólo durante unos segundos una vez mordido uno puede
preguntarse qué tan Zeke es. Luego pasa a ser responsabilidad de los otros
decidirlo, y, afortunadamente para ellos, se ve sólo desde afuera.
Sin duda la
película vale por sus detalles. Antes de que aparezca el primer zombi vuelan
varios helicópteros. El estado gravita sobre los cuerpos. Después del primer
ataque la ciudad devastada se impone.
Parece que un país que ejerce la guerra en toda época sobre las ciudades del
mundo necesita verse a sí misma vulnerabilizada en las pantallas del cine,
recordando la propia fragilidad y, al mismo tiempo, la presencia necesaria,
obligada, justificada de las fuerzas armadas sobrevolándola. Pero a esta escena obligada le siguen otras más interesantes. Si quiere asustar a
un yanki no se esfuerce creando efectos especiales, enfréntelo a un par de góndolas vacías. Ni
hablar de ladrones armados, el oficial
muriendo para salvar a la familia. Listo, están fritos, sólo les queda Brad
Pitt. Y uno ve la película pensando estas cosas y empieza a preguntarse…
¿Por qué Brad
Pitt? ¿Era necesario? ¿Hay héroe? ¿Quién es el héroe, Brad Pitt o la
salmonella? He aquí la riqueza de la
película que excede totalmente al género zombis e incluso al bélico, para
ponerse en consonancia con películas, canales, programas tan disímiles y
diversos, que tienen al núcleo familiar estadounidense como eje gravitacional.
De Los Simpsons a Discovery Home & Health la
“democracia estadounidense” se cimenta sobre tres figuras, padre, madre e
hijo/a en todas sus formas y sometidas a cualquier tipo de “amenaza”. Deberíamos tener una pantalla fragmentada para
poder separar la compleja relación que la película sostiene entre la trama
bélica, fuerzas armadas vs. Zombis, y la trama familiar, en este caso,
débilmente sostenida con unas pocas escenas y un radio. Gerry (Brad Pitt), padre modelo que atiende el
teléfono frente a los monstruos atraídos por el ruido, no trabaja (más) para
las Naciones Unidas, trabaja para su familia. El ex ¿empleado? (La película se
encarga bien de no decirlo, pero recuperando la información del libro ofrecida
por el resumen de Wikipedia sabemos que es “antiguo corresponsal de la Comisión de Posguerra”[4]) de las Naciones Unidas no tiene mayores
ambiciones. No busca salvar al mundo, obtener la gloria, descubrir la cura
contra el virus Zeke. Gerry, como estaría cualquier yanqui, y por ende,
cualquier ser humano, está preocupado por mantener el lugar privilegiado de su
mujer y su hija en la base militar naval, hasta poder ubicarlas en un lugar
seguro. Gerry no mata (¿más?), no usa uniforme, y de esta manera una trama se
oculta tras la otra, en una contradicción tan abismal que debe ser
representada. Cuando se encuentra con “el jefe del centro secreto de armas químicas de la OMS” (Wikipedia nos informa, la película deforma) en Cardiff (el personaje recorre el mundo) éste le
dice sin mayor complicación que “perdió al monstruo que alguna vez fue su
esposa” al ser infectada. La sola
posibilidad de renunciar a su familia estremece a nuestro protagonista. ¡Por
supuesto! De haber pensado así, ¡no tenemos película! ¿Qué nos quedaría? ¿La
toma del poder mundial por parte de las Fuerzas Armadas Estadounidenses en un
estado de acefalía presidencial, es decir, anti democrática? ¿El exterminio de
una masa de cuerpos en movimiento por parte de los uniformados del mundo? ¿El
dominio sobre los cuerpos enfermos y los “por enfermar”? ¿La coordinación de la
re-territorialización de los ciudadanos que las ONU y la OMS consideren
oportunamente sanos? ¿Qué es lo que se esconde tras el núcleo familiar que abre
la primera escena?
Y digo
territorialización porque no olvidemos que el control zombi es un tema de
fronteras. El episodio, paradójicamente situado en Israel, deja bien en claro
los planes de acción. La frontera separa los vivos de los muertos (y luego, los
muertos de los -por morir). El muro divide los cuerpos cuya vida legal y
biológica siguen intactas, bajo control, de aquellos cuerpos que sólo conservan
un resto (despreciable, infectado) de su vida biológica. Del otro lado del muro
los cuerpos esperan (y amenazan), de este lado del muro, los uniformados
esperan (y amenazan) la orden (la cola de la ley) para dar fin al monstruo.
Por su parte, la falla es
siempre humana, no militar. Es la algarabía de vivir de los hasta ese momento
privilegiados ciudadanos muro-adentro, la excitación y el descontrol de los
cuerpos lo que los lleva a la muerte. Feliz masa suicida que encuentra su fin
en el contacto del cuerpo con el otro. Entre medio de este caos, con una pista
espontánea y efímera, Gerry resuelve el enigma. Supo leer el contacto entre dos
masas. Hay una masa muy infectada, despreciable, reducible, y otra masa que
debe ser infectada para sobrevivir a la mayoría. Los Estados del mundo,
ayudados por la ONU y la OMS jugarán al nuevo ta-te-tí viral, por supuesto de manera gratuita: Salmonella, vivís, Zeke, a la hoguera. La identidad de los
próximos ciudadanos se resolvería con un análisis de sangre y una o dos vacunas por persona, sin importar el costo.
La gente se asombra cuando le digo que no me gustan las papas de Mc
Donald’s. La vez que decidí no comerlas más fue por un enjambre de información
deglutida junto con las rasposas papas que se resolvió en la pregunta ¿por qué
me venden puré instantáneo seco, rearmado y frito? ¿me lo como? No es que no me gusten, no
me gusta que me distraigan la lengua. Lo mismo me pasa con estos zombis. ¿Para
qué nos están entrenando el ojo? Merecemos, los otros ciudadanos del mundo, un
cine que nos represente, unas papas que
sean papas y mensajes alentadores que no digan:
“Estad preparados para lo que sea.
Nuestra guerra acaba de empezar”
Anónima.
[1] “La Ley marcial es un estatuto de excepción de aplicación de las normas legales ordinarias (normalmente regulado en la Constitución del Estado), por medio del cual se otorgan facultades extraordinarias a las fuerzas armadas o la policía en cuanto a la administración de justicia y resguardo del orden público. Casos usuales de aplicación son la guerra o para sofocar rebeliones.” Wikipedia dixit.
[2]
Es necesario aclarar que los conceptos de biopolítica de Foucault y de Estado
de Excepción de Agamben son los que me permiten sostener el argumento.
Sobrevuelan el texto como helicópteros del zombi textual que aquí patalea.
[3]“Al
incluir al viviente , en tanto vida
desnuda, dentro del derecho mediante su exclusión (en la medida en que
alguien es ciudadano, ya no es mero viviente; pero al mismo tiempo, para ser
ciudadano pone su vida natural, su nuda
vida, a disposición del poder político), la política se vuelve bio-política.”
(Costa, Flavia. “Introducción” en Estado
de Excepción de Agamben, G. Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora)
[4] No
figura con ese nombre en la página de la ONU, pero el término “posguerra”
aparece en la búsqueda vinculado a
“Comisión Económica”.

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