Muerte en Buenos Aires es una de esas
películas que llevan el cartel “sensacional éxito” en todos sus afiches. En las
primeras semanas en las pantallas de los cines de Argentina, el film ya ha
llegado a la suma de 200 mil espectadores y se espera que continué en los
siguientes días superando records de recaudación y público.
Este
policial nos llega de la mano de la directora Natalia Meta, y pretende narrar
la historia de la investigación de un crimen en un mundo poco explorado para
las ficciones patrias: el universo gay y rico de la ciudad de Buenos Aires.
Meta
es osada en su proyecto, el apellido que utiliza para la víctima es Figueroa
Alcorta, con todo lo que significa en la historia del país ese nombre propio.
Sin
embargo lo osado no quita que la película falle desde el comienzo en sus
pretensiones. El asesinato se encuentra esclarecido para el espectador en la
primera escena. No hace falta ser un público muy tenaz para darse cuenta que el
asesino ya se muestra como tal desde el inicio.
Para
que este recurso no falle, y no caer en 85 minutos de film sin sentido más que
ir atando los cabos que llevarán al investigador a derivar en su hipótesis
principal, hay que tener una historia que atrape al espectador. Esta película
no lo logra.
Hacer
un policial en Argentina, con todo lo que significa la coyuntura actual de
crítica permanente a las instituciones de la justicia, es la posibilidad de explotar
esta problemática y mostrar las deficiencias de un sistema policial-judicial
corrupto, veladamente y ahondar en las profundas tramas de poder que
significan.
Un
comisario habla con un juez y toma cocaína. El mismo juez que le pide al
investigador que encuentre a cualquier culpable y le entrega un sobre lleno de
dólares sin ir a fondo en el porqué, son gestos de una película que falla en
sus intenciones.
Pensemos
Buenos Aires, primeros años de la democracia. Un hombre muy importante muere
asesinado, pertenece a la minoría gay. Se tejen detrás de ese crimen tres
hipótesis: sabía demasiado de un negocio familiar turbio, es asesinado por su
pareja, es víctima de un crimen cometido por un taxi boy.
Nunca
la narración de Natalia Meta explora las tres hipótesis. Va directamente al
mundo gay, y se encuentra con un final cantado. El asesino no está donde se
busca. El asesino es quién menos (en este caso, para cualquier espectador quien
más) se espera. La resolución del crimen, las pistas inexploradas. El investigador
y su amante como una historia que se cuenta de manera inconexa en la narración,
el insomnio del hijo del investigador, son todos hechos puntuales que suceden
sin ningún hilo conductor que nos permita conectarlos.
No
obstante el éxito de este film es el éxito de una industria cultural que define
aquello que tiene relevante nombre en la cartelera solo por la cantidad de
entradas que vende. Quienes vamos asiduamente al cine recordamos que desde
enero de este año las publicidades de la película invadían las pantallas. Un
buen trabajo de los creadores publicitarios convirtió a un film que falla desde
el comienzo e incumple las reglas del género en un “sensacional éxito”.
Quizás
hasta gane algún premio. Seguramente forzado por los impresionantes números de
recaudación. Todo tan forzado, como el
exasperante tono porteño del actor mexicano Demian Birchir.
Leandro Biaggio


No hay comentarios.:
Publicar un comentario